El país del Nacho

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Más respeto que soy tu madre

Desde el sábado a la noche estamos en Lago Puelo. Ayer a la tarde, tirada en una reposera mirando el cerro, trataba de acordarme cuándo había sido la última vez que estuve así, panza arriba y sin pensar en nada. Y descubrí que ya pasaron quince años desde mis últimas vacaciones en serio. 

Por eso será que el cuerpo me genera resortes: me cuesta mucho relajarme, todo el tiempo pienso que tengo que hacer la comida, preparar los guardapolvos para los chicos, limpiar… Entonces abro los ojos y veo esto, respiro un aire completamente distinto al de Buenos Aires, y me dan ganas de llorar por no haberlo hecho antes, o por no haberlo hecho siempre.

Hoy vinieron unos vecinos y nos trajeron una torta de bienvenida. «Para la familia de Ignacio», dijeron, y nos saludaron a todos, uno por uno, deseándonos una feliz estancia.

¡Tomá mate! El Nacho habla con la gente de acá como si hiciera años que viviera en Puelo. Los quieren mucho, a él y a la Luchía. Los vecinos son como el nene, gente tranquila, lectora y trabajadora, con hijos chiquitos y con ganas de vivir en paz. Nos sentimos sapos de otro pozo.

Hace un rato el Nonno y el Caio se pusieron a pelear a los gritos en la calle, y salió todo el mundo a ver qué pasaba. Ahí nos empezamos a dar cuenta que estamos en otro mundo. El Nacho se puso colorado, y nos pedía que hablemos bajo, que no hagamos escándalo.

—Acá no hay que gritar —nos decía—, retumba mucho. El Nacho está un poco preocupado desde que llegamos.

Por un lado le encanta que hayamos venido, pero no le gusta mucho que hayamos roto «su paz interior».

El viernes a la noche tuvo que salir con la combi hasta Telsen (después de ver en este cuaderno la noticia de nuestra detención), pagó la fianza y nos trajo hasta acá. Pero se pasó el viaje diciéndonos que no hiciéramos lío cuando llegáramos. Ahora lo entiendo: se avergüenza un poco, tiene miedo de volver para atrás con su vida.

A veces yo misma quiero decir algo y me sale a los gritos. Es la costumbre. Años de gritar porque sí, de hacerme mala sangre por todo, de contar la plata que nos queda y la plata que nos falta. Lo miro al Nacho, que no tiene nada, que ni siquiera tiene una casa terminada, y está feliz y contento. En paz. Le toca la pancita a la Luchía, corta leña, habla con sus nuevos amigos, mira el cielo. Encontró algo y se le nota.

—¿Te gusta acá, Nachito, cierto? —le dije hace un rato—. No nos extrañás ni un poquito…

—Sí los extraño —me dice, pasándome el mate—. Pienso en ustedes todo el tiempo. Pero a la vez siento que encajé en un lugar. Me despierto y siento que todo esto es mío. Cuando me despertaba en Mercedes no veía esto.

—¿Qué cosa? ¿El lago, el cerro?

—No, viejita —me dice, y se le llenan los ojos de lágrimas—. Un país. No veía un país. Ahora, cuando me levanto, veo un país para mi hijo. Un lugar que hay que construir desde cero. Estaba harto de ver las ruinas de otro país que ya no existe. Este país empieza conmigo.

Es como una puñalada lo que me dice el Nacho. Porque nos excluye, porque también me quiere decir que nosotros ya tuvimos la oportunidad y la desaprovechamos. Pero también quiero pensar que el hijo del Nacho, cuando nazca, va a pedir un país en serio, hecho con ganas, por muchos Nachos trabajadores. Como lo pedí yo cuando era chica y no me lo dieron. Como lo piden el Caio y la Sofi y no se los pudimos dar. Ojalá mi nieto se despierte y vea todo esto, porque esto, corazones, es el paraíso.

A veces, cuando abro los ojos desde la reposera y veo el lago, la cordillera, este Sur tan silencioso, tan enorme y único, no sé qué hacemos catorce millones de estúpidos en Buenos Aires, apretados y a los gritos… Pudiendo estar acá, desparramados como Heidi y el abuelito, y empezando a hacer un país. A veces no me entra en la cabeza que estemos todos tan locos y no nos demos cuenta.

Hernán Casciari