Diario de amor durante una catástrofe

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El nuevo paraíso de los tontos
1º DE DICIEMBRE. Ya ha pasado una semana desde la desaparición de África y sigo sin sentir dolor por el destino del mundo. Estoy harto de que nadie piense en retomar el curso de la vida, harto de que no se oiga hablar de otra cosa en la prensa, en la calle, en la televisión. África por aquí, África por allá… La desaparición del continente es un tema importante, pero no entiendo cómo se las arregla la gente para cotorrear día y noche sobre un asunto del que nadie sabe qué decir. En otro orden de cosas, Soledad no me ha llamado.

2 DE DICIEMBRE. Desde la catástrofe no ha pasado nada nuevo. Sólo se sabe que el continente africano, junto a sus setecientos millones de habitantes —la cifra es todavía parcial— ha desaparecido de un segundo para el otro. No se ha hundido; tampoco ha explotado. No han quedado las ruinas de nada. Lo único cierto es que África ya no está. Los satélites no la ven (yo tampoco puedo ver a Soledad Lira). Donde alguna vez supo haber una masa enorme de tierra con animales, hombres, vegetación, cultura, ciudades, etcétera, ahora hay únicamente agua.

4 DE DICIEMBRE. Amo a Soledad Lira porque tengo memoria. Me pasé todo el día de ayer leyendo algunas de sus cartas y tuve una certeza: todo se reduce a la memoria. El que no tiene memoria vive alzado, igual que los trabajadores de la construcción; el que tiene un poco de memoria se enamora, pero a un nivel oficinista de banco estatal; y el que más memoria tiene se enamora menos veces en la vida, tres o cuatro, pero en serio y sin más remedio. Debería empezar a quemar sus cartas.

4 DE DICIEMBRE, POR LA NOCHE. Hablando de cartas. En los correos de la Tierra se han catalogado ya ciento quince mil sobres y encomiendas con destinos ahora imposibles de hallar. Correspondencias que debían enviarse a África. No lo sé con seguridad, pero algunas de esas cartas deben ser cartas de amor.

6 DE DICIEMBRE. Hoy ha aparecido otra vez una viñeta de humor en el periódico donde escribo. Fueron muchos días sin que se publicara la página de chistes, días de luto tras la tragedia. Hoy por fin han puesto uno. «Hay que verlo por el lado bueno», dice el personaje del chiste mientras mira un mapa, «hemos acabado con el hambre en el mundo». A nadie le ha causado gracia. Han llegado cientos de cartas de lectores quejándose. La gente está muy sensible.

7 DE DICIEMBRE. Sigo sin poner un pie en la redacción. El director quiere que escriba algo sobre África; cualquier cosa. Mis editores tratan de conocer, hasta por teléfono, mi postura. «Desde hace dos semanas mi postura es la horizontal», les he dicho. No quiero escribir. Los intelectuales, en estos días, opinan bajo los efectos de la autokinesis; es decir: no logran sacar conclusiones propias si están alejadas de la influencia de una norma social de grupo. Ningún periodista tiene la libertad de postular que la catástrofe africana ha sido menos cruenta que los últimos cien años de África como territorio hambreado. Esa es mi excusa para no escribir. La verdadera razón se llama Soledad.

9 DE DICIEMBRE. El amor son unos datos que van de la cabeza al cuerpo, y que nos dice por dónde nos pasa la perfección del placer, de la seguridad espiritual y de la belleza. Qué queremos siempre, qué queremos dos por tres, y qué querríamos solamente un rato. También nos aclara qué no quisiéramos nunca. Amo a Soledad porque la recuerdo. El que no guarda memoria sobre estas informaciones lo que quiere es emprenderla contra algo, y lo mismo le da una señorita o medio kilo de pescetto. A propósito de alimentación. Hoy hice zapping por un canal de cocina para no escuchar sobre África. Me topé con un cocinero. Decía que, tras la desaparición, se perdieron para siempre cuarenta y cinco condimentos que sólo se producían en el continente perdido.

11 DE DICIEMBRE. Según un censo aproximado han desaparecido 40.000 europeos, 25.000 asiáticos, 18.000 americanos de las tres Américas y 900 australianos que residían o vacacionaban en el continente el 24 de noviembre.

13 DE DICIEMBRE. El teléfono me está volviendo loco. Rechazo todas las propuestas para escribir o aparecer en la radio; al principio con cortesía, y de tres días a esta parte sin ninguna diplomacia. Me resultaría mucho más cómodo desconectar el aparato, pero en el fondo espero que suene el teléfono y que del otro lado Soledad me pida perdón.

14 DE DICIEMBRE. He hablado con mi madre. Está convencida de que la desaparición de África es la primera de las siete plagas que azotarán al mundo antes del gran Juicio. Me lee por teléfono un pasaje del Apocalipsis: «El primer ángel derramó su copa sobre la Tierra, provocando una llaga maligna en todos los hombres que llevaban la marca de la bestia». Para ella, esa marca no es otra cosa que la tez negra de las víctimas. Mi madre cree que las siguientes seis plagas castigarán al mundo en breve, por orden alfabético: primero África, y luego América, Asia, Europa, Oceanía, el Polo Norte y el Polo Sur. Quise explicarle que Dios difícilmente organice el castigo divino con burocracia alfabética. No entiende razones.

15 DE DICIEMBRE. Las noticias de los diarios, a dos semanas de la desaparición, son cada vez más escandalosas. Los periodistas, cuando no tenemos nada para decir, nos convertimos en loros infames, en malos escritores de ficción. Mi raza, los columnistas de opinión, somos los peores.

15 DE DICIEMBRE, POR LA NOCHE. En realidad no hay una sola profesión que se salve de la vergüenza. Cada cual lleva la explicación al terreno que le conviene: los científicos aventuran razones científicas, los religiosos acomodan las escrituras para encontrar argumentos de fe. Los esotéricos revisan las estrofas de Nostradamus y, oh sorpresa, encuentran vaticinios puntuales. Y los periodistas recogen todas las voces, las editan sin orden y ofrecen cada porción de estupidez como si se tratara de una gran exclusiva. Pero a la pregunta más simple, a la pregunta que se hace un niño de siete años («papá, ¿a dónde se fue África?»), a esa pregunta, nadie la puede contestar.

16 DE DICIEMBRE. He estado todo el día haciendo guardia frente a la casona de San Fernando. Soledad no ha salido, pero sé que está dentro. El coche de Iván no está en la calle ni en los alrededores, pero podría estar guardado en el garage. No sé si están juntos, no sé si Soledad está con alguien, pero cada vez que cierro los ojos me la imagino acompañada. Intento no cerrar los ojos.

17 DE DICIEMBRE. Ahora todo el mundo sabe que África tenía el río más largo del mundo. Datos fríos, intrascendentes, que hasta el 24 de noviembre eran apostillas en los manuales de escuela primaria, ahora están en boca de la gente culta. La prensa se ha convertido en una enciclopedia barata.

18 DE DICIEMBRE. África desapareció a las 4:35 de la madrugada de Nueva York, según la versión fotográfica de los satélites meteorológicos. Es decir, a las once y media pasadas del 24 de noviembre africano. Un segundo antes, los alumnos de Bujumbura entraban a clase sin saber que todo dejaría de existir. Las amas de casa, en Camerún, estaban a punto de preparar el almuerzo. Los cabeza de familia de Pretoria se disponían a regresar a casa desde sus empleos mal pagos cuando aquello —que no tiene nombre— ocurrió. Yo llamaba por quinta vez a Soledad para pedirle una explicación, y ella no me respondía. Faltaban dos segundos para que un pelotón de guerreros hutus fusilara a un pastor tutsi en un campo clandestino de Ruanda. Un avión de pasajeros despegaba, en ese instante, desde el aeropuerto de Banjul rumbo a París. Un adolescente blanco besaba a una chica zulú, sin que le importara la mirada de un guardia civil, en una plaza de Yemena, y un chiquito sin esperanzas había conseguido una raíz tierna para calmar el estómago, en un suburbio de Addis Abeba, cuando llegó lo que nadie puede explicar.

18 DE DICIEMBRE, MÁS TARDE. En la Comunidad Europea se debate si las inmigrantes africanas pueden dar a luz en las embajadas para que sus hijos tengan nacionalidad continental. La polémica ha surgido a raíz de un pedido formal de una mujer embarazada, esposa del cónsul nigeriano en Washington, que ha acabado atrincherándose en el sótano de su edificio diplomático para parir. Los legalistas de las Naciones Unidas, sin embargo, aún no se ponen de acuerdo: ¿puede alguien, luego del 24 de noviembre, tener la nacionalidad de un sitio que ya no existe? ¿Siguen siendo, las embajadas y los consulados africanos, parte de un territorio llamado África? ¿Con quién pasará Soledad Lira la Navidad?

19 DE DICIEMBRE. Las mujeres, que en realidad son cuatro o cinco, tienen la desventaja de llamarse de mil maneras distintas. La memoria en realidad ayuda a encontrarles el verdadero nombre, la contramarca (para hablar en términos ganaderos), escondida detrás de la multiformidad y de la cosmética. Soledad no es mejor que muchas, y es peor que algunas. El problema no es ése. El problema es que ya no es mía.

20 DE DICIEMBRE. Hoy estuve en el centro y vi, en plena peatonal, un grupo de personas rodeando a un negro, seguramente uruguayo. Lo abrazaban con dolor, le daban las condolencias y el pésame. Las señoras bien, que hasta el 24 de noviembre se cruzaban de vereda cuando veían venir a este negro, ahora lo persiguen y quieren tocarlo, como si estuvieran fotografiando a un koala.

21 DE DICIEMBRE. Me he pasado otra vez la noche marcando el número de Soledad Lira para escuchar su voz grabada en el contestador. Después me he escondido a cincuenta pasos de la casona de San Fernando, hasta que se hizo de día, para espiar si entraba o salía Iván Terranova del brazo con ella. El mundo entero —mi madre incluida— se imagina el juicio final, el fin de los tiempos; yo me imagino a Soledad, en la que fue nuestra cama, con Terranova encima.

23 DE DICIEMBRE. Noticias que leo en la prensa, mientras hago guardia en San Fernando. Un buque francés que investigaba en aguas africanas, buscando restos o huellas, ha desaparecido ayer (lo dice Europa Press), y ninguna otra embarcación está dispuesta a adentrarse al lugar para buscar a los tripulantes perdidos. Ésta es de EFE: Las sectas con raíces negras ganan adeptos, y los suicidios provocados por el pánico, en diferentes puntos del planeta, son frecuentes. Y una última: según un estudio de la Unesco, durante las semanas posteriores a la desaparición se acrecentó en un 40% el pedido en adopción de niños negros por parte de familias blancas. El porcentaje aumenta a un 52% en países arios como Suecia, Alemania o Dinamarca, y en un 60% en Japón.

24 DE DICIEMBRE, POR LA NOCHE. La gente compra sus regalos de Navidad sin sonreír. Hoy he vuelto a la calle, con un gesto dolorido y grave, a tropezarme con los demás. Nadie puede distinguirme del resto de la gente, que también va por la calle con la mirada vacía. Cada hombre decente de este mundo está acongojado igual que yo, pero no porque Soledad Lira los haya borrado de la memoria, sino porque África, hace ya un mes, ha dejado de existir. No entiendo por qué Soledad Lira ya no me ama, si lo más lógico es que me ame. No sé por qué África ha desaparecido. Ni siquiera sé si Soledad, dentro de unos minutos, cuando den las doce campanadas y levante la copa, estará pensando en mí.

Hernán Casciari