Durmiendo con el enemigo

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Más respeto que soy tu madre

Según cuenta la gente vieja, la rivalidad entre Mercedes y Luján empezó en los años cuarenta, cuando las dos ciudades eran de lo mejorcito del básquet argentino. En esa época, parece ser, nació un odio racial que dura hasta nuestros días.

El verdadero problema, sin embargo, se conoce que es de faldas. Las mujeres mercedinas somos cien veces más lindas, modestia aparte. Y eso se nota mucho. Desde el tiempo de Matusalén los lujaneros han venido a los bailes mercedinos a levantar mujeres, y se han ido siempre magullados, cagados a trompadas, espantados por los recios varones mercedinos, que son muy de cuidar su patrimonio cultural.

El Caio mismo se ha descascarado los nudillos de tanto castigar lujaneros de corta edad que vienen de picnic al parque; le tiene tanto rechazo a ese pueblo, que cuando viaja a Buenos Aires da un rodeo de sesenta kilómetros con tal de no pisar tierra enemiga. Por eso siempre le escondimos el gran secreto de su padre, el desliz bochornoso, involuntario, en la biografía del Zacarías.

Pero las mentiras tienen patas cortas, y el Caio se encontró ayer por casualidad con la Libreta de Enrolamiento de mi marido. El nene, de curioso que es, quiso ver la cara del padre cuando era joven, y se encontró con algo peor, si cabe; se encontró con un cachetazo de la vida.

—¡Mamáaaaa! —gritó el chico espantado—. Cerrá con llave la puerta de la pieza y llamá a los bomberos, ¡el que está ahí durmiendo la siesta no es papá, es un enemigo!

—¿Qué te pasa, nene? —le digo, limpiándome las manos con el delantal.

Me mira, como estupidizado.

—Ya te dije que no te drogues en casa, que queda feo.

—¡Mirá, mirá! —me dice jadeando, mostrándome el DNI del Zacarías—. ¡Es lujanero! ¡El hijo de puta es lujanero y nos mintió siempre!

Viendo cómo estaban las cosas, decidí contarle la verdad de una vez por todas. No sé para qué ocultamos cosas.

—Sentáte, Claudio —le digo—. Ya casi vas para los dieciséis añitos, y es hora de que lo sepas —el nene me miraba, serio de pronto—… Hace muchos años, tu abuela Pancha y tu abuelo el Nonno venían de comprar un helecho en Moreno; ella estaba casi de nueve meses y rompió bolsa en el Acceso Oeste. ¡Un drama! En esa época no era como ahora: era tooodo campo. Y el único hospital cercano era el Güemes…

—¿El de Luján?

—Sí mi amor, tú lo has dicho —susurro, cerrando los ojos y asintiendo pesarosa—. Fue una decisión difícil la de don Américo, te imaginarás, pero su hijo, tu padre, tuvo la desgracia de nacer allí…

—¿En Luján tuvo que ir a nacer? ¿En el puto Luján de mierda? ¿En esa mierda de pueblo lleno de putos y lleno de mierda de palomas y de curas putos de mierda? —se quejó el Caio, que siempre fue duro para los sinónimos.

—Vos tenés que entender que tu padre corría peligro — intento matizar—, se podía haber muerto. Es muy feo que se muera un bebé en el Acceso Oeste, con los robos que hay.

—¡Mejor habría sido! —grita—. ¡Prefiero mil veces que me críe un padre que nazca muerto, y no un padre lujanero!

En ese momento, temiendo que pudiera hacer alguna locura, no tuve más opción que decirle lo que él todavía no se animaba a descubrir solo:

—Claudio —le digo, con todo el tacto del mundo—… ¿Vos sabés lo que son los genes, no?

—Unos bichos que te dejan roncha —me dice, limpiándose los mocos.

—Esos son los jejenes, tarado. Los genes son unas cosas que compartís con tu papá.

—Las adidas.

—¿Cómo podés ser tan estúpido? Los genes son la sangre. La sangre Bertotti —le explico—… Así que no hables mal de los lujaneros, mi amor, porque la mitad de tu sangre pertenece al partido de Luján.

Se me quedó mirando (congeladas las facciones; la boca entreabierta) tratando de asimilar esa nueva información. Pensé que iba a llorar otra vez, pero no. El desahogo vino en forma de borbotón, desde el estómago.

—¡No me devolvás en el mantel, asqueroso! —le digo, saltando para que no me salpique—. Que no es para tanto, Claudio.

—¡Es que me da asco! —dice, llorando a lágrima viva. Lo abracé para que pudiera desahogar su dolor.

Él se dejó mimar, desconsolado, hasta que una sombra de duda le sobrevoló el entrecejo. Me mira, desconfiado, y me pregunta con miedo:

—¿Y vos no serás…? —me dice, pálido—. ¿Vos dónde naciste, vieja?

Sonrío, acariciándole el flequillo:

—¿Yo? ¡Yo acá, mi amor! Vos tranquilo que mamita nació en Mercedes…

—¿O sea que el hijo de puta además se coge a una mercedina? —grita entonces, herido en su orgullo, y agarra un cuchillo—. ¡Hay que matarlo al hijo de puta!

Lo paré a tiempo, porque el descerebrado se metía en la pieza y lo mataba al padre mientras dormía. Le tuve que decir que no se manchara con sangre de lujanero, y ahí soltó el arma y se fue a vomitar al baño. Es lo que yo digo: si el nene no fuera tan impresionable ya estaría preso desde hace años.

Hernán Casciari