Aparición matutina

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Más respeto que soy tu madre

El Caio sale todas las santas noches y ya hace años que ni le pregunto a dónde, más que nada para no hacerme mala sangre. A veces vuelve rasguñado, a veces cuando vuelve no emboca la cama y se cae redondo en la entradita, a veces no vuelve en dos días y a veces viene con tres melenudos que se nos comen todo el pan del desayuno y me rompen las begonias. 

Más o menos eso es todo lo que hace, y el Zacarías y yo ya estamos hartos de cagarlo a palos. Pero lo que esta madrugada, nunca. ¡Que yo me acuerde, jamás! En su puta vida el Caio había entrado a esta casa con una mujer.

Esta mañana me levanto y cuando entro al baño veo una desconocida lavándose las partes en el bidet. Una mujer grande era, con una camiseta del Caio que dice «Attaque 77» y después en bolas. Me mira seria como un perro que volteó la maceta. Yo también la miro. Nos miramos las dos sin decir ni mu. Hasta que como al minuto yo digo: «Qué hace acá usted». La mina abre la boca como para decir algo pero por atrás aparece el Caio, medio colorado, y me dice: «Ah, má, te presento…, esta es mi novia, la Negra Cabeza». La mujer se saca la mano toda enjabonada de la entrepierna, me la estira y me dice: «Mucho gusto».

—Caio vení para acá —le digo a mi hijo y lo saco del baño para que la otra no nos oiga—. ¿¡Cómo que tu novia, esquenún, si esa señora es grande!? ¿No ves que es grande?

—Y a mí qué me importa —me dice—. Tira el tarot y le gustan los Redondos… Es re masa la Negra Cabeza.

Entonces yo respiro hondo, abro un cachito la puerta del baño y le digo a la mujer:

—¿Se queda a desayunar, señora? —y ella me hace así con la cabeza, como diciendo «y dele, doña».

Así que ahora, casi las ocho de un martes, la Negra Cabeza está lo más pancha en la cocina, charlando con el Zacarías y el Caio sobre el golpe militar del setenta y seis. Y parece que a mi marido le cae bien, porque es media anarquista la yegua. A mí, la verdad, ya no me da el cuerpo ni para escribir.

Hernán Casciari