El futuro del Chape

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Los consejos de mi abuelo facho

De noche, cuando en casa mi vieja duerme, salgo a lo oscuro y me escondo atrás de un zaguán o de una enredadera o del baldío de Suárez. Cuando aparece una (puede que me pase dos horas esperando, porque en Mercedes de noche no andan mujeres), sea linda o sea fea, le tapo la boca con la mano y la arrastro hasta el terrenito que está pasando DuPont.

Algunas me muerden los dedos del miedo, otras se han meado en el camino. Mientras las arrastro les digo que si gritan las mato, y pongo los ojos así, como para que crean que estoy loco o algo. No puedo decirles de entrada que solamente quiero que me den cariño, porque con el susto no entenderían.

Elijo pendejitas más que nada porque después les da vergüenza contarlo y se lo guardan, no porque me gusten más. Preferiría mujeres de venticinco a treinta, porque leí que les gusta y por la mitad entran a agarrarle el ritmo y hasta dicen cosas. La misma revista que puso eso decía que, en algunos casos, el agresor deja de coger porque prefiere la fuerza bruta. Mentira. Yo me pongo mil veces más cariñoso de sólo pensar que les gusta. De todos modos, por prudencia, elijo pibitas miedosas para bajar el factor riesgo, porque a esta altura uno ya no es un amateur.

Otra que no hay que hacer nunca es involucrarse sentimentalmente. Una vez sola medio me enamoré, y fue para cagada. La fui a emboscar cuatro veces en medio año, y eso no se hace. No hay que volver, porque los de la Regional XIII te pueden estar esperando. La cuarta vez dejé pasar unos días, por las dudas que fuera un lazo de la cana. Pero no. La chica, cuando salí de atrás de un portón y le tapé la boca, ni se mosqueó. Le saqué la mano en un lugar seguro y me dijo «qué hacés, Chape, apurate que me esperan».

Fue casi un polvo de matrimonio. Se me pasaron las ganas de golpe. Le eché uno rapidito, más que nada por cumplir (que no se diga), y le dije que se mandara a mudar. Dos veces más me la crucé, de día, y ella me vio. Nos saludamos la primera, y la segunda ya no le di bola. Mi tío Camilo decía, cuando yo era chico, que las mujeres son más putas que las gallinas de la raza ponedora. Así que después de aquello empecé a andar con más cuidado.

Igual ahora estoy saliendo poco, porque el mes pasado se me murió una. Se me quiso escapar y resbaló, pobre, y se dio la cabeza contra la barandita de la pileta de la Liga. Zácate, se quedó seca. Fue medio un problemón, porque los de la Regional XIII se quedaron en el barrio haciendo preguntas. Ahora ya se fueron. Como la chica era hija de un concejal, tuvieron que meter preso a alguien, y eligieron un loquito del barrio Unión, que nunca le hizo mal a nadie. Se conoce que lo cagaron tanto a trompadas que al final confesó.

De todos modos a mí no me encontraban nunca porque no soy un sicópata. Soy un tipo serio; de día ando por El Progreso y juego al chinchón con parva de gente. Me conocen; dos por tres me pongo un traje. Ahora incluso trabajo de tenedor de libros en un estudio impositivo, porque tengo mucha facilidad para los números. Nunca pensarían en mí. Además, yo jamás doy la cara; no laburo como esos locos seriales que eligen a las minas porque son rellenas, o porque el apellido empieza con jota, o esas boludeces de tilingo que tienen los sicópatas conchetos.

Yo me tranco la primera que pasa, y siempre en barrios distintos, no sea que me anden esperando. Y casi no les hablo. No me pajeo. No doy muchas vueltas. Yo quiero un polvo tranquilo, como mucho morder una teta, esas cosas que quiere cualquier hijo de vecino. Y cuando son medio putas yo las calo. Gritan de miedo porque hay que gritar, por imposición cultural diría yo, pero les gusta. Yo sé muy bien. No se resisten mucho, y después se hacen las que lloran, eso sí, y me buscan los ojos para ver si me conocen o para ver si en una de esas soy lindo. Me caben, esas. Cuando se aparece una así en lo posible me les hago el loquito y las tajeo. Por putas.

En cambio a las que tiemblan mucho (pasa bastante si son vírgenes o epilépticas) las obligo a que me chupen la pija para que se metan en situación; igual no lo disfruto tanto porque leí que hay unas histéricas que, aunque las estés puntiando con el tramontina, te la pueden morder y dejarte mocho. Siempre que me hago chupar la pija me pongo nervioso y no gozo una mierda. Pero igual vale la pena. Que te la chupen mientras lloran es medio patético, así visto objetivamente, pero para uno que está ahí es el desiderátum. Y cuando les agarra hipo mientras te la chupan es un espectáculo aparte, ahí uno entiende que hay Dios, que no puede ser que la vida sea un caos a la deriva.

Pero no todo es color de rosa: una que embosqué hace un año tuvo un nene mío. Fue medio un drama para la familia, porque como son muy católicos el Obispo no la dejó abortar. Salió en El Nuevo Cronista, en página uno, la semana entera. Todo el mundo se peleaba por el tema del aborto de la piba. Unos decían que en caso de violación vale que la mina se haga raspar. Otros decían que ni siquiera, que hay que aguantársela cristianamente. Yo siempre tuve la misma postura: al chico te lo podés sacar, únicamente, si en la radiografía sale que el feto viene con tres brazos o alguno de esos caprichos de la genética; pero si es sanito no, porque la criatura no tiene la culpa de que la madre haya andado de noche por un barrio oscuro.

Por lo visto la mayoría habrá pensado como yo, porque el mes pasado el chico vio la luz y a otra cosa mariposa. Tres kilos cuatro cincuenta. Lo sacaron en el diario en tapa. Cuando nació lo dieron enseguida al Instituto Unzué. La madre de la piba incluso lo va a visitar hasta que alguna familia lo adopte.

Antinoche le dije a mi vieja, así como si nada, que nosotros lo podríamos tener. Que pensáramos en la criatura, y más que más la fui convenciendo. Yo ya dije que si el nene viene a casa no salgo más a la noche a emboscar. Me quedo a cuidarlo. A mi vieja le dije que tendría algo por qué levantarme todos los días. Ella me dice que soy un santo.

Esta mañana nos avisaron del Instituto que solamente falta la firma del juez de menores, pero que ya está notificado que somos una familia decente y conocida y que ojalá todos pensaran como nosotros. Cuando mi hijo esté en casa yo sé muy bien que voy a ser otro. Con la mano en el corazón, lo único que quiero es verlo crecer y que se parezca a mí en algunas cosas. Por ejemplo en la facilidad que tengo para los números.

Hernán Casciari