La larga noche del trácatac

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Más respeto que soy tu madre

La mitad de los Bertotti ya volvieron de la cárcel y ahora la familia está resquebrajada pero junta. Parecemos un jarrón pegado a las apuradas y vuelto a poner arriba de la mesa. El Caio no se habla con su abuelo; el Zacarías no se habla con su padre; don Américo habla con todo el mundo pero en un italiano tan cerrado que parece que hablara ruso, o el idioma de Julio Iglesias. Hablar en dialecto milanés es su forma de protestar. 

Hubo tensión en casa este fin de semana largo. Ayer tuvo que venir a trabajar la Negra Cabeza: llegó con lentes oscuros y un pañuelo envolviéndole el apellido. No dijo nada en toda la noche. Ni miró a sus amantes, ni al de quince ni al de setenta. Terminó su trabajo y se fue. Caio y don Américo le miraban con nostalgia el ir y venir del culo cuando se alejaba, con resignación o con esperanza. (La Negra mueve el pandulce que parece un sonajero). Después se tantearon la mirada entre ellos, compadritos, altaneros, igual que los pretendientes de antes, con odio y respeto, y se fueron cada cual a su rincón. Pero la cosa no iba a terminar ahí.

A las cuatro de la madrugada nos despertamos todos sobresaltados. Ruidos en la cocina. ¡Trácatrac! ¡Trácatrac! Breve silencio. ¡Trácatrac! Llegué yo primero en camisón, y atrás mío la Sofi y el Nacho (a mi marido le puede pasar un desfile cívico-militar por la cabeza y no se entera). Los vimos a los dos, abuelo y nieto, a media luz, en la mesada, jugándose a la paraguaya en una encarnizada partida de ludomatic.

—¡La puta madre que los re parió! —les dije a los dos con los ojos como dos ciruelas—. ¿No pueden elegir algo más silencioso para batirse a duelo? ¿Por qué no juegan a dígalo con mímica?

—¡Chito! —dice Américo sin sacar la vista del tablero—. ¡Que cuesto é a vita o morte! —(¡trácatrac!).

—Son las cuatro, che —dice el Nacho—. Acá la gente trabaja… Caio, coméle la ficha azul, boludón.

—¡Los de afuera sonno de palo! —grita Américo, con los ojos inyectados en sangre.

Los dos juegan en un silencio espeso solamente cortado con los continuos ¡trácatracs! de los dados en la cápsula. Ni se miran. Se odian. No saben que existimos alrededor de la mesa.

—¿Quién va ganando? —pregunta la Sofi después de un rato, para romper el silencio.

Caio, haciendo fuerza para no llorar, responde:

—El traidor —(¡trácatrac!).

Nos quedamos un rato más, viendo la debacle de Claudio Maximiliano. El trácatrac no ha estado nunca de su lado, pobre hijo mío. Pero anoche peleaba como un león frente a la experiencia y la malicia del otro, el garibaldi de los amantes a destiempo.

Volvimos todos a la cama antes de que terminara el duelo, y durante una hora seguimos escuchando ese traqueteo del infierno. Después, lo más seguro es que, con toda la familia todavía insomne y expectante desde la cama, ya no escuchamos más nada. Bueno; sí. Muy bajito, pero muy bajito, haciendo fuerza con el oído, se podía escuchar el llanto de un adolescente ahogado por la almohada. Y más bajito todavía —la vida es perra, corazones— oíamos el silbido feliz del Himno Nacional de Italia.

Hernán Casciari