Literatura infantil

10m

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Charlas con mi hemisferio derecho
A los doce años yo pensaba en la muerte con lejanía y por placer. Y pensaba en los ríos nocturnos que tenían un nombre con consonantes dobles. Había un perro en mi casa, y yo quería que él me hablara y me contara una historia de su vida anterior a mí. También quería encerrarme a oscuras con una manzana y ver cuánto tardaba en morirme de hambre. Lo cierto es que estaba a punto de escribir un cuento, pero todavía no sabía qué decir.

Levantaba los cigarrillos que la gente grande tiraba en la vereda y me los fumaba. Tocaba La Morenita va a la Acequia en un acordeón. Me gustaba oler el papel de la Colección Robin Hood. Me parecía que la saga de Sherlock Holmes era la mejor literatura del mundo, y que Sir Arthur Conan Doyle era el mejor escritor del mundo. Cuando después leí El Mundo Perdido me dije que, si además de escribir cuentos de detectives, este Conan Doyle era capaz de escribir semejante novela de dinosaurios, se podía morir tranquilo que nadie iba a ser nunca mejor que él. Yo no sabía que Conan Doyle ya estaba muerto. Ni siquiera sabía que Sir no era ni por las tapas su primer nombre. Hasta que llegó Mark Twain, por supuesto. Ahí Sir ya empezó a ser, no digo literatura menor, pero sí algo bastante pasatista (también me decepcionó un poco que Sherlock empezara a usar pistola).

Mark Twain era otra cosa. Un monstruo enorme, un viejo loco que sabía mejor que ningún adulto con qué cosas fantasea un chico de doce años. Yo quería fingirme muerto para ver cuál era la reacción de mi familia. Mil veces había soñado con eso. O con ir a una isla desierta junto a un mejor amigo y fumar en pipa, y comer lo que se cayera de los árboles. Navegar en una balsa de madera con un negro loco. Encontrar un montón de plata robada y ser el héroe del pueblo. Conversar toda la noche de cosas graciosas o de temas de miedo con unos viejos barbudos recién llegados del mar. Odiar la escuela tanto como querer aprender todo de golpe, pero de otra forma. Y hasta quemar los libros de la escuela. Siempre fui más parecido al Caio que al Nacho.

La primera vez que un libro me puso la piel de gallina fue cuando llegué a la parte del monólogo final de Huck; era un párrafo largo que, de tanto releer, ya me sabía de memoria. Lo repetía mil veces a oscuras en mi cama, con el fanatismo de una oración cristiana. Aquélla fue mi primera forma de religión:

—Mira, Tom —yo ponía una voz que ahora no me acuerdo— no quiero saber nada con todo ese dinero… Así como están las cosas, todo me parece servido en bandeja, a la vida buena la tengo al alcance de la mano, y me resulta la mar de fastidioso no tener que preocuparme por nada. Además debo usar esos estúpidos zapatos, e ir a la iglesia los domingos, y la viuda no me deja silbar, ni fumarme mi pipa en paz, y para maldecir a gusto tengo que esconderme en el establo… Hagamos una cosa, Tom; quédate tú con la pasta, y me tiras unos duros cada vez que sople el viento…, que no vale nada, Tom, lo que no nos cueste un poco conseguir.

A los doce años yo no veía la hora de encontrarme con alguien que hablara así. Yo no sabía que eso no era una jerga gloriosa de libertad, sino la resaca de las malas traducciones españolas. Pero en las conversaciones corrientes yo decía la mar, y también decía pasta, y de noche soñaba con el ruido del Mississippi, y envidiaba la suerte de los chicos que tenían a la vuelta de su casa un río con tantas consonantes (mi río Luján sólo tenía cinco letras), y con tantos esclavos nocturnos escapando de los campos de algodón.

Salgari y Verne, en cambio, me parecían espamentosos: demasiadas armas de fuego, demasiados aparatos raros para tratar de divertirme. Lo que al Tigre de la Malasia le costaba una semana de andar por el desierto a caballo matando gente con su cuchillo de filo triple, el detective de Baker Street lo resolvía mirando el barro en los zapatos del que uno menos se esperaba fuese el asesino de la millonaria. Lo que a Philleas Fogg le resultaba físicamente tan cansador y violento, tan engorroso y descriptivo, Tom y Huck lo solucionaban en un tris (misteriosa sílaba que quería decir periquete), simplemente maullando en código desde el bosque para que nadie supiera que se trataba de una conversación secreta entre ellos.

¡Ah!, me fascinaban las historias en donde las personas debían ingeniárselas con poco para lograr felicidades breves: nada de artilugios ni de globos aerostáticos para dar la vuelta al mundo en tiempo récord; ésos eran medios mecánicos para dar con fines pretensiosos. En las historias de mis libros debía haber personas normales que descubrieran la verdad casualmente, y que esa verdad los llevara a la consumación de la dicha. Porque en realidad, pensaba yo, «no vale nada, Tom, lo que no cueste un poco conseguir». Pero tampoco valía mucho conseguir nada dramáticamente, sin un poco de buen humor y de azaroso desinterés.

Me decepcionó mucho la historia aquélla en que Sherlock y Watson debieron usar armas de fuego para resolver uno de sus casos. Me parecieron, ambos, tan falsos como la segunda época de Tom y Jerry (cuando usaban moñito y eran amigos; cuando ya no los dibujaba el dibujante de siempre sino un tipo que trazaba líneas más modernas). Holmes, el viejo astuto que podía entrever la vida entera de la víctima sólo husmeando con su lupa un pedazo de uña en la oscuridad de la morgue, no tenía por qué empuñar una browning, por más perfecta que fuese la ingeniería de su mecanismo, ni por más peligroso que pareciera su adversario. Arthur Conan, que me perdone, en esa historia se había vendido al capitalismo.

¿No había sido ese mismo Doyle quien le había hecho decir a Sherlock —en una hermosa historia corta de unos años antes— que «el mejor arma que tiene un hombre es pensar cinco minutos más, allí donde los demás suponen que ya no hay nada que pensar»? Que usaran pistolas, estiletes y dagas persas los mamarrachos que inventaba Salgari. Yo sabía que había chicos que se devoraban esos libros. Pero esos chicos no iban a ser mis amigos, ni habrían sido nunca amigos de Huck. Era como si Tom Sawyer hubiera querido resolver el asunto de la cerca de la tía Polly tomando por rehenes a sus compañeros y amenazándolos de muerte si no acababan de pintar antes de que cayera el juez. Era como si Laura Ingalls, en lugar de esperar a que Almanso apareciera mágicamente en su vida, se hubiera casado con el menor de los Olsen para heredar alguna vez el minimercado.

¡Sherlock Holmes, el hombre más avispado de todo Londres, el que dejaba pagando a los gorilas del Scotland Yard, el que no temía entrar de noche a los suburbios de Witchappell, usando una pistola…, habráse visto! Yo creo que ahí dejé de leer la saga. Y empecé a engañar a Doyle con el padre Brown de Chesterton, y con el Hércules Poirot de Aghata Christie (la vieja Marple tanto no me gustaba).

Yo creo que por ese tiempo fue que una noche, en la pieza de arriba de mi casa en Mercedes, leí también El Gato Negro y Los Crímenes de la Rùe Morgue, pensando que seguía leyendo libros de misterio corrientes, sin darme mucha cuenta que esa vez sí, silenciosamente, estaba ocurriéndome literatura.

Los principios de los cuentos de Poe no tenían nada que ver con todo lo leído hasta entonces. Si hasta allí las historias empezaban directamente, incluso hasta con una raya de diálogo y un planteo lineal, Edgar acababa de descubrirme otra manera de envolverme: diciendo la verdad desde el principio, escribiendo cosas como «bueno, está bien, para empezar debo decir que estoy loco y que voy a matar a ese viejo sin ningún motivo». Y en el segundo párrafo yo empezaba a darme cuenta que la locura no consistía en la levedad de escaparse de la casa por la noche con un mejor amigo y asustarse con los sonidos secretos de los animales de las islas desiertas de Nueva Orlèans sino, por ejemplo, emparedar a tu esposa en una columna del sótano y esperar a que llegue la policía a preguntarte cosas inquietantes.

O saber, de golpe, que muchas veces hay misterios que traspasan la lógica cartesiana de Holmes (e incluso la futurología de Verne) y que sólo se pueden explicar desde los parámetros de la insanía, del deliro y de la enajenación mental. Un loco te explica con su fría coherencia por qué comienza a sentir los latidos del corazón de un muerto, y uno no puede más que aceptar que un muerto, enterrado a dos metros bajo el parquet de la pieza de su verdugo, puede muy bien empezar a hacer saltar los postigos de las ventanas con su sola presencia. Muy bien podía ser.

Era imposible pero era probable, ¿o no me pasaba algo parecido cuando le falsificaba la firma del boletín a mi mamá, de regreso a casa después de la escuela? ¿No almorzaba yo también mirando nada más que el plato, invadido por la extraña sombra de la culpa, aunque la sombra fuese invisible o sólo visible para mí? ¿No se me pasaba por la cabeza que la regente ya había llamado a casa por la mañana y que ya toda mi familia estaba enterada del fraude, y que nadie decía nada solamente para gozar un poco más con mi sufrimiento? ¿No se me atoraban las albóndigas en la garganta como si quisiera llorar por una cachetada que nadie me había dado todavía?

El miedo real, el liso y llano, el que nada tenía que ver con las cosas de este mundo, empezaba a invadirme por obra y gracia de Poe. Y después nada me haría conciliar el sueño por la noche, durante muchas noches; pero tampoco podría dejar de leer otra de sus historias, y después otra, y después otra hasta que una tarde me vería obligado a arrancar la primera hoja en blanco del cuaderno de matemáticas y yo también tendría que echar luz sobre mis miedos y mis sueños para que alguien los leyera. La semilla había sido plantada en esos años; comenzaba a caer la lluvia sobre las grietas de la tierra.

Hernán Casciari