La felicidad

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Seis meses haciéndome el loco

Desde que estoy aquí he aprendido a perder las esperanzas sobre algunas de las formas de la felicidad. Por ejemplo, sé que no será mía la felicidad del amor correspondido, ni la felicidad de los millones en el banco, ni la felicidad de pisar la hierba en el parque cuando se me antoje, ni la felicidad de elegir lo que voy a cenar esta noche. (Ay, cómo echo de menos estas formas naturales de la dicha…). Pero hay otras felicidades, pequeñas quizás, menos valoradas por la gente libre, que sí puedo alcanzar cuando quiero. Son cuatro y las voy a explicar. 

Uno. Nadie es feliz por no sentir dolor, nadie va por la calle diciendo: «Ay, qué contento estoy, pues hace meses que ninguna extremidad me arde». Sin embargo, cuando uno se quema sin querer, resulta muy agradable poner el dedo quemado en agua fría: ese instante nos provoca felicidad. A esta la llamo Felicidad Voluntaria, puesto que es de las pocas que nos podemos provocar. Yo mismo, cuando estoy triste o aburrido, me quemo el dedo con una cerilla y después me doy un buen chorro de felicidad en el lavabo.

Dos. Hay otra felicidad frecuente, pero ya no depende de uno: hay que saber esperar. Cientos de veces sueño cosas horribles. Como que voy desnudo por una avenida muy concurrida, o que me despeño desde lo alto de un monte, o que el Viejo Ignasi me roba el postre, o que se me caen todos los dientes (esta la que más). Cuando el sueño de los dientes es muy nítido, el despertar con la dentadura intacta me genera una gran felicidad que me obliga a sonreír a oscuras y, a veces, me hace ronronear y masticar el aire para sentir el rechinar de las muelas. La llamo Felicidad Ilusoria. 

Tres. La tercera es cruel y se llama Felicidad Proporcional. De todas, esta es la felicidad más perversa, puesto que implica la tristeza, el dolor o la desventura de otra persona a la que odio. Es, además, una felicidad que no puedo exteriorizar frente a todos, dado que es vergonzosa. Es una felicidad secreta, taimada y esquiva, pero muy gratificante. Eso sí, frente a la gente hay que fingir preocupación o nostalgia. Último ejemplo en que fui feliz con esta felicidad: cuando mi madre se resbaló en una de sus visitas y se sacó la cadera.

Cuatro. La cuarta es la Felicidad Corporativa, y es una de las que más me gustan porque es solo nuestra. En el mundo de los cuerdos, nadie se siente feliz porque otro cuerdo haya hecho algo bien. Si un cuerdo escala el Everest, por ejemplo, los demás cuerdos jamás dicen: «Uno de nosotros ha llegado a la cima del mundo, oh, qué felices nos sentimos todos los cuerdos». En cambio, cuando un loco hace algo bueno, digno o prestigioso, los demás locos nos sentimos felices a nivel gremial. Por ejemplo, cuando Labordeta llegó al Congreso de los Diputados. 

Conclusión

El hombre de todas las épocas se ha dejado la vida buscando la felicidad. La ha buscado en el poder, en el sexo, en el arte y, últimamente, en la construcción de viviendas. Pero, ¿dónde está exactamente la felicidad? ¿Está en los brazos de la mujer anhelada, en un maletín flamante lleno de dinero, en la tierna mirada del hijo, en un amanecer caribeño o en un cartón impregnado de ácido lisérgico debajo de la lengua? Nadie lo sabe… En este hospital, encontrar la felicidad, dar con esos breves momentos de dicha, es para nosotros tan complicado como lo es allí afuera para vosotros. Pero yo tengo una ventaja: todo el tiempo del mundo para practicar.

Hernán Casciari