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Dice el Chiri, dice el Gordo

13m
Siete de la tarde en Buenos Aires. El teatro Margarita Xirgu está en silencio; una multitud de lectores ha llegado desde diferentes lugares de Argentina para oír la presentación de un libro. En una mesa vacía, sobre el escenario, esperan dos personas que se conocen desde hace, exactamente, treinta años. Uno ha llegado allí desde Luján; el otro, desde Barcelona. El más gordo de los dos ha escrito un libro; el más flaco está ahí haciéndole el aguante, como corresponde. El que se llama Chiri, muerto de miedo, empieza a hablar.

Dice el Chiri

En los pueblos, que es de donde venimos, es muy raro que de chico te llamen por tu nombre real. Lo más común es que te rebauticen. Puede ser por características físicas singulares, como fue el caso del Gordo; por situaciones anecdóticas de la infancia, como le pasó a nuestro amigo Comequechu, adicto al queso desde muy chico; o por derivaciones de nuestros nombres de pila, como es mi caso.

Me llamo Christian, con una hache entre la ce y la erre. El que me puso Chiri fue el Gordo Casciari, en la época en que cada uno ya iba teniendo sus apodos personales: el Chino Silvestre, Pachu Wynne, Chicha Dematei. Tengo recuerdos bastante claros del momento en que lo hizo. También me acuerdo que a los pocos días todo el mundo me llamaba Chiri.

Antes de eso, el Gordo había intentado llamarme de varias formas distintas. Me acuerdo de por lo menos dos. Una de ellas fue Baso, que era una deformación de mi apellido. Después probó con Cabeza, por razones estrictamente físicas. Pero ninguno tuvo la virtud de prender en la gente, como tiene que suceder con los apodos perdurables.

Hasta que un día, conversando en el patio de la Escuela Normal, en Mercedes, y mientras nos preguntábamos qué sentido tenía la letra hache en mi nombre, el Gordo me dijo: «Ya está, vos tenés que ser el Chiri».

Teníamos once años.

Yo no entendía el esfuerzo del Gordo por ponerme un nombre a toda costa. Con el tiempo entendí: me estaba dando un papel en su reparto de personajes.

Cuando me casé y me mudé a Luján, poco antes de los treinta, nadie sabía que a mí me decían Chiri. Y la verdad es que yo no hice ningún esfuerzo para que mis nuevos vecinos lo supieran. De repente la gente volvió a llamarme Christian, y el uso del Chiri quedó relegado al círculo de amigos más íntimos. Todo anduvo muy bien, por supuesto, hasta que el Gordo Casciari empezó a hablar de mí por internet.

Pensemos en Natalia Pastorutti, la hermana de La Sole. Pensemos en su cara de chica sufrida y preguntémonos: ¿qué le pasa a Natalia en el fondo de su corazón? ¿Quiere estar realmente ahí? Para mí es claro que estamos frente a una pobre víctima del tifón de Arequito. Una víctima involuntaria, desde ya, como todos los damnificados por los fenómenos naturales.

El destino quiso que el padre de Natalia la sentara de chiquita en el mismo potro que llevó a La Sole al éxito arrasador. Natalia apenas habrá podido sentir el rebencazo inicial, porque después la carrera del animal fue vertiginosa y desbocada.

A veces Natalia canta con la Sole, es cierto. Sale al escenario y entonan juntas un par de canciones gritonas. Pero yo dudo de que en el fondo eso sea lo que ella realmente quiera hacer. Lo mismo me pasa a mí. (De todos modos, Natalia, desde acá, mis respetos y toda mi admiración).

Mas allá de esta cuestión que tiene que ver con la popularidad involuntaria, hay una cosa puntual que me preocupa todavía muchísimo más. Me genera terror saber que buena parte de mi biografía esté ahora en manos del Gordo Casciari.

Por eso no me divierte su éxito. Para nada. Y además veo, con horror, que cada vez hay más gente que lo lee. Todo mi entorno, por ejemplo. El inmediato, pero también aquellas personas a las que uno no les contaría ciertas cosas. Cada vez son más los que me dicen: «che, ¿viste lo que publicó el gordo de vos en internet?». Y yo tiemblo.

Algunos de mis allegados se han hecho fanáticos de Orsai, y me persiguen todo el tiempo con preguntas idiotas. A mí me rompe las bolas que me pregunten si es verdad la historia de los canelones. Me parece bien decirlo ahora, ante ustedes, por si nos llegamos a cruzar a la salida del teatro.

Me da miedo lo que pueda suceder de acá en adelante. Y me pregunto adónde me llevará todo esta locura, si de la noche a la mañana estoy en un teatro repleto de gente hablando de mí, del Gordo Casciari y de Natalia Pastorutti.

Hernán contó el inicio de nuestra amistad en Orsai, en un post que se llama Una línea de puntos en un libro de catecismo. Según él, nos conocimos así:

Era un sábado de 1979. Obligado por Chichita, me tuve que meter en un lugar a hacer el cursillo de la primera comunión. No sé si fue que estábamos sentados cerca o si nos levantamos y nos buscamos. No me acuerdo. Lo único que sé es que no nos conocíamos y que nos intercambiamos los libros y pusimos nuestros nombres en ellos. Christian, puso el Chiri en mi libro. Y yo después firmé el suyo: Hernán.

Sin embargo yo tengo un recuerdo anterior de él grabado para siempre. Y lo voy a contar ahora.

Camino por la calle treinta y cinco, seis meses antes del texto de Hernán. Probablemente estoy volviendo de la casa de mi abuela materna, porque queda de paso. Tengo siete años, a lo mejor ya cumplí los ocho. En los escalones de la puerta de la casa de Hernán, un grupo de chicos, en silencio, escucha una melodía triste y dulzona que brota de un pequeño acordeón a piano.

El que está detrás del instrumento es un gordito engominado para atrás, que gesticula emocionado mientras avanza la melodía y sus manos acarician el teclado. Me alejo del lugar un poco triste porque quiero quedarme con esos chicos, pero no los conozco.

Yo no sabía que aquella era la única melodía que el Gordo podía ejecutar en aquel instrumento, y en cualquier otro. Sus oídos siempre estuvieron sellados para la música, cosa que él aceptó muy temprano. Pero de todos modos, si lo pienso un poco, no es raro que el primer recuerdo que tenga de él sea ése. Hernán en el centro de la escena, cautivando a sus amiguitos.

Siempre fue igual. Ya en la primaria las maestras elegían sus redacciones para leer en voz alta, y nosotros esperábamos ese momento porque nos divertía.

Una vez en quinto grado, en la hora de Lengua, la señorita Nélida nos pidió que completáramos una historia a partir de esta consigna: «los exploradores apartaron las ramas, y detrás apareció la ciudad perdida».

Toda la clase continuó con la historia de los exploradores. Hernán se quedó en las ramas, y contó la historia de dos hormiguitas que cayeron al vacío, a causa del manotazo de un explorador. En ningún momento habló de la ciudad perdida. Las únicas protagonistas del cuento fueron esas dos hormigas.

Al día siguiente la señorita Nélida llamó a Chichita para decirle: «no tiene nada que ver con lo que pedí, pero lo que hizo tu hijo es genial».

Hernán era un nene que escribía de verdad, como los escritores de los cuentos que a mí me gustaban.

La semana pasada, mientras revisaba una caja llena de papeles viejos, apareció un cuaderno con varias cartas escritas por el Gordo. Eran del año noventa y uno. La época que vivíamos en Almagro. Creo que viene al caso leerles algunos fragmentos, un poco para que vean cómo escribía el Gordo a los veinte años, y otro poco porque su contenido me parece muy oportuno, teniendo en cuenta este momento.

Las cartas están dirigidas a mí. Y en ellas él finge graves problemas, literarios y personales. Me las daba en mano, ¡porque vivíamos juntos! Pero después me pedía que las dejara bien a la vista, por las dudas de que se hiciera famoso y yo me convirtiera en su biógrafo. Estaría bien leer algunos párrafos:

2 de febrero
Todavía no sé de qué manera pedirte disculpas por el retraso de esta, Christian, que he postergado a causa de mi larga convalecencia. Qué va a hacer, hermano, la lepra me tiene mal.

8 de marzo
Los pedazos de carne se me caen por todos los rincones, y para peor el original de mi último cuento quedó debajo de una gran mancha de pus.

12 de diciembre
Estoy a punto de quedar ciego porque la vela que uso para escribir de noche se ha consumido, y ahora mis escritos ocurren cada vez que pasa un auto con las luces altas encendidas.

3 de junio
Estoy un poco mejor, pero el frío me está matando (Mademoiselle Boniface me ha echado de la pensión). Por suerte hice amistad con una prostituta del barrio bajo y ella es quien me alimenta y me trae mi botella diaria de ginebra. Lamentablemente Claudine ha contraído la coqueluche y creo que me la ha contagiado.

Es raro, pero Hernán, de chico —y mucho más de adolescente— se comportaba como un exiliado. Amaba con exageración cosas muy puntuales de la cultura argentina. Cantaba todo el tiempo tangos de Julio Sosa, leía mucha literatura en castellano y solamente escuchaba rock nacional. En ese sentido fue un precursor de la Mega. De algún modo se estaba anticipando al argentino huraño que extraña y se queja todo el tiempo por estar lejos de su país en las páginas de este libro.

Es cierto que en estos últimos años, sobre todo a partir del nacimiento de Nina, ese personaje ya no existe. Ahora, en cambio, hay un tipo feliz y en calma; muy parecido, pero mucho mejor, al Gordito encantador del acordeón a piano. El mismo que, por otro lado, nos reunió hoy a todos nosotros, personajes reales y de ficción.

Es raro pensar que una cosa así suceda al mismo tiempo que se habla de la muerte de la literatura. Quinientas personas reunidas en un teatro para participar de la presentación de un libro, en definitiva, me parece que están queriendo decir otra cosa.

Podría profundizar en otras cuestiones, pero no quiero ponerme sentimental. Tampoco quiero elogiar al Gordo demasiado por ser la figura convocante. Y además él no me llamó para que yo le chupe las medias. No hace falta.

Lo que sí quiero dejar en claro es que quienes lo conocemos de chico siempre supimos, de algún modo, que tarde o temprano algo semejante a esto podía suceder. Era casi inevitable. Y lo bueno es que Hernán jamás se propuso nada. Sólo se limitó a hacer, cada día de su vida, lo que tenía ganas y le salía de adentro.

Para terminar, hay una buena noticia que quiero darles. Todavía el Gordo no nos contó ni la décima parte de las historias que tiene para contar. Todavía falta que cuente el invierno rojo, la historia de la Gorda Maquinita. Faltan las aventuras del viaje al sur que hicimos con quince años, en donde nos pegó un chileno. Queda el encuentro con Fernando Cucagna. Queda la comedia filosófica sobre los tres días que pasó en un retiro espiritual. Y quedan sobre todo sus novelas. Las que yo sé que van a venir.

Poder anticiparse a estas cosas buenas (como uno se anticipa a los mundiales), es apenas una de la cantidad de cosas alucinantes que tiene ser amigo del Gordo.

(El público aplaude. Entonces el Chiri, ya más tranquilo, le da la palabra a su amigo. La gente hace silencio otra vez).


Dice el Gordo

En este momento hace cincuenta horas que estoy en Buenos Aires. Y todo lo que nos está pasando es irreal. Es muy complicado hablar de alegría, porque hace justo una semana, el 9 de julio, murió Roberto Casciari, mi padre.

Los mercedinos que están en esta sala lo saben, pero me parece necesario que lo sepa también el resto de los lectores. Yo les agradezco a todos ustedes que estén acá hoy, sé que hay gente que vino de lejos, de otras provincias. Y me parece alucinante.

Pero me voy a permitir agradecer la presencia de una sola persona. Le agradezco a Chichita que esté acá esta tarde, con nosotros, a pesar de todo lo que está pasando por su cabeza. Agradezco que hace una semana me haya dicho, por teléfono, llorando: Tenés que hacer la presentación igual, no suspendas nada, hacelo por papá.

Y entonces, como tiene que ser, acá estamos. Sería hipócrita compartir con ustedes solamente los festejos y esconder la cabeza en la desgracia. Estamos aquí para cerrar un círculo, y ahora el círculo es agridulce y está emparentado con la ley de vida. Pero vamos a cerrarlo igual.

Yo lo explicaba así hace una semana, en Orsai. Me preguntaba cómo sería pisar de nuevo Argentina con una hija de la mano. Y no sabía que también pisaría este país sin un padre.

Como si el destino dijera: ahora el padre sos vos. Ahora te toca cuidar a una persona, educarla, hacerla feliz, convertirla en un ser humano curioso y apasionado. Ahora te toca esto, y vas a saber hacerlo porque alguien supo hacer ese trabajo cuando vos eras chico. Alguien te enseñó a leer, alguien te enseñó a escribir. Tu padre te enseñó, a los cuatro años, las únicas dos cosas del mundo que todavía hoy hacés con placer.

Ahora te toca.

Estoy profundamente emocionado de poder compartir este momento con ustedes. Un momento de mi vida inolvidable, un momento bisagra, pero de las bisagras grandes, un clic marca cañón.

Con el Chiri siempre tuvimos muy afilada la antena de los grandes momentos de nuestras vidas. Siempre supimos, mientras ocurría, que estábamos viviendo un tiempo fuerte. Los supimos en el 88, por ejemplo, sabíamos que estábamos siendo personajes de literatura, que nos estaban ocurriendo tragedias maravillosas que nos harían crecer. Y lo sabemos también ahora, hoy, toda esta semana tan extraña de muerte y de reencuentro. Todo esto nos hará crecer. Nos está haciendo crecer y ser mejores.

(Por supuesto, en la presentación del libro pasaron otras cosas. Éstas son las únicas que podemos compartir casi en directo. En algunos días ya estará colgado el video completo del evento. Mientras tanto, el Chiri y el Gordo se retiran del escenario dando las gracias).


(Telón)

Hernán Casciari