Las hormonas de la juventud

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Más respeto que soy tu madre

Cuando ayer los chicos me pidieron permiso para hacer un picnic nocturno en casa con algunos amigos, yo como una pelotuda me acordé de mis tiempos, el juego de la botella, la mancha venenosa, las charlas de amores desencontrados, el fútbol mixto (que era el único deporte que te excitaba un poco) y les dije que sí. ¡Qué decisión equivocada!

También ayudó que venía la Sandrita, que es una compañera de la Sofi del colegio que es muy religiosa. Así que no pensé que pudieran hacer ninguna locura. Total, pensé para mis adentros, son los últimos coletazos del verano, y la nena desde que se junta con Sandra está bastante recatada. Así que a las siete de la tarde (hace un rato nomás) llegaron la Jésica, el Pajabrava, la Sandra, el Caio y la Sofi con un montón de cocacolas y chicitos, y se fueron al patio aclarándome de entrada que no querían que los moleste.

Como el Zacarías los lunes tiene billar en el club, yo me quedé cenando sola en la cocina, aunque cada tanto relojeaba para el lado del patio, no fuera cosa. Pero al rato me entretuve con mis recuerdos de picnics en casa, cuando jugábamos a la mancha pared y a la botella, y eso me llevó al Sacariola («¿sacará la bolita?») y a los Juguetes Khanis. ¡Qué tiempos!

No me acuerdo cuándo fue la siguiente vez que, media ensimismada, miré otra vez a los chicos en el patio. No sé si fue a los diez minutos o si ya habían pasado dos horas… El asunto es que ya era de noche y estaban los cinco en bolas alrededor del un mantel. En el pasto. Desnudos como en las orgías ésas que pasaban en la serie Yo, Claudio, que eran todos unos degenerados de la edad media.

—¡La puta madre que los parió! —salí gritando como una loca al patio— ¿Qué carajo están haciendo?

—Estamos jugando al strip-poker, señora —me dice la Sandra, y yo caí que no es religiosa: es boludita.

—¡Pero cómo es posible, con lo recatada que sos vos, Sandrita! —les digo, tratando de no mirarle a nadie ninguna parte del cuerpo recubierta con pelitos— ¿Cómo es eso del strip-poker, qué corno es, como el juego de la botella?

—¡Nada que ver! —me dice la Sofi, que solamente tenía puesto el reloj— El que muestra una carta más alta que el dos se tiene que sacar algo de ropa.

—¡Pero si la mayoría de las cartas son más altas que el dos, desfachatada! —le grito.

—¿Y por qué te pensás que estamos todos en bolas? —dice el Caio.

Me los quedé mirando a los cinco sexópatas. Parecían esos cuadros de los museos, todos en pelotas en el suelo. Se conoce que la Sofi y el Caio pasaron bastante hambre en la época de De la Rúa, pensé, porque se les marca mucho el costillar.

—Sofía, Sandrita y Jésica —les ordeno—, se me visten las tres ahora mismo, antes de que llegue el Zacarías.

—¡Pero mamá! —se queja la Sofi.

—Y ustedes dos —señalando al Caio y al Pajabrava—: ¡Miren a las chicas a los ojos! Por lo menos disimulen, que parecen perros alzados…

—¿La Sofi tiene ojos? —dice el Pajabrava, y Sofía lo mira enamoradísima, como si el chico le hubiera dicho un piropo de amor.

—Vos no te hagás el vivo, nene, y tapáte un poco ahí que me da impresión —le digo— ¿Cuántos añitos tenés?

—Dieciséis —me dice el Pajabrava.

—¿Igual que el Caio? —me sorprendo— ¡Qué diferencia de ancho!

—Mamá, ¿viste las tetas que tiene la Sofi? ¿No estará embarazada tu hija? —cambia de tema el Caio, que no le gusta que le comparen el aparato con el de otros seres humanos.

—¿Todavía hacés chistes vos? —le digo— ¡Juntá las cartas antes que tu abuelo se entere que le estuvieron usando las Fournier Edición de Oro!

El Caio se ríe y mira para adentro de la casa:

—El Nonno hace dos horas que está con los largavistas desde la ventana de su pieza, apuntando al culo de la Jésica —me dice el Caio— Y además la idea del strip-poker fue de él.

—¡Bambino buchone! —siento a Don Américo escondido atrás de la persiana— ¡É la última vé que te donno una idea, lencua-larga, desagradechiddo!

—¿Tu abuelo me está mirando el culo? —dice la Jésica tapándose las vergüenzas con una servilleta— ¡Qué viejo verde!

—¡Chésica, per tapare ese upite va nechesitare una sábana! —le grita mi suegro, ofendido por lo de viejo verde.

Una vez que los cinco adolescentes se vistieron, encerré a cada género en una habitación: las hembras por un lado y los machos por el otro, porque en estos tiempos no se puede confiar en las hormonas de la juventud. Y viendo la calentura del Nonno, tampoco se puede confiar en las hormonas tercera edad.

Al final el único que pareciera no tener sangre en las venas es el Zacarías, que desde que volvimos del sur no juega conmigo ni a la escoba de quince. ¡Hasta a la baraja tengo mala suerte!

Hernán Casciari