La vida real es muy triste

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Más respeto que soy tu madre

No quiero hacer suspenso, corazones. Cuando no sabés cómo decir algo tenés que soltarlo y punto. Esta noche se murió José María, el novio del Nacho, y yo estoy que no puedo tenerme en pie. 

Sonó el teléfono a las tres y media de la mañana; Nacho estaba en la máquina conmigo, diseñándome unas cosas. Atendió Zacarías desde la cama y él mismo vino a avisar:

—Che, te acaba de llamar no sé quién, que se murió un amigo tuyo de la facultad.

El Nacho me miró primero a mí y después al padre, pero no preguntó «quién» ni nada. Solamente me dio la mano. Yo sí pregunté:

—¿Te dijeron quién?

Zacarías miró un papelito anotado:

—Un tal Scolcevich, ¿no es el chico ese medio morochito que venía a estudiar a casa el año pasado…? Se pegó un palo con la moto en la avenida Veintinueve.

Yo lo primero que hice fue abrazar a mi hijo. Fue un acto mecánico. Me importó un carajo que el Zacarías sospechara algo. El Nacho se puso a temblar y me apretó tan fuerte que yo pensé que me estaba ahorcando. Y después medio se desinfló y se puso a llorar a los gritos. No lo podíamos parar. Lloraba como una sirena de ambulancia. Y entonces el Zacarías lo empezó a mirar raro al hijo. Yo recé para que no dijera nada, pero mi marido es mandado a hacer para decir lo que no debe.

—¡Ehhh! —dijo medio riéndose—. ¡Ni que hubiera perdido Racing! ¿Qué era, tu hembra ese muchacho?

El Nacho ya estaba fuera de sí, pero la sorna del padre le debe haber descuajeringado los tornillos. Se levantó con la cara deformada de dolor y lo empujó al padre contra la pared:

—¡No, mi hembra no, papá! Mi macho es, hijo de una gran puta, ¡mi macho, la concha de tu madre!

Al Nacho todo eso le salió con la voz finita, aflautada como la de un canario; muy, pero muy de puto.

Y después de insultar al padre de arriba abajo se puso la campera y salió para la calle dando un portazo. El Zacarías se quedó quieto como una estatua. Lo único que hacía era mirarme, como preguntándome todo con los ojos.

Yo no decía nada.

—¿Cómo que el macho, Mirta? —me dice al rato, como un zombi—. ¿Será posible que yo siempre me entere último de las cosas?

Pero yo no le contestaba nada, y él cada vez se daba más manija. 

—¡Contestáme, Mirta! ¡Cómo que «el macho»! ¡¿Ese hijo de puta se lo coge a mi hijo?! ¡Yo lo mato a ese hijo de puta, lo mato!

—Viejo, vos no matás a nadie —le digo agarrándolo de los hombros—, ¿además no te das cuenta que el pobre chico ya está muerto?

—Claro…, está muerto… —me dice, como volviendo en sí—. ¿No ves que llego tarde a todos lados?

Hernán Casciari