Elogio a la punta de la lengua

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España, decí Alpiste

¿Cómo se llamaba el cuatro de Ferro que ganó el metropolitano del ’81? ¿Quién era aquel peladito que trabajaba en La Tuerca? ¡Ay, qué facil es todo para ustedes, los jóvenes! En nuestra época, querido nieto, podíamos estar días enteros con un cosquilleo mortal en en la yema de los dedos a causa de un dato que estaba ahí, a punto de salir, y que no salía. Entre las cosas muertas del pasado, entre los cadáveres que ha dejado Google a su paso, lo que yo extraño es tener cosas en la punta de la lengua.

—Me sale Recabarren, pero no es Recabarren —decíamos, con gesto de dolor, y crispábamos las manos.

—¡Gurundarena! —saltaba algún amigo que se había sumado a nuestra lucha— ¿No es Gurundarena? O Gorostiaga, o algo que empieza con gé…

—No. Empieza con erre, o lleva erre en alguna parte —asegurábamos nosotros sin ninguna convicción, y nos quejábamos:— ¡La concha de la lora!

Como el bostezo, el olvido parcial era contagioso en nuestros tiempos. A la media hora de generada la duda, nuestro amigo, aquél al que habíamos consultado confiando en su buena memoria, estaba igual que nosotros: desesperado. Y consultaba a otro amigo, y éste a otro más, y la rueda se hacía infinita.

Llegaba un momento en que la mitad de la población de Mercedes dejaba lo que estaba haciendo, paralizada por la necesidad de saber cómo se llamaba aquél actor secundario de Calabromas que no hablaba, o el apodo de un baterista que había sustituido a Oscar Moro durante un mes, en dos conciertos que Serú Girán había dado en Chile en 1979.

Siempre había un idiota que, inmóvil en la mesa del bar o harto de darle vueltas a lo mismo, decía la siguiente pelotudez:

—Van a ver que cuando dejemos de pensar en eso, sale solo.

¡Claro que salía solo! Pero el problema no era ése; el problema era que no se podía, ni con la ayuda de los bomberos, dejar de pensar en el tema. La palabra extraviada, fuese la que fuera, se instalaba en todos los rincones del cerebro como un virus mortal, y nos impedía continuar con la actividad que veníamos desarrollábamos antes, que casi siempre era hacer la Claringrilla o mirar culos por la ventana.

Si en aquellos tiempos, querido nieto, alguien nos hubiera vaticinado que en el futuro iba a existir un motor llamado Google, donde luego de insertar las hilachas de una duda y, presionando un botón, saltarían frente a nuestros ojos todas las respuestas del mundo, habríamos desvalijado al informante en busca de los restos del porro que se había fumado. No le hubiéramos creído; nos habría resultado imposible y, al mismo tiempo, aterradora, la sola idea de un mundo de respuestas a domicilio.

Y es que había algo de masoquismo en esa sensación prehistórica, en el dulce devaneo de haber olvidado algo que sabíamos y que nos era familiar. Queríamos sacarnos el peso de encima, sí, deseábamos más que nada el el mundo que la respuesta llegase de repente a la cabeza, pero a la vez flotábamos en aquel mar de la duda con placer y no queríamos perder la sensación de la agonía.

Según aseguraban los sicólogos en esos años, cada persona tenía (aunque lo desconociera) un sistema de claves para acceder a la información perdida, basándose en las palabras falsas que nos llegaban a la cabeza en sustitución de la real.

Por ejemplo, si la palabra olvidada era «Mister Ed» y todo el tiempo la memoria nos devolvía «Demetrio», era posible (según los estudiosos) que nuestro sistema de claves nos devolviera en el futuro las dos primeras letras cambiadas: DEmetrio comienza como acaba misterED.

Estas claves eran personales, porque si a mí me salía «demetrio» y al Chiri le salía «terracota», en su caso TERracota tenía tres letras iniciales que se correspondían con la parte media de la palabra olvidada: misTERed.

Por supuesto, jamás dimos con la clave de nadie, porque hubiera sido trampa.

Lo realmente desconcertante de esta enfermedad mental ocurría siempre a las dos o tres de la madrugada, cuando, por fin, recordabámos lo que se había extraviado. La sensación de recordar era paradójica porque, en vez de alegría, nos causaba congoja:

—¡Vicente Rubino era! —gritábamos, solos en nuestra habitación, quince horas después— ¡Vicente Rubino, la puta madre que los recontra mil parió! Vicente Rubino, mirá vos qué boludez… Mañana lo llamo a Chiri y le digo.

Lo mismo nos pasaba si nuestro amigo era el que finalmente descubría la palabra. Al darnos la noticia, al día siguiente, nuestra reacción no era la que esperábamos.

—Víctor Hugo Vieyra —decía Chiri, incluso antes de saludar.

—Es verdad, claro… ¿Qué se habrá hecho de ese tipo?

—No sé, pero me salió anoche, mientras cagaba.

La recuperación de la información le quitaba toda la magia al acontecimiento. Entendíamos que lo intenso no consistía en conocer los datos perdidos, sino en buscarlos larga, desesperada, inútilmente durante toda la tarde en los bancos de la plaza San Martín.

Y era por eso que cuando, solos en la habitación o viajando en tren, recuperábamos sin querer la palabra olvidada, éramos capaces de dar nuestros mejores discos a cambio de volver al segundo anterior del hallazgo, y ubicarnos otra vez en ese terreno gelatinoso y vibrante, en la punta misma de la lengua, donde no sabíamos nada y cada cosa era posible, los tiempos en que Google no existía, querido nieto, los años en que todas las respuestas del mundo dependían de la buena memoria de un puñado de amigos.

Hernán Casciari