Los hippies aman al Caio

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Más respeto que soy tu madre

Nadie en esta familia creyó nunca en el Caio, y mucho menos en su don artesanal. Esa es la verdad. Lo dejábamos hacer soreting porque pensábamos que ya crecería, pero nunca sospechamos que podría llegar a nada serio. 

Por eso ayer intentamos detenerlo:

—¿Adónde vas, Claudio, con esas cajas de zapatos?

—Voy a El Bolsón, a poner un puesto en la feria hippie — nos dijo, esperanzado.

—¿Y por qué te siguen las moscas? —quiso saber el Zacarías.

—Voy a vender mis artesanías —aclaró el Caio, señalando las cajas de zapatos.

Nos agarramos la cabeza y pensamos: «Otra vez el Caio metiéndose en quilombos». El Zacarías quiso ir más allá: estuvo a punto de frenarlo con un ladrillazo, pero el Nacho le detuvo la mano:

—Papá, ya te lo dije mil veces: en este lugar no queremos violencia —le explicó por quinta vez—. Si querés que el Caio recapacite, intentá hablarle. No le tires cosas a la cabeza.

—Yo no tengo facilidad de palabra, Ignacio —se quejaba mi marido—, lo único que tengo es puntería… Eduqué a mis tres hijos a cascotazos, no me pidas que cambie mi sistema pedagógico…

El Caio se escabulló en medio de la discusión, y se fue nomás a la Feria Artesanal de la Plaza Pagano, en El Bolsón. Volvió después del mediodía, acompañado por un grupo de hippies. Los melenudos tendrían mi edad, eran hippies viejos y mugrientos, y palmeaban al Caio como si fuera un héroe.

—¡Vendí todo! —nos dijo el nene exultante, y nos mostraba un abanico de billetes de euros y dólares.

Al principio no dimos crédito a la novedad. «Andá a cagar, Claudio…», le dijo, incrédula, su hermana.

—A eso vengo —explicó el Caio—. Se me acabó la mercadería y tengo que preparar más. Voy al baño, Cartucho, esperáme acá que ahora vengo.

El Cartucho era el hippie más viejo, que nos miró a todos lleno de alegría:

—Ese pibe es una mina de oro —nos dijo, señalándolo—. Hace treinta años que estoy acá, vendiéndoles porquerías a los turistas: cinturones, colgantes, sahumerios… Pero nunca había visto a nadie vender mierda sin manufacturar. Mierda mierda.

—¡Los alemanes se vuelven locos con las cosas que hace el pibe! —dijo otro hippie, al que le faltaban todos los dientes.

Nos quedamos petrificados. Conté los billetes que había dejado el Caio arriba de la mesa, todavía incrédula:

—Acá hay mucha guita, viejo —le dije al Zacarías.

—Mínimo ciento cincuenta euros —nos graficó el Cartucho—. Si el pibe está vendiendo más que nadie… Le sacan los soretes de las manos; no había visto nada igual desde que en los ochenta trajimos el cubo mágico.

—Hay que tener cuidado con los turistas japoneses —dijo otro hippie—, porque se piensan que es comida. Ya hay dos intoxicados. Pero sacando ese problemita, es un negocio redondo. ¿Qué come el pibe, hay algún truco?

El Zacarías, de golpe, entendió qué estaban haciendo los hippies en casa:

—¡Ahhh! Ahora entiendo por qué están tan interesados y lo trajeron al nene de vuelta a casa… —dijo—. ¡Ustedes quieren la fórmula! Bah bah bah… Mándense a mudar de esta casa.

¡Melenudos, piojosos! —y los empezó a empujar hasta la calle.

Por más que los hippies decían «todo bien» o «paz y amor», mi marido los sacó cagando. Después nos fuimos a la puerta del baño a alentar a Claudito.

—¿Nene? —pregunté desde afuera—. ¿Estás bien?

—Sí, estoy trabajando, no molesten que ahora salgo —nos decía el Caio, con la voz forzada.

Es la primera vez que veíamos al Caio trabajar, y nos quedamos sentados en la puerta del baño, emocionados y expectantes. A veces los padres no creemos en los hijos hasta que estos triunfan, y eso nos llena de felicidad y remordimientos. En ese instante, sintiendo cómo mi hijo se esforzaba para conseguir sus sueños, pensé que tendría que haberle prestado más atención cuando empezó con su empresa, hace unos meses.

«¡Fuerza Caio!», hubiera querido decirle.

Pero el Zacarías, emocionado, se me adelantó:

—Che, Claudio —le dijo, contando los billetes—. Vos preocupáte solamente de cagar, hijo mío. Yo después te limpio el culo… Si vos querés.

El Caio, emocionado desde el baño, tardó un poco en contestar:

—Sería un honor, papá —le dijo, y yo supe que el nene tenía los ojos llenos de lágrimas.

Hernán Casciari