La vuelta del hijo pródigo

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Más respeto que soy tu madre

La cena con los Peroti se desarrollaba normalmente. Aburrida. Insípida. Como siempre, el Negro y mi marido nos contaban por enésima vez sus anécdotas de la colimba, cuando eran compañeros en el Regimiento 6 de Infantería.

Yo estaba atenta a la charla entre el Nacho y la Marilú, que no paraban de cotorrear entre ellos, indiferentes al mundo. Reían y bebían como si nadie los viera. Estábamos en los postres, empezábamos a comer el flan. Nacho se ofreció a traer el café, y la Marilú, simpática y servicial, se fue con él a ayudarlo. Todo indicaba que, por una vez, una cena con los Peroti acabaría bien. 

¡Qué equivocada estaba, corazones! Pasaron diez minutos, y después media hora. Ni el Nacho ni la rubiecita volvían. Los Peroti no parecían enterarse, enfrascados con el Zacarías en las anécdotas de la conscripción. Un poco nerviosa, la mandé a la Sofi a buscar a su hermano. Pasaron otros muchos minutos. Y entonces empezó uno de los días más extraños de mi vida. Cuando la Sofi volvió estaba pálida, como descompuesta. «Mamá, ¿podés venir un minuto que te busca el Nacho?», me dijo, medio en secreto. De la mano me condujo no a la cocina, sino a la habitación del Nacho. Por el pasillo me soltó unas palabras más, que no entendí. «Qué loco, vieja, los pibes están abotonados.» No sé por qué pensé que era algo de los botones de la tele (yo soy de otra época), así que abrí la puerta del cuarto del Nacho con toda confianza. El grito me salió del alma cuando los vi:

—¡Nene! —me asusté—. ¡Qué le estás haciendo a esa chica! ¡Salí de ahí atrás ahora mismo!

—Es lo que intento desde hace media hora, mamá —dice el Nacho, temblando. 

—¡No grite, Mirta! —me dice la Marilú media llorando—. No grite, por Dios, que mi papá no se entere. ¡Ayúdenos, qué vergüenza!

—Pero cómo es posible, chicos… —digo, sin mirarlos de frente (es que no veo a mi hijo desnudo desde los diez años)—. ¿Y qué quieren que haga? Cuando yo era chica dos por tres encontrábamos así a los perros del barrio y les echábamos agua fría para desencajarlos. Pero con gente humana no sé si funciona…

La situación era dificilísima, arriesgada, extrema, y esta vez no voy a entrar en los detalles de la posición de esos cuerpos porque yo misma quisiera olvidármelos. La Sofi propuso algo desesperado:

—Mamá, agarrálo al Nacho de la cintura y yo la agarro a la rubia de la cabeza —me dice—, y tiramos las dos cuando yo diga tres.

—¿Te parece nena?

—¡Lo que sea, señora, lo que sea! —suplica la Marilú.

El Nacho del susto ni hablaba, pero asintió, bajando la vista. Nos acercamos a la pareja. Parecían las siamesas iraníes, pero transpiradas y en pelotas. Yo no podía pensar en otra cosa más que en los padres de la nena, que estaban en el comedor llenándose la boca con la hija, sus cinco idiomas, sus buenas notas…, sin saber que la chica estaba en cuatro patas a veinte metros. La Sofi le envolvió el brazo en la cabeza a la rubiecita y con la otra mano se agarró a la cama para hacer palanca. Yo lo abracé a mi hijo desde atrás, bien fuerte. La Sofi empezó a contar:

—¡A la una…! —dijo.

—Con cuidado, que me duele —suplicó el Nacho cerrando los ojos.

—¡A las dos…! —contó la Sofi.

La Marilú se aferró con las uñas a la alfombra y apretó con fuerza los dientes.

—¡Y a las…

Pero tuvo que aparecer el Caio. Yo no sé por qué ese chico siempre se materializa en los peores momentos. Es como si oliera el despelote, o algo así. Asomó la cabeza por el cuarto justo cuando la Sofi iba a decir «y a las tres» y en vez de ayudar, de preguntar, de hacer algo productivo, salió corriendo para el comedor a los gritos:

—¡¡¡Papáaaa, papáaa —gritaba—…, el Nacho está culiando con una hembra!!!

—¡Claudio, noooo! —gritó el Nacho estirando el brazo para el lado de su hermano, pero ya era tarde.

La Marilú, en cuatro patas como estaba, levantó la patita de adelante y se hizo la señal de la cruz, previendo el escarnio inminente. Es difícil encomendarse al cielo cuando estás en cuatro patas y los pezones te señalan el infierno, pero ella lo hizo igual. Escuchamos ruidos de sillas en el comedor. Cubiertos saltando de la mano a la mesa. Y enseguida pasos acercándose hasta nosotros. El Caio no paraba de gritar: «¡Vení papá, apuráte, que el Nacho se está culiando a la rubia, y la Sofi y mamá se lo quieren impedir!».

Estábamos los cuatro tan faltos de reflejos que ni atinamos a tapar a los abotonados con una sábana. Ni siquiera nos movimos. Cuando el Negro Peroti, su esposa Aurora y el Zacarías aparecieron por la puerta, lo que vieron fue a la Sofi acogotando a su nena virgen, al Nacho violándola y a mí abrazando sensualmente a mi hijo. No vieron la verdad. No pudieron ver la verdad, esta gente no tiene visión de conjunto. Tampoco los culpo.

Ahora me resulta difícil recordar si el Negro Peroti se empezó a pegar la cabeza contra la pared antes de que la Aurora se desmayara, o si fue al revés. Pero sí me acuerdo que al Zacarías se le llenaron los ojos de lágrimas, que se arrodilló y que arrodillado llegó hasta el Nacho, diciéndole al oído «muy bien, hijo mío, muy bien», y lo abrazó fraternalmente, dándole palmadas en la espalda. «Ese es mi tigre», le decía. «Siga, siga, dele duro Nachito», le indicaba. 

Yo creo que eso fue lo que provocó la explosión del Negro Peroti que, al escuchar los vítores de mi marido, se abalanzó sobre su excompañero de armas y lo tiró contra la pared:

—¡Mi nena era virgeennn! —gritaba mientras le partía la cara a mi marido. Lo raro es que el Zacarías ni se defendía de los golpes. Yo creo que hasta sonreía, no dejaba de sonreír mientras recibía los manotazos del Negro—. ¡Mi nena era virgen, soldado Zacarías! —decía mientras pegaba y lloraba.

—¡Y mi nene era puto, soldado Negro…! —susurraba el Zacarías, sangrando feliz.

Al minuto de golpear y recibir, cayeron los dos padres de familia rendidos, sus cuerpos cansados, junto a la Aurora, que seguía grogui. El Caio y la Sofi parecían estatuas expectantes, mudas, mirando al Nacho con admiración. Yo seguía abrazando a mi hijo. El Nachito, sensible hasta en los peores momentos, consolaba a la Marilú con caricias en la nuca, para que se tranquilizara. Cuando volvió el silencio todos pudimos escuchar, muy nítidos, los latidos de los ocho corazones que bombeaban en esa habitación. ¡Qué raros somos los humanos!

—¡Atención! —dijo el Nacho entonces, alzando un dedo en señal de alarma—. Creo que ya está, la cosa aflojó de golpe

—y con mucho cuidado se separó de la Marilú.

—¡Ay Dios, qué suerte! —dije, y le alcancé una sábana a la chica para que se tapara—. Seguro se te puso chiquitita del susto, nene.

Los chicos, ya desabotonados, se miraban llenos de amor mientras se vestían. El Negro Peroti, jadeando desde el suelo, señaló a su hija y le dijo, con un susurro de muerte: «Vos, al coche». Después se incorporó, levantó en sus brazos a su esposa desmayada y encaró para la puerta de calle él también. Como en las películas de guerra.

Los seguimos. Los Bertotti, cabizbajos, detrás de los Peroti, mermados y en fuga. Antes de cruzar la puerta cancel, el Negro Peroti miró al Zacarías, con los ojos enrojecidos de dolor: «Nunca pensé que alguna vez diría esto, soldado Bertotti, pero no quiero verte nunca más en mi vida». Zacarías bajó la vista en silencio, aceptando esa decisión nacida de la afrenta. Luego Peroti miró al Nacho, le puso un dedo en el pecho y le dijo con asco: «Y vos, olvidáte de mi hija. Olvidáte para siempre. No la vas a ver nunca más». Y salieron de casa cerrando la puerta tras de sí.

El Nacho, desde adentro y para sí mismo, susurró:

—Eso está por verse, Negro Peroti. María Luz me abrió un nuevo camino y nadie me va a impedir transitarlo…

Suspiré. El Nacho tenía los ojos flotando como un Capuleto; la sangre italiana, recién descubierta en sus venas, le hervía de amor. Zacarías miró otra vez al hijo pródigo, al recién llegado desde la sombra sexual, y le dijo con el corazón inflado de orgullo:

—¡Ese es mi tigre, carajo! —y lo abrazó de nuevo—. Mañana mismo buscás a esa chica y seguís con lo que empezaste. Pero más despacio, nene, ¡y por adelante, que entra más fácil! Olvidáte de los vicios del pasado.

Yo me despatarré en el sillón, desinflada. La Sofi no podía dejar de mirar a su hermano mayor, con una admiración creciente. Mientras que el Caio, lejos de la escena, se comía los restos del flan de todo el mundo.

Hernán Casciari