Firmar los papeles

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Seis meses haciéndome el loco

El niño hace dibujos en el papel, y entonces sigue siendo un niño. Pero un día, un día cualquiera, el niño dice: «Hoy aprenderé a firmar», y se pasa el día entero ensayando garabatos con su nombre y su apellido, en lugar de hacer dibujos. Ese día, el niño pierde la gracia y se convierte en un señor pequeñito. 

Mi firma es penosa. Nunca hago la misma. No recuerdo qué hay que hacer, solo sé que debo agujerear la hoja para que la firma sea mía. 

Estamos en el siglo XXI, yo creo que ya no es necesario firmar. Hay otros métodos para constatar nuestra identidad. Dicen que los humanos tenemos tres cosas que nos identifican individualmente: las huellas digitales, el agujero del culo y el iris del ojo. 

Las huellas digitales y el iris llevan peligro, porque si un malhechor quisiera suplantar tu identidad, podría cortarte un dedo o quitarte un ojo. Yo creo que el mecanismo más adecuado es el agujero del culo. 

Nadie, en su sano juicio, por más ladrón que fuese, podría quitarnos el ano, dado que un agujero está vacío. Y el vacío es imposible de robar. Además, todos tenemos un ano. Hay gente manca, y hay gente tuerta, pero no hay gente sin parte de atrás. 

A mí me gustaría, en lugar de firmar, que el notario me dijese: 

—A ver, señor Xavi, súbase al escritorio y muéstreme el culete, que debo dar fe de su identidad. 

Yo me bajaría los pantalones con circunspección, él tomaría nota (o haría foto) de mi agujero, y todos en paz con su alma. 

En el Registro Civil, en la compraventa de un apartamento, en los juzgados de guardia, en los bufetes de los abogados, en los despachos de las cadenas de televisión, en todas partes, la gente estaría mostrando el culo para identificarse o para comprometerse. 

El culo cobraría un nuevo significado, además del sexual. 

Un hombre iría por la calle, pasaría una señorita muy guapa con pantalones ajustados, y el piropo del hombre sería: 

—Oye, tía buena, ¿no querrías salirme de aval? Me gustaría un mundo así.

Hernán Casciari