El gran secreto de mi vida

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Charlas con mi hemisferio derecho
Las pocas veces que he tenido que ir a un almuerzo de negocios (la última de estas desgracias ocurrió hace un mes), se ha dado una situación que me aterra. Es cuando llega el camarero del vino y sirve un poquito en mi copa para que dé el visto bueno. Es entonces cuando el mundo se detiene, la vida del restaurante se congela y, como en los cuentos de Poe, sólo se oye a mi corazón —cataplóm, cataplóm— galopar en pánico desbocado.

Lo que debería halagarme —porque en realidad un camarero escoge, de todos los comensales, al que sospecha el más indicado— a mí no me halaga, sino que me pone los pelos de punta. Y es porque nunca, pero nunca en la reputísima vida de dios, voy a saber si un vino está bueno o está malo. Es más, si fuera por mí, todos los vinos estarían malos.

La segunda cuestión que me da pánico es la serie de gestos que hay que ensayar durante este ritual sibarita. Estos gestos son generalmente cinco: hay que oler la copa entrecerrando los ojos; hay que beber un sorbo como si fuera jarabe; hay que poner cara de boludón que entiende de la cosecha de la uva; hay mirar al tipo de la botella como con culpa, regalándole una caidita de ojos; y para rematar hay que apretar los labios y hacer que sí con la cabeza, como si dijeras: «Tenías razón, che, perdonáme por haber dudado».

Pero es justo después de esta mierda de gestos que llega lo verdaderamente aterrador. Y es cuando el camarero sirve las copas y se va. Entonces es donde empiezo a temblar frío, esperando que mis acompañantes beban de sus copas y descubran que el vino, el que que yo di por bueno, está horrible, picado, pasado, vencido, agrio y podrido. Yo me quedo siempre con el culo apretado en la silla, esperando a que escupan la bebida sobre el mantel y me miren con imprevista desconfianza. Es decir: mi fobia radica en que mis contertulios, que hasta entonces me respetaban y estaban a punto de darme un trabajo o un premio, descubran que soy un mogólico.

Pensándolo ahora, mientras releo estos párrafos, colijo que es éste el gran miedo de mi vida. No saber cuándo llegará el minuto en que voy a ser, por fin, desenmascarado. He aquí mi terror recurrente, caramba: estar siempre expuesto a que las personas que me sospechan inteligente, o mundano, o simpático, o capacitado para alguna tarea compleja, se desayunen sobre la recóndita verdad que oculto: que soy un tarado mental.

(Este artículo, que iba a desarrollarse sobre cuánto detesto el vino y las reuniones, se acaba de convertir en un ensayo sobre mi mogolismo oculto: los cambios de rumbo de la literatura son inexpugnables.)

Permítanme que les cuente, ahora que ha cambiado tan de golpe el tema de esta charla, algo que me ocurrió de niño y que ha marcado mi vida a fuego.

Agonizaba el año 1983. Mi padre, en aquellas temporadas, era el tesorero de la mayoría de las instituciones benéficas de Mercedes. Entre ellas CAIDIMCentro de Apoyo Integral del Insuficiente Mental—, un lugar donde convive la gran mayoría de los mogólicos del pueblo, un sitio acogedor donde se les da trabajo y cobijo.

Una mañana de mis doce años, mi padre me pidió que fuese al Banco Provincia a cobrar un cheque de CAIDIM. Llegué al banco en mi bicicross, entregué el talón en ventanilla y el cajero me devolvió, sin darse cuenta, cincuenta pesos de más. Yo noté el error enseguida, y durante todo el camino de regreso a casa fantaseé con lo que me compraría con ese dinero extra. (Creo que mis prioridades de aquel tiempo eran un perro y un karting a motor.)

Una vez en casa entregué a Roberto Casciari el dinero exacto del cheque y me quedé miserablemente con el cambio. Durante el almuerzo, sin embargo, un ataque de culpa me hizo confesar que me habían dado cincuenta pesos de más, y le pedí permiso a mi padre para quedármelos.

—Si a esa plata la perdiera el Banco —me dijo Roberto— ningún problema. Pero cuando hagan el balance de caja y falten cincuenta pesos se los van a descontar al cajero, y son todos amigos míos. Así que mejor lo devolvemos. ¿En qué ventanilla cobraste?

—En la dos —le dije, jurando para mis adentros nunca más ser sincero con mi padre (actitud que sigo cumpliendo a rajatabla).

—En esa ventanilla está Eduardo —dijo Roberto Casciari, que es amigo de toda la gente que está detrás de cualquier ventanilla. Y acto seguido llamó por teléfono al Banco pidiendo hablar con Eduardo.

—Diga —dijo Eduardo, el cajero, del otro lado de la línea.

—Hola Edu, soy Roberto —habló mi padre—, me parece que me diste plata de más en un cheque de CAIDIM.

—¡Sí! —asintió el cajero Eduardo— Me di cuenta casi enseguida, y te iba a llamar esta tarde. No le quise decir nada al chico mogólico que me trajo el cheque porque no me iba a entender.

Mi padre se empezó a reír en ese momento, y es el día de hoy que se sigue riendo. Han pasado veinte años desde aquello, pero Roberto Casciari no se cansa de narrar en las sobremesas, cada vez que puede, esta anécdota en la que un cajero de banco me vio cara de mogólico. Creo que éste es el trauma más grande que tengo, exceptuando los sexuales y los que derivan de ser hincha de Rácing.

Y es que aquella tarde no solamente perdí mis cincuenta pesos, mi perro nuevo y mi karting a motor, sino que gané, y para siempre, este temor a que la gente sepa que soy mogólico, a que descubran mi verdadera identidad. Esta fobia a que todos los esfuerzos que hago por aparecer simpaticón e inteligente ante el mundo, queden aplastados por una mirada sagaz que me devuelva a mi categoría de subnormal.

Es por esto que, cada vez que un camarero me elige para catar el vino en un almuerzo de negocios, o cada vez que alguien me obliga a hacer algo que está fuera de mis fronteras mentales (como por ejemplo votar, cambiar los pañales de mi hija o discutir sobre cine de autor), comienza a subirme por el esternón un frío de pánico que se instala en mi alma y no me deja vivir en la paz sencilla de los subnormales, ese sitio cálido del que nunca debí haber salido para intentar comerme el mundo.

Hernán Casciari