Chau Nachito, ¡volvé pronto!

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Más respeto que soy tu madre

Luchía nos dejó la casa llena de alegría y dibujos. Nos llenó de besos, de acento milanés, de cariño, y se fue a la Patagonia a buscar a su madre, a la que no conoce. El Nacho, enamorado como nunca lo vi en mi vida, se fue con ella.

No tengo que llorar, pero lloro.

Los padres de Luchía se conocieron en 1975 en Milán. Eran hippies. Luchía solamente tiene una foto de ellos juntos, tamaño carnet. Pero no los recuerda. Nos contó su historia en la sobremesa de Año Nuevo, y don Américo nos traducía.

Luchía nació en el setenta y siete, y sus padres (Angiula y Roberto) se fueron con el bebé a vivir a El Bolsón, a escondidas de don Carlo, el padre de Angiula, que era medio fascista.

Angiula y Roberto se unieron a la lucha armada, y dejaron a la pequeña Luchía en la comunidad hippie de Lago Puelo. Roberto se convirtió en un desaparecido, pobrecito, y Angiula pasó dos años detenida en Buenos Aires. En ese interín, don Carlo viajó a Argentina a buscar a su hija y, al no encontrarla, se llevó a su nieta para Italia. Luchía no recuerda nada de todo esto. Era muy chica.

—Desde entonces no supe nada más de la mamma —nos decía llorando.

Don Carlo crio a su nieta en Roma y le dijo siempre que sus padres habían muerto. Aunque Angiula estuviera viva… Pasaron los años. Desde la democracia, Angiula y Luchía se buscaron en vano. Pero con la llegada de internet la hija dio con la madre y empezaron a escribirse. Luchía tiene una foto digital de su mami en la cartera. Angiula ríe en esa foto, feliz.

La llegada de don Américo a Milán fue providencial. Luchía aceptó la invitación de mi suegro y se vino a la Argentina con él. Lo demás no es historia antigua: es lo que está pasando ahora.

El Nacho y la Luchía se conocieron íntimamente en Año Nuevo, pero la cosa prosperó mucho y mi nene, que es un sol, no quiso que la chica se fuera sola por esos mundos. Le compraron por unos pocos euros la combi al carnicero Pertossi y la remodelaron un poco. La Luchía no solamente dibuja muy bien caricaturas, sino que además pintó la combi y la dejó como nueva.

Antes de irse, el Nachito me dice:

—Viejita, ¿vas a poder sola con los popups?

Le dije que sí, para que se fuera tranquilo, pero es posible que durante unos días este weblog sea un desastre, corazones. Para mí popup sigue siendo el ruido que hace el guiso cuando hierve. Po pup, po pup… Igual mi nene y su chica se fueron, hace tres horas, contentos y llenos de futuro, a buscar a una Bertotti perdida en el fin del mundo.

Hernán Casciari