La gallina degollada

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100 covers de cuentos clásicos
Los cuatro hijos idiotas de Berta y Mazzini se pa­saban todo el día sentados en un banco del patio, mi­rando un tapial. El mayor tenía doce años; el menor, nueve. En el aspecto sucio y desvalido de los herma­nos se notaba la falta absoluta de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el amor y la esperanza de sus padres. 

Recién casados, Berta y Mazzini desearon un hijo con todo el corazón. Y a los catorce meses nació el primero. Una criatura radiante que creció sana hasta el año y medio. Una noche, el nene se despertó sacu­dido por unas tremendas convulsiones, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó pero no hubo nada que hacer. 

Berta y Mazzini cayeron en la desesperanza. Pero pudieron salir adelante y tuvieron un segundo hijo, saludable y hermoso. El nene tenía una risa contagio­sa que renovó la alegría de sus padres, pero antes de cumplir dos años repitió la convulsiones del primero, y al día siguiente amaneció idiota. Para Berta y Ma­zzini fue demoledor. Llegaron a preguntarse, incluso, si estaban malditos. 

Tardaron mucho tiempo en recuperarse, pero lo consiguieron y Berta volvió a quedar embarazada, esta vez de mellizos. 

Sin embargo, cuando los hermanitos nacieron, volvió a repetirse el proceso: una noche de espasmos y convulsiones y a la mañana siguiente ninguno de los volvió a reaccionar a las voces de sus padres. Entonces Berta y Mazzino decidieron poner fin a su aterradora descendencia. 

Mientras ellos se entristecían cada vez más, los cuatro hijos crecían sucios y descuidados en el patio de tierra. 

Lo mejor que les pasaba en todo el día era cuando el sol se ponía atrás del tapial. La luz les llamaba la atención al principio. Poco a poco sus ojos se anima­ban, y al final se reían a carcajadas, con una alegría bestial, mirando el sol como si fuera comida. 

Pasaron los años, y poco a poco, confiando en que el tiempo pudiera haber amortiguado la fatalidad, Berta y Mazzini empezaron a desear otro hijo. Tuvie­ron una nena: Bertita. Los primeros años de Bertita fueron de pura angustia, siempre esperando otro de­sastre. Pero Bertita fue creciendo sana y feliz sin que pasara nada.

Y entonces entendieron, por fin, que la maldición había terminado. Volcaron en la nena todo su amor, y la malcriaron sin límites. 

Si antes de Bertita los Mazzini le prestaban poca atención a las cuatro bestias del patio, ahora solo pen­sar en ellos la horrorizaba, como si los idiotas fueran una cosa atroz que no les pertenecían. Una sirvienta los vestía, les daba de comer y los acostaba todas las noches, en lo posible sin tocarlos. 

Una mañana, luego de haber degollado lentamen­te a una gallina para el almuerzo, la sirvienta oyó una respiración detrás de ella. Cuando se dio vuelta vio a los cuatro idiotas que miraban al animal desangrán­dose sobre la mesada, con los hombros pegados uno a otro. «¡Señora, los chicos están en la cocina!», gritó la sirvienta asustada. «¡Échelos!», alzó la voz Berta desde la otra punta de la casa. Y enseguida las cuatro bes­tias, empujadas por la sirvienta, volvieron al patio y a los ojos en el tapial. 

Ese día, después de almorzar, la sirvienta salió de franco, y el matrimonio fue a visitar con Bertita a unos parientes. A la tardecita la familia volvió, pero Berta quiso saludar a sus vecinas de enfrente y la nena se escapó corriendo sola a la casa.

Los idiotas no se habían movido en todo el día del patio. El sol ya había bajado por el tapial y ellos se­guían mirando como siempre los ladrillos. De pron­to, algo se interpuso entre su mirada y el tapial. Su hermanita estaba en patio, miraba el muro de la la­drillos, pensativa y traviesa. Quería trepar, no había duda. Y como estaba acostumbrada a hacer siempre lo que quería, buscó un cajón, lo apoyó contra el ta­pial, trepó en puntas de pie y consiguió apoyar la gar­ganta sobre del borde, con los brazos tirantes. Y ahí se quedó. 

Los cuatro idiotas la vieron mirar para todos lados y buscar apoyo con el pie para poder ir más arriba. De pronto sus ojos se animaron. Lentamente avanza­ron hacia el tapial, y cuando la nena estaba a punto de saltar al otro lado la agarraron del pie. Ella bajó la vista. Vio los ocho ojos clavados en los suyos y sintió terror. «¡Suéltenme!», gritó sacudiendo la pierna. 

Pero los idiotas la arrancaron hacia abajo. «¡Mamá, papá!», lloró la nena y trató de agarrarse del borde, hasta que no pudo gritar más. 

Los idiotas la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, le apartaron el pelo como si fueran plumas, le abrieron el cuello lentamente y la dejaron morir desangrada, como a la gallina de la mañana.


Horacio Quiroga vivía en la selva misionera y retrató los aspectos más terribles de la naturaleza como ningún otro latinoamericano. Se suicidó a los 58 años tomando un vaso de cianuro. Este relato fue publicado en Cuentos de amor de locura y de muerte, en 1917.

Hernán Casciari