De repente la vejez

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Más respeto que soy tu madre

Todo empezó ayer domingo, temprano, pero no le dimos importancia. El Nonno se sentó a la mesa para desayunar con nosotros pero estaba como ido, como en otro mundo. Pensamos que podía ser el porro, pero el Caio nos juró que ni él ni el abuelo habían fumado nada. Más tarde tuvo los primeros temblores de frío, y de a poco el mundo se nos vino abajo.

Ahora son las diez y media de la noche. Me escapo un rato del Hospital Dubarry para escribirles esto. Estoy en el ciber de la Veintinueve y la Doce (los lectores de Mercedes se ubicarán) y me van a cerrar en cualquier momento. Estoy asustada; como si estuvieran a punto de extirparme un brazo. Me costó dejarlo al Zacarías en el pasillo, con los ojos como de vidrio, abrazando a la Sofi.

Justamente fue la Sofi la primera que notó algo raro al mediodía, y vino corriendo a la cocina a contarme. «Mamá«, me dice, media llorando, «el Nonno me pregunta quién soy». Me quedé un segundo con la taza enjabonada en la mano, como si de repente todo el tiempo se me hubiese caído encima. Nos miramos con la Sofi:

—¿Cómo que te pregunta quién sos? —le digo.

—Parece otra persona —susurra la nena—. Parece un viejo. Cuando el Zacarías y yo entramos a su pieza, nos dio la impresión de que a mi suegro le hubieran pasado diez años por encima. Fue imposible entenderlo: hablaba en un italiano tan cerrado, tan primitivo, que ni su hijo pudo descifrar una frase.

A mí me miró, con los ojos llorosos, y me dijo:

—Franchesca…, he tornatto…

—Soy Mirta, Américo —le dije, mirándolo a los ojos, que eran los ojos de otro—. Su nuera. Mirta…

Y entonces mi marido lo abrazó (fue la primera vez que vi al Zacarías tocar a su padre) y le acarició la cabeza mientras me decía:

—Llamá a un doctor…, apuráte.

Salí disparando al comedor a agarrar el teléfono. Alcancé a oír a mi suegro separarse del abrazo de mi marido, decirle «usté no me toque», pero no tuve fuerzas para seguir oyendo.

Después la camilla, los vecinos, todas esas cosas que siempre pasan en otra casa, nunca en la tuya. Los médicos que te pasan de largo sin decirte nada, las enfermeras que te miran de reojo, y por fin las noticias. Te palmean la espalda, te dicen que es ley de vida…

Al Caio no hay forma de hacerlo entrar en razón. Está metido con su abuelo en terapia intensiva, lo tiene agarrado de la mano y le habla. Los médicos le dijeron mil veces que el Nonno no escucha, que ya no oye a nadie, pero al Caio no le entra en la cabeza. Le habla, le habla… No sé qué le dice.

El Nacho está en camino; pobre: dos viajes en menos de quince días.

Me cuesta mucho escribirles esto, corazones, pero ya nos dijeron que nos hagamos a la idea. El cerebro de don Américo se puso viejo de golpe; no hay ninguna enfermedad, y por eso tampoco hay ningún remedio. Nos dicen que si pasa del martes lo podemos llevar a casa, pero que va a ser un abuelo mudo, un hombre en la frontera de su edad, nunca más el que era. Nos dicen que su cabeza está en otro mundo y que su corazón es débil.

—Se me murió —se quejaba el Zacarías, y el doctor le decía que no, que el viejo podía vivir, pero él se empecinaba—: si no me conoce, si no se acuerda quién soy, si no sabe quién es ni dónde carajo está…, es que se me murió. Qué me importa que respire…

Yo quiero pensar que Américo Bertotti es de goma, que es interminable, que mañana se va a despertar como si nada y se va a poner otra vez a tocar la batería y a irse con el Caio a trasnochar por ahí. Como siempre fue un tipo tan raro, tan fuera de lo normal, no me extrañaría que volviera de donde está con un chiste en la boca, con su cocoliche de feria y su barbijo. Pero ahora es de noche y lo vi tan vencido, pobrecito, que no puedo ni quiero pensar… Ustedes me perdonarán; les juro que quisiera estar contándoles otra cosa… Me encantaría estar escribiendo un post sobre cómo cae la lluvia en este pueblo.

Hace un rato me iba a ir a mi PC a escribirles estas líneas, pero a último momento preferí el cibercafé porque no sé si puedo entrar en casa… La culpa es de él, del Nonno, que nos quiso convencer a todos que era el más joven de la familia. Yo debería estar llorando por él, o por el Zacarías que es su hijo y que siente una culpa horrible por no haberle dicho nunca te quiero, pero en realidad es el Caio, sobre todo, el que me parte el corazón. Parece un fantasma arrastrando los pies por los pasillos; dice que no fuma más hachís hasta que no vuelva su abuelo. Cuando lo subieron a la ambulancia, se me agarró a la cintura: «El miércoles nos íbamos a ir de putas a Suipacha», me decía, como si yo tuviera la culpa de algo. «¿Con quién carajo hablo yo ahora?». 

Quisiera que el más sabio de esta familia siga rompiendo las bolas como siempre, enseñándonos a todos a llegar a viejos con la sonrisa puesta. Nunca pensé que iba a terminar un apunte diciendo esto, corazones, pero aquí estoy: espero que el miércoles los Bertotti sigamos siendo seis.

Hernán Casciari