Coser y bordar

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Seis meses haciéndome el loco

De niño dormía la siesta bajo el amparo arrullador de una máquina de coser que se llamaba Singer. Aquel era uno de mis sonidos preferidos. La aguja automática cabalgando sobre las telas. Yo cerraba los ojos e imaginaba una lluvia de meteoritos, o una balacera en la esquina, o, a veces, un gusano gigante mordiendo la manzana de mi barrio. Tacatacatac. 

Mi madre me cosía el dobladillo de los pantalones con la Singer. Yo hubiera preferido una madre menos moderna, como las madres de mis amigos del colegio, que cosían y bordaban a mano, cantando coplas, sin estridencias. Pero no se puede tener todo en la vida. Mis dobladillos eran mucho mejores. 

Las agujas y los hilos de mi casa estaban guardados en un costurero gigante, y a mí me gustaba hurgar en él cuando me quedaba solo. Yo no tuve soldaditos de plomo, ni coches de mentira, entonces las agujas eran mis juguetes. Los hilos y los dedales. Y también mi propia sangre. 

Me gustaba enormemente hacerme sangre con las agujas. Me pinchaba las dos partes humanas que mejor sangran: la yema de los dedos y el lóbulo de la oreja. Mi sangre de niño era roja como el vino malo (ahora no, ahora es marrón) y yo la dejaba caer en el mosaico y fantaseaba con mi propia muerte lenta. 

Una tarde, no sé por qué, creí que era una buena idea poner el dedo bajo la aguja automática de la Singer y darle a los pedales para coserme el índice. Yo no sé por qué los niños, a veces, tenemos ideas tan peregrinas. No sé por qué no nos damos cuenta de que estamos a punto de hacer una locura, de hacernos daño. Los niños no tenemos dimensión del peligro; los locos tampoco. Hacemos cosas que nos parecen que serán divertidas sin revisar la causa ni el efecto. 

Yo tenía diez años y puse el dedo índice bajo la aguja desgarradora de la Singer. Después coloqué mi pie derecho en el pedal y me cosí. 

Tacatacatac. Tacatacatac. 

—Tú estás loco, Xavier —me dijo mi madre al verme ensangrentado de la cabeza a los pies. 

Era la primera vez que me lo decía, pero no sería la última. 

Ahora han pasado veinte años y todavía tengo la cicatriz de la Singer. Ahora es pequeña porque mi mano ha crecido mucho y se ha puesto gorda y sana. Pero cuando era niño la herida era maravillosa y tremenda. 

Cuando los otros niños me preguntaban, en el patio de la escuela, qué me había pasado en la mano, yo les decía que me había hecho daño durante una lluvia de meteoritos; si me lo preguntaban las niñas, decía que en una balacera en la esquina.

No era una mentira del todo, porque el sonido de las balaceras y los meteoritos era el mismo que el de la Singer, y el dolor del desgarro supongo que también. 

Me gustaba mucho ser un héroe silencioso.

Hernán Casciari