La suspensión de la incredulidad

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Cuesta más de una sobremesa, e infinidad de gestos y ademanes, explicarle a un ciudadano europeo de mediana edad el significado de las candidaturas testimoniales en la Argentina. 

Lo he intentado con diferentes fórmulas y en un punto todo se atasca. Al principio de la cena parece fácil lograr el objetivo, pero enseguida la conversación se complica y se sale de los carriles originales. La frontera entre la realidad y la ficción, en Europa, parece estar claramente definida, y esto dificulta muchísimo la comprensión de la política nacional. «Espera, espera, comienza otra vez, ¿pero los electores saben o no saben que los están timando?», pregunta el ciudadano europeo a la mitad del cuento. Y entonces uno cierra los ojos, respira profundo y empieza de nuevo, vocalizando mejor, usando frases neutras. Hay que arrancar de cero con una nueva introducción al tema, tal vez sea preferible hacerlo sin sarcasmos, quizá de un modo más infantil. O no. Por ahí lo mejor es recordarle al que nos escucha que somos un país muy irónico, o alertarlo sobre la enorme cantidad de teatros que hay sobre la avenida Corrientes. El obstáculo europeo para la comprensión de las candidaturas testimoniales no es moral o ético (como podría parecer) sino más bien cultural. No es que los invitados europeos a mis sobremesas se escandalicen con los enroques políticos nacionales. No señor. Es que de verdad no los comprenden. Las candidaturas testimoniales son algo exótico, borroso, más hijo de la National Geographic que de la CNN.

Así como para nosotros son exóticas ciertas costumbres tribales de los nativos de Indonesia, para ellos son nuestras costumbres políticas. Las chicas birmanas con el cogote altísimo, por ejemplo. Un argentino medio comprende que existan estas adolescentes jirafas, sabemos que desde niñas sus padres les colocan aros en el cuello, uno tras otro, etcétera. Entendemos todo. Pero no sabemos para qué lo hacen, ni qué sentido tiene. Podemos estar en contra, pero más que nada estamos en babia respecto a su utilidad. Eso que nos pasa a nosotros con las mujeres jirafa, es lo que le pasa al europeo medio con las candidaturas testimoniales. «¿Y por qué tal político dice que va, pero no va?» es lo mismo que «¿y por qué les levantan el cogote a las pobres criaturas?». A un birmano ha de costarle más de una sobremesa explicarle a un argentino el motivo verdadero de los aros en el cogote de sus hijas, estoy seguro. Es más o menos lo que me cuesta a mí, en Europa, informar a mis invitados nativos sobre por qué algunos políticos de mi nacionalidad se presentan como candidatos pero, si ganan, no tienen pensado asumir el cargo. Tal vez haya que poner a nuestro invitado sobre aviso —la frase es de Coleridge— sobre la voluntaria suspensión de la incredulidad que constituye la fe poética. 

Es decir: hay que empezar muchas décadas antes, hay que abrir juego con el «había una vez». O quizá haya que callarse la boca y empezar a sentir vergüenza… Hay algunas noches, incluso, que preferiría que mi hija tuviera el cogote altísimo, como un junco, y que mis invitados me preguntaran por ese tema, y no por la política de mi país. 

Hernán Casciari