Antartida

5m

Se publicó en

100 covers de cuentos clásicos
La historia transcurre en Inglaterra y su protago­nista es una mujer felizmente casada que, así y todo, no podía dejar de preguntarse cómo sería tener sexo con otro hombre. 

Un día decidió averiguarlo. La Navidad se acerca­ba y, como en el pueblito donde vivían había muchas iglesias pero ningún shopping, a la mujer se le ocu­rrió proponerle a su marido de que, a lo mejor, ella podía irse el fin de semana a la ciudad para comprar el regalo de los chicos. El marido, contentísimo. 

La mujer llegó a la ciudad un viernes por la noche, en medio de una nevada tremenda. Buscó un hotel y durmió sola. Al día siguiente, se levantó temprano y compró los regalos. Después volvió al hotel, dejó las cosas y se cambió como para salir a tomar algo. 

Terminó sentada en la barra de un bar cualquie­ra. Al lado suyo, un bigotudo con camisa hawaiana tomaba cerveza. Se pusieron a charlar y el bigotudo la invitó un par de tragos. La mujer le contó que era casada. Él, en cambio, no tenía familia. Así que to­maron algunos tequilas y, cuando ya estaban un poco borrachos, decidieron irse juntos. 

La casa del bigotudo quedaba en un segundo piso. Parecía una casa abandonada: las paredes estaban pe­ladas y había olor a pis de gato. Ni un solo adorno navideño a la vista. Había, eso sí, una música rara; una especie de villancico que retumbaba por toda la casa. «Es la vieja de abajo», le dijo el bigotudo mien­tras abría la ventana del living. «Está más sorda que una tapia y siempre pone la radio fuerte». 

Tomaron vino, comieron algo y después fueron a la habitación. Mientras él la desnudaba, la mujer le decía que se sentía como Cristóbal Colón descubrien­do América. El sexo no fue tan bueno: seis puntos. 

Apenas terminaron, la mujer prendió la tele y se quedó mirando un documental sobre la Antártida: kilómetros y kilómetros de nieve, pingüinos luchan­do contra vientos bajo cero, el capitán Cook nave­gando en busca del continente perdido. 

«¿Primero Colón y ahora el capitán Cook? Que­rida, vos tenés algo con los exploradores», le dijo el bigotudo. 

La mujer se rio y le explicó que, de chica, las mon­jas del colegio le decían que el infierno era un lugar diferente para cada persona. Y que ella se lo imagina­ba exactamente así, como la Antártida: un desierto frío, helado y eterno. Nada de fuego ni de azufre.

Se hizo domingo y la ciudad amaneció en medio de una ventisca terrible. La mujer se despertó apura­da: tenía que volver al hotel para buscar sus cosas y tomar el tren. Pero el hombre empezó a besarla en el cuello y a suplicarle que se quedara un rato más. La mujer no pudo resistirse. Hasta que, de golpe, escu­chó un cajón que se abría y algo que hacía un sonido metálico. Cuando quiso darse cuenta, el hombre ya le había esposado la mano derecha a los barrotes de la cama. «No te asustes», le dijo mientras le ponía una segunda esposa en la mano izquierda. «Te va a gustar». 

Y tenía razón: esta vez el sexo fue increíble. Pero, cuando la mujer le pidió que le sacara las esposas, el hombre se empezó a vestir sin prestarle atención. Ella insistió. Después se asustó y empezó a gritar. Pero na­die podía escucharla porque los villancicos de la ve­cina sonaban cada vez más fuerte. El hombre le puso un trapo en la boca y le ató las piernas contra el elás­tico de la cama. «Me tengo que ir a trabajar», le dijo antes de salir, y desde la puerta le susurró: 

«Te amo». 

La mujer gritó y se sacudió, pero apenas logró ha­cer que el acolchado se cayera de la cama. Se quedó desnuda sobre el colchón, sintiendo un viento hela­do que empezaba a entrar a la pieza. La ventana del living quedó abierta, se acordó de repente, mientras afuera la nevada era cada vez más fuerte. 

Al principio tembló. Pero, con el correr de las ho­ras, el cuerpo se le fue entumeciendo por el frío: la sangre circulaba más lento por sus venas, el corazón se le achicaba. La mujer pensó en su marido y en sus hijos. No volvería a verlos. Tal vez nunca la encontra­rían. Qué importaba. Ahora ella solo pensaba en el frío, en la Antártida y en el cuerpo de los exploradores muertos. Pensaba en el infierno… y en la eternidad.


Claire Keegan (1968) publicó las novelas Tres luces y Cosas pe­queñas como esas y los libros de cuentos Recorre los campos azules y Antártida (donde aparece este cuento), todos publicados por Eterna Cadencia.

Hernán Casciari