Meados por los perros

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Más respeto que soy tu madre

De las tres personas que más daño le hicieron a este país, resulta que dos son del pueblo. ¿Se acuerdan de la Junta Militar del setenta y seis? De esos tres hijos de puta, Videla y Agosti nacieron acá, a tres cuadras. Siempre tuvimos eso atorado en el cogote, y cada día intentamos limpiar nuestra imagen.

Trascartón, el idiota de Raúl Porchetto también es mercedino. ¡Dos torturadores y un cantante de protesta, no hay derecho!

Después la democracia nos aligeró un poco la vergüenza. Vino el Juicio a los Militares, Agosti se murió y Porchetto se hizo católico y se retiró de los escenarios. Pero nosotros seguíamos siendo la ciudad donde nacían los monstruos. Las madres de los otros pueblos les decían a sus hijos:

—Dormíte de una vez o te subo al tren en Once y te llevo a Mercedes…

Y los chicos se dormían, cagados en las patas. Teníamos ese estigma, y no nos podíamos quitar la mala fama ni con acaroína.

En los ochenta necesitábamos —más que el agua— consagrar a un famoso que no hubiera matado a nadie, y por suerte la Virgen María nos mandó a Osvaldo Príncipi. Según el Zacarías, Príncipi es el único relator de boxeo gracioso de todo el mundo. A mí también me cae simpático ese chico, y desde que se hizo conocido nos pusimos tres a uno. Tres malos contra uno bueno. Seguíamos perdiendo, sí, pero ya no era por goleada.

En los años noventa, despacio pero con garra, empatamos y nos cubrimos de merecida gloria. Nos costó, pero nos pusimos tres a tres, gracias a Carolina Fal, una actriz muy buena que hace de mala en las novelas de la noche, y a Mariano Toledo, un diseñador de modas que al Caio y al Nonno les encanta porque saca a todas las modelos en tetas arriba de la pasarela.

Y una vez que habíamos empatado (después de tanto sufrir) nos envalentonamos y quisimos el triunfo completo. Estábamos a un paso de regalarle al mundo el cuarto mercedino pulenta de la historia. A punto de ser, por primera vez, un pueblo como Dios manda. Ya nos escorchaba un poco que Luján tuviera a Cadícamo, San Pedro a Lalo Mir, Villegas a Antonio Carrizo y Bragado a Héctor Larrea. Nosotros también queríamos ser un pueblo normal, sin dictadores ni cantantes amariconados. Con gente famosa que no le hiciera mal a nadie. ¿Era mucho pedir?

Y entonces, a finales del año pasado, apareció en el horizonte de nuestra esperanza Gustavo Luza, el capitán del equipo argentino de la Copa Davis.

—Date cuenta, gorda… ¡Tenis! Pasión de multitudes —me decía el Zacarías, emocionado, mientras colgaba el póster de Luza en el corcho de la pizzería.

Estábamos a punto de conseguir los laureles, corazones. Luego de tres décadas de escarnio, los nubarrones de la historia darían paso a un cielo limpio y mercedino. Nos íbamos a poner cuatro a tres arriba, y después íbamos a salir todos, el pueblo entero, a la Plaza San Martín, con banderas blanquigualdas y cantitos chanchos de victoria.

Pero el mundo está en nuestra contra y la noche se nos vino encima. El tiro nos salió por la culata y otra vez el pueblo se convirtió en esta cueva de tristeza y mediocridad. Parece que Luza (de un día para el otro) se puso del lado de los malos. Salió ayer y hoy en el Clarín, así de grandote, y mi marido me leía esta tarde la noticia con lágrimas en los ojos.

—¡Mirá qué mala suerte, gorda! —se quejaba el Zacarías—. Todos los jugadores de tenis de Argentina mandaron una carta a no sé dónde (sería al Vaticano) para que lo echen y le quiten la camiseta de capitán —me contaba entre sollozos. Y el pobre Luza, igual que Agosti, que Porchetto y que Videla, renunció a su cargo anoche diciendo «haber cumplido con su deber». Las palabras mágicas que dicen todos los mercedinos cuando se mandan una cagada nacional.

Ahora estamos cuatro a tres abajo, la puta madre que lo parió, y hay que empezar a remar de nuevo para poner a este pueblo en el mapa de la fama. ¿Será posible tanta mala suerte?

Hernán Casciari