Los sonidos agradables

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Seis meses haciéndome el loco

Me siento muy honrado de escribir aquí, en El País, este periódico por el que siento tanto respeto, dado que mi padre lo enrollaba los domingos y me zurraba con él hasta hacerme desmayar. No era importante si yo había hecho algo malo. Me zurraba porque mi padre era coleccionista de sonidos agradables.

Le agradaba, por ejemplo, el ruido que hacía un pequeño cristal al quebrarse, clac, y el crepitar del tabaco dentro de una pipa de roble. También
sus propios pedos después de cenar chorizo, stromb, y las gotas de la lluvia cayendo en un cuenco, plic, plic.

Pero más que ninguna cosa le agradaba reventarme a golpes la espalda con el dominical de El País enrollado, plaz, plaz, plaz. Los domingos el
periódico traía muchas páginas y, según él, eso producía una acústica inmejorable. 

Mi padre perseguía onomatopeyas y trabajaba en Correos, y así creía yo que eran todos los padres del mundo. Hasta que tuve que ir a la mili y descubrí que los padres de los otros soldados no perseguían onomatopeyas ni tampoco trabajaban en Correos. Me sentí un poco desengañado.

El segundo fin de semana de mayo de 1993 volví a casa con mi traje de soldado. Era mi primer permiso. El viernes y el sábado todo estuvo tranquilo.
Pero el domingo llegó el periódico por debajo de la puerta. Traía una revista de motor y dos suplementos. Mi padre se sentó a la mesa y comenzó a enrollarlo todo, mientras me miraba. 

Esa vez no le permití buscar nuevos sonidos. En la mili me habían enseñado muchas cosas que todavía me son muy útiles aquí en el instituto: a estarme quieto, a cavar profundo, a cagar en la oscuridad, a comer cosas amarillas que se mueven, y también a defenderme del ataque enemigo.

Por lo tanto no dejé a mi padre buscar sonidos agradables en mi espalda. Cuando vino a por mí le hice frente. Lo miré a los ojos y le dije no papá, ya
no, papá. Pero él no me hizo caso porque tenía mono de tres semanas. Y entonces debí detenerlo. 

A mi padre le habría gustado mucho oír el ruido de su propio cuello entre mis manos. Fue algo así: cric, cric, cric, y después trac. Un sonido que él mismo hubiera catalogado «de agradable a muy agradable».

A la semana yo iba de un psiquiátrico a otro. Ni siquiera me dejaron estar en el entierro. Le dijeron a mi madre que yo no era malo, que lo que estaba era enfermo, y entonces me empezaron a buscar sitio con los locos. En total he estado en cuatro hospitales y en dos institutos, todos aquí en Cataluña. El de ahora es el que más me gusta, porque tiene bañera.

Me llamo Xavi L. y tengo treinta y dos años. Hace trece que me dan pastillas y me tienen encerrado para que no les haga daño a los demás. Hace cuatro que vivo en la unidad de agudos del Institut Psiquiátric de la ciudad de S., donde me tratan muy bien. Desde hace algunos meses el doctor V. L. me deja hacer un blog como parte de la terapia. Hasta ayer publicaba ese blog en una página gratuita y no lo leía ni Dios, pero ahora El País me ha
invitado a hacerlo desde aquí. 

Todo empieza y termina con este periódico, entonces. Me gusta mucho que así sea, porque las cosas que acaban donde comienzan tienen su lado
poético y su toquecillo de revancha.

Hernán Casciari