Fútbol gratis en el comedor

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Aquí, en España, el negocio del fútbol también genera divisiones políticas, debates, llamadas de trasnoche y comisiones millonarias. En este momento, mientras escribo, se están repartiendo la torta del mismo modo que en Argentina. 

Es una torta rellena de dulce de euros, bastante más grande que el pastel nacional, pero el runrún escandaloso de las conversaciones vía intermediario, de si me das aquello te doy lo otro, es idéntico y también roza la deshonra. La única diferencia grande es que aquí, en España, los gobernantes de primera línea no se muestran interesados en el asunto. Lo están, pero juegan a la indiferencia. No se verá nunca en los periódicos ibéricos una foto que muestre a Zapatero junto al presidente de la Real Federación Española de Fútbol. Ni firmando un contrato, ni rompiéndolo, ni dándose la mano. En teoría, a los ojos del pueblo, ambos presidentes viven en mundos distintos: uno soluciona los problemas serios (la desocupación, el terrorismo, la inseguridad) el otro se encarga de cuestiones deportivas, menores, relacionadas con el ocio. Si se reúnen, lo hacen a escondidas o por medio de intermediarios. En España resultan graciosas, y un poco patéticas, las fotografías de Cristina Kirchner reunida con Julio Grondona. Da la impresión de que un mandatario debe tener la capacidad de no aparecer en fotos que inmortalizan pactos menores. El dueño de casa no paga en persona la cuenta del almacén: manda al criado. Sin embargo, la televisación del fútbol es uno de los intereses más grandes de los gobiernos en problemas. Y más allá del aparente patetismo del caso argentino (a los ojos europeos, quiero decir, esos ojos tan sobrios) hay en la sociedad ibérica cierta envidia cuando se descubre que en Buenos Aires el fútbol, desde esta temporada, es gratuito. 

Aquí la crisis también golpea, la desocupación está en cimas alarmantes, la gente se queja día y noche porque no llega a fin de mes, pero tampoco puede ver fútbol en el canal estatal. Ni en ningún otro que no sea de pago. Si un ciudadano quiere ver, los fines de semana, el partido del Barça y el del Real Madrid, si quiere ver ambos, tiene que estar abonado a dos repetidoras de cable diferentes: Canal+ y GolTV. Cada una de ellas cobra una suscripción mensual de quince euros. La repartija de esta torta suculenta (que permite a la liga española comprar jugadores carísimos) se plantea sin duda con representación gubernamental en la mesa de decisiones, pero sin fotografías. 

El fútbol no puede ser un tema importante cuando hay cuatro millones de desocupados en España, y sin embargo, es lo que mejor revierte la tristeza de los viernes y los sábados. En Argentina ocurre lo mismo. Los desocupados son más, la inseguridad es mayor, y el fútbol está sensiblemente peor jugado que en Europa, pero adormece y relaja las almas del mismo modo. El fútbol, cuando está en el comedor de casa sin que paguemos por él un centavo, nos hace sentir un poco menos huérfanos de padre y madre. Un poco menos meado por los perros. Solo hace falta pedirle a Canal Siete que mejore la transmisión en vivo vía internet, así los que vivimos afuera también podemos verlo. 

 

Hernán Casciari