El coleccionismo

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Seis meses haciéndome el loco

Los hombres somos una colección de errores y desatinos. Somos el corcho blanco de poliestireno donde el coleccionista pincha sus insectos disecados más comunes: el miedo, la indiferencia, el egoísmo. Y también sus bichos muertos inhallables: el amor, la cortesía y la serenidad. 

Yo soy un pobre coleccionista de gestos amables. Desde que tengo quince años busco, catalogo, archivo, etiqueto y recopilo todas las veces que alguien me ha dicho gracias, las ocasiones en que me han susurrado pase usted primero, y las que me han preguntado cómo estás hoy. 

Sin embargo, mi colección es pobrísima. En mis casi veinte años de coleccionismo, solo unas pocas enfermeras (que ya no están) y un puñado de doctores (del que solo me queda V.) me han tratado como a un ser humano corriente. 

Los seres humanos corrientes son aquellos que no están locos, que no tienen desarreglos, que no se desmayan ni tienen visiones. Los ejemplares más comunes de una colección de gente.

En mi pequeño álbum de gestos amables tengo un ejemplar muy bonito: una vez, hace cuatro años, tuve mucho miedo a la oscuridad y me hice pis. Una enfermera suplente (se llamaba Eva) en lugar de gritarme, me tomó de la mano y me dijo: «Todo está bien, ya estoy aquí, no te preocupes».

Para vosotros, que seguramente conocéis el amor, o la generosidad, esto puede ser natural. Sin embargo, a mí este ejemplar de cortesía se me ha quedado grabado en la mente como algo inédito, como algo que pasa una sola vez en la vida. 

Cada vez que recuerdo la voz de Eva en la noche, siento una ráfaga maternal dentro del cuerpo. «Todo está bien, ya estoy aquí, no te preocupes», me dijo. Ese es el ejemplar más valioso de mi colección de gestos amables. Alguien que no me conoce me dice que está aquí, a mi lado. Y no me grita ni me pega ni me ignora. 

Me gustaría tener más gestos nobles en mi colección. Pero tengo solo ocho o nueve. Mi vida no ha sido pródiga en ejemplares maravillosos. Debería haber coleccionado golpes, mezquindades y amigos que me olvidaron. Ahora necesitaría docenas de habitaciones para guardar una colección de esa calaña. Pero prefiero seguir buscando los bichos raros. Las mariposas de colores imposibles, las caricias y los buenos días. 

Moscas y gusanos hay por todas partes.

Hernán Casciari