Los animales abandonados

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Seis meses haciéndome el loco

Ayer vi una noticia que me trajo algunos recuerdos de la infancia. Era sobre padres que les regalan a sus hijos animales domésticos. Al día siguiente los padres se arrepienten (pues descubren que los cachorros cagan) y los abandonan en contenedores, o en la carretera. La noticia mostraba perros con los ojos tristes, y a unos señores defensores de los derechos animales, muy enfadados. Hasta aquí una típica noticia de Reyes. Pero la tele no decía nada sobre los niños a los que se les regala algo y después se les quita. Muchos defensores de animales y pocos defensores de niños hay en este mundo. 

Cuando yo tenía ocho años los Reyes me trajeron un cachorro. No recuerdo la raza, ni siquiera sé si tenía una raza, pero era un perro suave y tenía la mirada muy inteligente. Le puse de nombre «Buitre », por un jugador de fútbol de la época. 

Lo toqué por primera vez el seis de enero muy temprano, y jugamos toda la mañana en la alfombra de casa. Jugamos a mordernos la oreja (primero él a mí, después yo a él), jugamos a buscar una pelota amarilla y jugamos a cazar moscas con la boca. 

Después me fui a almorzar, y sentí cómo me desataba los cordones de los zapatos. Más tarde me dejaron bañarlo en el patio, y la espuma le hizo cosquillas. 

A la tarde me enviaron a dormir la siesta y le pedí por favor a mi madre que me dejara tenerlo en la cama. Me dijo que sí. El cachorro puso su cabeza en mi hombro, como almohada, y descubrí que su cuello tenía el molde exacto de mi clavícula, como si yo hubiera nacido para hacerle un cojín y que duerma cómodo. Fue la siesta más tranquila y apacible que tuve en toda mi vida.

A la noche mis padres discutieron por culpa del cachorro. Descubrieron, entiendo ahora, que el bicho cagaba donde no debía; descubrieron que era un problema. Y esa misma madrugada, mientras yo dormía, decidieron sacarlo de casa antes de que fuera tarde. 

No sé qué hicieron con el cachorro. No sé si lo mataron, si lo regalaron, si lo devolvieron a la veterinaria, si lo dejaron en un contenedor, si lo soltaron en la carretera y lo pisó un camión, si se lo dieron a alguien que pasaba por allí. No lo sé. No lo supe nunca. 

A la mañana siguiente me dijeron la verdad. Que el perro era un trasto, y que ya no estaba en casa. Que era mejor así, rápido e indoloro, porque si se quedaba un día más nos íbamos a encariñar con él. 

«Encariñar», dijeron. 

Entonces yo supe, a los ocho años, que los grandes tardan demasiado en tener cariño. No les basta un día, no les basta una siesta tibia ni unos ojitos vivarachos. Y también supe que la vida era una mierda. 

Por eso me da tanta rabia la noticia que vi ayer por la tele. Los periodistas y los defensores de los animales tan ofuscados, tan enfadados, tan dispuestos a encontrarles nuevos techos a los animales domésticos abandonados. Y nadie tiene una palabra de consuelo para los niños que se quedan sin su amigo de lana, sin su compañero con el que durmieron la siesta del seis de enero. 

Los periodistas, los psicólogos, los médicos y los defensores de animales son personas grandes. Gente que se ha olvidado de su infancia para siempre y que cada día les cuesta más enamorarse a primera vista.

Hernán Casciari