La higiene personal

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Seis meses haciéndome el loco

Uno de los grandes prejuicios del hombre normalito es pensar que los enfermos mentales no nos lavamos, ni nos cepillamos, ni nos enjuagamos la boca después de comer tierra. Y eso es mentira. Puro racismo y pura ignorancia. Gente sucia tenemos aquí dentro tanto como tenéis vosotros en las calles, y a veces los hay más guarros fuera de los hospitales que dentro (por ejemplo en Francia). Aquí, en las residencias mentales de España, somos todos muy limpios.

En este instituto somos veintisiete personas de todas las edades, y solamente a dos hay que engañar o maniatar para que se duchen. Los demás lo hacemos periódicamente, sin que nadie nos tenga que perseguir. E incluso los guarros tienen sus argumentos.

El Viejo Ignasi, por ejemplo, que huele bastante mal siempre, dice que en su planeta no existe el agua, que él ha vivido allí cientos de años sin necesidad de «esa cursilería húmeda», y que por esa razón prefiere no acercarse a las duchas ni a los botellines de Vichy Catalán. El Viejo Ignasi es oriundo de Tarragona, conforme su documentación, pero según sus palabras es nacido en un planeta lejano que se llama Alfa José. Dice que está aquí en la Tierra para enseñarnos a masticar mejor la comida; que todo el problema humano se reduce a eso.

Para lavar al Viejo Ignasi, cosa que ocurre los jueves por la noche, los enfermeros esperan a que esté bien dormido, lo atan con unas sogas y lo sumergen inconsciente en una bañera tibia. El Viejo se despierta con los ojos extraviados, y enseguida comienza a dar unos zarandeos que parece que lo estuvieran quemando con lejía. Después lo desnudan, lo enjabonan, lo secan y le ponen ropa limpia. Es raro, pero a los veinte minutos vuelve a oler bastante mal.

El segundo caso de falta de higiene, aquí en el psiquiátrico, le ocurre a Santiago Parrilla, mulato de madre cubana, que no se baña por propia voluntad desde que Fidel está en el gobierno, es decir, desde 1959. Nadie sabe si lo de Santiago es dejadez personal o resistencia a la dictadura, pero lo cierto es que huele como la bahía de los cochinos. Al revés que el Viejo Ignasi, Santiago sí es consciente de su asquerosidad. Suele decir siempre: «A ver si prontico Castro pasa a mejor vida, porque ya no me soporto esta cochambre en los sobacos».

El día que el presidente de Cuba tropezó en un mitin y se quebró dos costillas, Santiago se lavó la cara por propia decisión. Y cuando Castro le entregó el poder a su hermano por enfermedad, Santiago se cambió los calzoncillos por primera vez desde la muerte del Che Guevara en Bolivia.

Las semanas que me toca compartir la habitación con Santiago Parrilla, lo confieso con vergüenza, le rezo.

Hernán Casciari