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Bertottis intelectuales

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Libro «Más respeto que soy tu madre» de Hernán Casciari

Más respeto que soy tu madre

El domingo la Sofi iba por la mitad de Juan Salvador Gaviota, y nadie lo podía creer. Debe ser la primera Bertotti (sacando al Nacho) que va por la mitad de algo que tiene tapa. El fin de semana se habrá pasado como quince horas boca abajo en el piso de la cocina leyendo. 

El libro es cortito, pero ella tarda en leerlo porque también es cortita. 

Todos le pasábamos por arriba, al principio pensando que estaba dormida o llamando la atención, pero en una de esas se le escapó un lagrimón y después un suspiro y nos dimos cuenta que no, que estaba despierta, y que además leía la guacha.

Al Zacarías no le gusta mucho que los hijos lean, porque según él toda la enfermedad del Nacho viene a raíz de la lectura, cosa que un poco es cierto y un poco no. También tiene que ver que el Nacho no hizo la conscripción, pero eso el padre no lo cuenta. La cosa es que estuvo todo el domingo importunando a la Sofi para que dejara el libro: le ponía la tele fuerte, le pisaba la cabeza y hasta llegó a empaparla con el chorro del sifón (haciéndose el desentendido), pero la chica estaba prendida al libro y no lo soltaba. «¿Qué tiene, miel ese libro de las gaviotas?», le dice el Zacarías en un momento, pero la chica no atendía ni para discutir.

Entonces mi marido se encaprichó, porque no le gusta que no le hagan caso cuando habla, y le dijo que le diera el libro a ver qué era. «A ver, traé para acá, no sea cosa que estés leyendo un libro chancho», le dice. Y la Sofi va y le pasa la novelita. No tendría que haberle dado el libro. Ahora el Zacarías está desde anoche con la Gaviota y no me apaga la luz de la pieza. No solamente que no me puedo dormir (porque mi marido cuando se emociona se suena los mocos fuerte) sinó que la Sofi se fue con el Manija Pertossi quién sabe a dónde y ya son las cinco de la mañana y todavía no volvió. Le acabo de decir al Zacarías:

—Che, la nena está con el hijo del carnicero y ya casi amanece… Seguro que están culiando.

—Dios quiera —dice el Zacarías llorando, que lee rapidito para ver si puede terminar el libro antes de que llegue la nena y se lo quite.

Hernán Casciari