El regreso de los Peroti

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Más respeto que soy tu madre

Yo creo que ya escribí alguna vez sobre el Negro Peroti y su mujer la Aurora. Son una pareja media amiga nuestra que, desde que se hicieron nuevos ricos, están igual de pelotudos que cuando eran pobres, pero con ropa cara, que te da más bronca.

Estábamos todos medios peleados desde hace un par de meses por cuestiones que no vienen al caso, pero ayer a la tarde cayeron a casa de sopetón, como si no hubiera pasado nada. Y como siempre, se invitaron a cenar mañana.

Se quedaron un rato en casa a tomar mate. Venían con la Marilú, la única hija que tienen, que estudia en Suiza. Hacía rato que no veíamos a la nena, que antes era una cagada de fea pero que en este tiempo se hizo mujercita ya, y de buen ver. Nos dimos cuenta porque al Caio hubo que traerle una palangana para que no me enchastrara de baba la alfombra del hall. Pero la pendeja es nariz para arriba y ni lo miraba al pobre Claudio. En cambio conversaba mucho con el Nacho, que es un sol de educado y simpático.

Los Peroti se fueron enseguida, después de confirmar la hora de la cena de mañana. Ni bien salieron por la puerta, yo me saqué la sonrisa de compromiso que pongo cuando viene esta gente —porque mucho no los trago— y me fui al patio a tomar el fresco.

—¿Sabés por qué vienen? —le grito al Zacarías, que estaba en la cocina—. Para presumir de hija. ¡Mirá si serán pelotudos! Cada vez que se invitan a cenar es para mostrarnos algo: el auto nuevo, los celulares que sacan fotos, los vestidos italianos… ¡Y ahora la hija, que de repente se puso linda porque estudia en Suiza!

Zacarías, que por lo general los defiende, esta vez mucha bola no me da:

—Che Mirta —me dice, guardando el mate en la alacena—, ¿vos viste cómo charlaban el Nacho y la hija de los Peroti? —y me levanta las cejas por la ventana, esperanzado—. ¿Dios quiera, no?

Qué hombre boludo mi marido. Está todo el tiempo haciéndose ilusiones de que al hijo se le van a ir las hormonas para el otro lado.

—Bajáte del auto que no compramos la rifa —le contesto, escéptica—. Las chicas lindas andan siempre con un mejor amigo puto: es ley de vida. Y seguro que a esta nena le falta su mejor amigo puto acá en Mercedes. No te hagas historias, viejo. Lo de estos chicos es amistad de verano.

Zacarías, compungido, mira el techo y junta las manos:

—¡Qué año de mierda que me diste, Dios querido! —dice—. Me echás de la fábrica, me sacás campeón a Boca, me convertís en puto al único hijo sano que tengo… ¿Qué te hice yo, Señor, en qué carajo te fallé?

El Zacarías dos por tres habla con Dios mirando al techo. Siempre al techo. Una vez que estábamos en el patio y tenía que hablar con Dios, se metió adentro para poder mirar un techo. El Dios del Zacarías no está en el cielo: está en el cielo raso. Pero la verdad es que en el fondo, bien en el fondo, yo también rezo para que en la cena de mañana la Marilú Peroti le prenda la vela del amor al Nachito. Me encantaría ser consuegra de la Aurora y cagarle para siempre el nivel de vida.

—Che Mirta, ¿y vos de dónde sacaste eso de que las chicas lindas andan siempre con un amigo puto? —me pregunta Zacarías dos horas después, ya metidos los dos en la cama.

Sonrío, misteriosa:

—Cuando yo era soltera mi mejor amigo era puto —le digo. Se me queda mirando, con cara de que algo no le cierra.

—Sería bisexual tu amigo —dice al rato—, porque vos linda no fuiste nunca… 

—Andá a cagar, viejo choto —le digo, y me vengo a la compu haciéndome la enojada.

Hernán Casciari