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Gente de buen apellido

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Libro «Más respeto que soy tu madre» de Hernán Casciari

Más respeto que soy tu madre

Desde que el Caio descubrió el nombre completo del Pajabrava, los varones Bertotti empezaron a mirar con otros ojos al noviecito de la Sofi, porque resulta que acá en Mercedes los apellidos son como la cuenta bancaria de la gente, y nunca falla.

Los apellidos españoles básicos son nuestra clase baja. En la Pampa Chica abundan los Pérez, los Sosa, los Gómez, los Fernández y los García, que no tienen a dónde caerse muertos. Después venimos nosotros, los apellidos italianos, que somos la clase media trabajadora. En nuestro barrio somos Pertossis, Della Zizzas, Bertottis o Blandinis. Y hablamos todos a los gritos.

En el Barrio del Parque está la gente de clase media alta, y todos tienen apellidos franceses, vascos o catalanes: Betancourt, Caseneuve, Gorrosterrazú, Goicochea, Ferrer y cosas por el estilo. Pero los mejores apellidos, los apellidos que tienen seguridad privada, los que viven en la zona de chalets, son los españoles compuestos: los López Ayala, los Pérez Itúrregui, los Hernández Olalla… Casi siempre tienen empresas grandes a medias con un judío de Luján, porque los judíos de Mercedes por alguna razón no han sabido prosperar como en el resto del mundo. Y resulta que ayer a la tarde el Caio le pregunta al Pajabrava cómo se llama, y el chico, tímido, le dice su nombre:

—Agustín Dámaso Iraola.

¡Ay, para qué! Desde ese momento, la información corrió como reguero de pólvora por toda la casa. El Caio se lo dijo al Nonno, y el Nonno le pasó el dato al Zacarías. Un rato después, los tres estaban invitando al Pajabrava a jugar al póquer en la mesa del comedor, para desplumarlo. Y el chico, que es tímido, no supo decir que no.

La Sofi llegó llorando al lavadero ni bien se vio amputada de novio. Yo estaba lavando la ropa, ajena a todo.

—¡Mamá! —me dice—. ¡Me robaron a mi Pajabrava!

—Si te ama va a volver —le digo, pedagógica—. Y si no vuelve, es porque nunca fue tuyo, Sofía.

—¡Claro que va a volver! —me dice—. ¡Pero va a volver sin un peso! ¿Y para qué lo quiero yo al esquenún sin un peso?

En diez palabras me explicó que toda la familia lo estaba descuartizando en la mesa de póquer, porque habían descubierto que era un Dámaso Iraola.

—¿Tu novio es un Dámaso Iraola? —le digo, abriendo los ojos grandes—. ¿Es algo del dueño de la fábrica de cemento?

—El hijo.

—¡Ay mi vida, haber empezado por ahí! —le digo a los gritos, sin poder contener mi emoción desinteresada—. Cuidá a ese chico, corazón, cuidálo mucho que es un amor de nene… Se nota que es un santo, no me lo hagas sufrir…

—¡Yo lo cuido! —me dice—. Pero andá a poner orden al comedor, vieja, porque quiero gastarme la plata yo, no mi hermano, mi papá y mi abuelo!

Salí corriendo para adentro, y efectivamente: desde la ventana del patio los vi practicar el delito. El Nonno parecía Marcel Marceau por la cantidad de gestos que les hacía a sus compinches. El Zacarías estaba serio, pero se le notaba la emoción del pecado. Y el Caio actuaba de anzuelo, perdiendo a propósito para que el Pajabrava pensara que era una mala racha de ambos adolescentes.

—¡Zacarías vení ya mismo para acá! —le grito desde la cocina.

—Esperáte mujer que estoy muy metido —me dice.

—¡Serás sinvergüenza, Zacarías! —le contesto, y me meto al comedor con una escoba—. ¡En esta casa se acabó el póquer!

—les digo—. Devuélvanle toda la plata a ese chico o los cago a escobazos a los tres. ¿No les da vergüenza robarle a un chico?

Los cuatro se me quedan mirando, sin entender. Zacarías, con la frente salpicada de gotas de sudor, me susurra:

—Gorda, te juro que la intención inicial era esa…, pero el pendejo nos está limpiando.

—Estamo perdiendo molta guitta, Mirta —me confirma don Américo con pesadumbre—… El Pacabrava nos está cuchinando a fuoco lento…

El Caio no dice nada, pero se le nota la humillación en los ojos. Miro los billetes y veo que es cierto: todo el dinero está en manos del Dámaso Iraola, y a los Bertotti, en cambio, solo les quedan monedas. Parecía un croquis de la vida real.

—Señora —me dice el novio de la Sofi, sin darle importancia—. No se preocupe que en cinco minutos les quito las últimas monedas y se los devuelvo a los tres, para que pasen un domingo en familia…

¡Ay qué bronca me dio ese chico! Si no hubiera sido porque la Sofi está enamorada le daba dos cachetazos por insolente al Pajabrava ese… Pero me mordí la lengua y no le dije nada, porque soy una señora.

—Ayudáme a planchar, nena —le digo a la Sofi, y nos fuimos del comedor con la cabeza gacha.

—Perdonáme, mamá… Yo pensé que estaba perdiendo el Pajabrava… —me dice ella por el camino.

—¡De ahora en más vos no pensés! —la interrumpo—. Querélo mucho a ese chico, pero no pensés. ¿Adónde se ha visto que un Bertotti pueda sacarle una moneda a esa gente?

¡Si la trampa la inventaron los ricos, nena!

—¡Y yo qué sé! —me dice.

—Serás ingenua —digo como para mí, mientras voy poniendo camisetas sucias en el lavarropas—… Serás ingenua, Sofía Mirta…

Hernán Casciari