Un blog puede convertirse en cualquier cosa

De noche coleccionamos cosas

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Todos nosotros, los ricos y los pobres, los infelices y los distraídos, los occidentales e incluso los que tienen la suerte de usar túnica en verano, todos, sin que importe la raza o la elección sexual o el modelo del iPhone o el corte de pelo, ¡todos!, coleccionamos por la noche algunas cosas en la oscuridad de nuestra habitación.

—¿Sellos postales?

No… Estoy iniciando una metáfora: no se trata de cosas verdaderas como etiquetas de cerveza, ni sellos postales, ni púas de guitarristas famosos; son otras cosas.

—Ah, vale. Perdón.

Se trata de cosas pequeñitas, que a veces se pueden tocar y otras veces solamente se pueden evocar. Podría llamarles partes, ejemplares, muestras, porciones, fragmentos. O pitutos. O pequeños objetos. Pero prefiero decirles ‘cosas’, aunque a los profesores de literatura les parezca un sustantivo pobre. Son cosas propias, muy íntimas, que solamente nosotros sabemos cuánto esfuerzo nos cuesta traer a la oscuridad de la almohada, y con cuánto vicio buscamos durante el día.

Antes de ir a dormir sacamos de los bolsillos estas piezas (estas ‘cosas’) y las acomodamos en unas estanterías que están al costado de la cama.

—Al costado de la cama no tengo estanterías, tengo un póster del Real Madrid.

Esas estanterías también son metafóricas. Es necesario que el lector deje de pensar ahora mismo de forma lineal. De lo contrario va a ser muy complicado avanzar con esta idea.

—Ah, vale, vale. Perdón.

Las ponemos (a estas ‘cosas’) en nuestras estanterías metafóricas y las miramos: las equiparamos con otras muy parecidas que trajimos la noche anterior. Las sopesamos. A veces les comparamos el peso y la estatura. Y después suspiramos con alivio, porque nos encanta sacar de los bolsillos una o dos más cada noche.

—¿Son algo así como pelusa, o arena, que traemos de la calle?

No. No son pelusa ni arena, ni nada que haya realmente en los bolsillos. El hecho de sacar estas cosas de los bolsillos también es una idea simbólica.

—Pues entonces, tío, ponme un ejemplo porque no estoy entendiendo nada.

No importa qué son, pero daré una pista. Intente recordar el lector en qué piensa por la noche, qué lo desvela antes de dormir, y entonces tendrá una respuesta personal e intransferible a esa pregunta.

—Ajá… Otra pista. Esa no ha funcionado.

Nos gusta tener muchas de estas cosas, y que cada noche sean más, y que al final del mes, o del año, compongan una serie. El acopio de estas cosas es nuestro combustible para poder dormir en paz; y, sobre todo, para levantarnos con alguna razón al día siguiente. Porque en realidad somos coleccionistas. Es lo único que somos, además de mamíferos y mezquinos.

—Si no pones un ejemplo esto se vuelve poético.

Algunos coleccionamos billetes, por ejemplo. No somos la mayoría, pero los que elegimos esta variante lo hacemos con gran dedicación. Quienes coleccionamos billetes somos un poco obsesivos: ya desde muy jóvenes queríamos ser ricos y, como bien dice el ciudadano Kane, no es difícil acabar millonarios si lo único que nos importa en la vida es acumular monedas, una atrás de la otra.

—Ahora nos vamos entendiendo. ¡Otro ejemplo!

Otros coleccionamos fobias: todas las noches traemos a la cama un miedo nuevo, un sobresalto flamante, que nos llega desde el borde de la infancia o desde el fondo de un romance que no funcionó. Pero no es una colección triste, porque el acopio nos hace más previsores. Los que coleccionamos miedos en general nos vamos a dormir un poco más temprano y nunca dejamos la habitación en la completa penumbra.

—Pues yo no colecciono nada de esto.

Y la mayoría de nosotros (la clase media del coleccionismo) acopiamos pedacitos diurnos de nuestro ego: si somos superficiales o frívolos, recopilamos los piropos que nos dijeron por la calle, o las miradas furtivas que nos hicieron con envidia o con deseo; si somos alumnos vanidosos, coleccionamos los ‘sigue así’ de las maestras más exigentes; si somos buenos amantes, evocamos nuestras acrobacias de cama, o hacemos crecer el número de nuestras parejas hasta traspasar la centena; si estamos viejos o nos hemos quedado solos, coleccionamos el nombre de todos nuestros nietos y sus gestos, o de todos nuestros gatos y sus ronroneos, o de todos los arrepentimientos de nuestra vida; si somos santos o estamos en una granja de rehabilitación, le enumeramos en voz baja a Dios las buenas acciones que hicimos durante el día y esperamos la tristísima recompensa; si somos asesinos le hacemos nuevas muescas a la culata de la sociopatía; si somos gerentes de banco, apilamos los rostros de los ancianos a los que engañamos congelándoles la pensión para ganar comisiones; si somos futbolistas acopiamos el rugido de la tribuna después de nuestros goles; y si estamos a punto de morir, coleccionamos incluso los parpadeos que indican que todavía estamos vivos.

—¡Joder, tío! Todo eso haréis vosotros los argentinos. Aquí nos quedamos dormidos sin tanto jaleo.

No. La colección nocturna es nuestra única gran coincidencia, sin que importe el tiempo ni la geografía. Somos diferentes en todo menos en eso. Por ejemplo, no se parecen en casi nada un musulmán y un boliviano. Ni tampoco un herrero medieval se parece en nada a un hipster holandés. Ni el propietario del último piso del edificio más alto de Dubai se parece en nada al adolescente que agoniza en un hospital público de Managua, por culpa de una enfermedad que tiene cura. Nos parecemos únicamente en algo.

—Según mi abuela, en que los mismos gusanos nos comerán a todos.

Es verdad. Y en algo más. En que cada noche, antes de quedarnos dormidos, coleccionamos nuestras minucias con ambición y ansiedad (billetes, miedos, vanidades; es lo mismo). Y creemos que todavía no pudimos completar la colección. Y confiamos en que al otro día, con suerte, quizá podamos conseguir un poco más, y después otro poco, para estar más cerca de la felicidad ilusoria que supone coleccionar ridiculeces que no valen nada, pero que sin embargo deseamos tanto conseguir.

—Y tú, argentino, ¿qué coleccionas por la noche?

Antes de irme a acostar, y a veces incluso ya dormido, colecciono diálogos: conversaciones falsas con un lector que casi nunca me entiende.

—¿Y te alcanza con eso para ser feliz?

A veces sí; a veces no.

Hernán Casciari