Las medialunas no son croissanitos

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España, decí Alpiste
El sábado, por primera vez en cuatro años, encontré facturas en Barcelona: me topé de frente con una vidriera medio escondida en un callejón de Gran de Gràcia, y casi me caigo redondo, noqueado por la más argentina y gastronómica felicidad.

En fila india, y por orden de aparición, fui descubriendo los contornos irrepetibles de las tortanegras, los vigilantes, las bolas de fraile, los sacramentos, las medialunas, los cañoncitos de dulce de leche y las peligrosísimas bombas de crema pastelera. También había dos jóvenes entrepreneurs del sexo femenino, con cara de «recién abrimos», relojeando desde atrás del mostrador mi gesto conmocionado y riéndose de mí con complicidad.

Uno, como es lógico, se convierte en devoto de todo lo perdido. La verdad sea dicha: a estas alturas en Barcelona se consigue casi de todo para calmar la nostalgia barata (porque ya habemos más argentinos que perros), pero siguen existiendo baches muy dolorosos, agujeros negros de la oferta y la demanda, especies nacionales inhallables como por ejemplo la batata, los discos de Charly, los culos femeninos bien calzados, el yogur batido de litro, la buena publicidad, los cantitos de cancha con arte poética, la numeración métrica de las calles, los maxikioscos, HBO y, hasta ayer, las facturas para el mate.

Me asustó un poco el precio, lo confieso. Siete euros la docena vendrían a ser 24 pesos argentinos, es decir que en la panadería de Susana, en Mercedes, con esa plata te comprás cien medialunas y te volvés a tu casa en taxi.

Pero después, mientras me devoraba las facturas una tras otra y con desesperación —porque el exilio es como tener hambre de la cabeza—, pensé que si me hubiesen costado el doble también las compraba. (¡A la mierda los ahorros para la cuna, el cochecito y los pañales!)

Cristina, que es catalana y no conoce Argentina, también las probó. Y como pasa siempre con los productos autóctonos que tienen que ver con mi pasado, no encontró un equilibrio lógico entre su expectativa y mi espamento:

—¿Estas son las famosas medialunas? —me decía, desencantada— Pero si son igual que los croissanitos que venden en el OpenCor.

—No son croissanitos, son medialunas, tarada.

¡Qué bronca más grande me agarra cuando me tiran por el suelo mis momentos más nacionales, mis reencuentros con los símbolos patrios, mis pequeños triunfos de la memoria gustativa!

Lo mismo le pasa cuando pongo discos de Riff y entro en trance automático. No me entiende. «Esa es la típica música que se hacía en los ochenta en todo el mundo, no tiene nada de especial», blasfema, y yo siento que escupe con asco sobre la banda sonora de mi vida. Me dan ganas de que entre Pappo por la ventana y la desmaye de un guitarrazo en la cabeza.

Y para peor, cada vez que me hace estos desplantes, yo mucho no le puedo pegar porque está embarazada. Ah, pero cuando llegue la Nina, cuando ya no tenga esa excusa de la fertilidad, ese escudo que la inmuniza… ¡Vamos a ver si entonces se anima a poner el dedo en la llaga de mi patriotismo!

Hernán Casciari