Mis abuelos

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Seis meses haciéndome el loco

Si hay algo que echo de menos aquí, mucho más que a mi motoreta, es volver a ver a mis dos abuelos, los que están vivos. A los dos abuelos muertos también los echo de menos, pero no tengo muchas ganas de verlos aparecer un día entre las visitas. 

Mis abuelos muertos se llamaban Josep y Carmen. Él era policía municipal y ella enfermera. Eran los padres de mi madre, y los tuve conmigo hasta los diez años. Murieron a la vez, como las cucarachas. Primero uno, y a las tres horas la otra. Se querían mucho, pero los escapes de gas son más fuertes que el amor. 

Tengo buenos recuerdos de ambos. Pero mejor que se queden bajo tierra, porque me daría mucho miedo verlos otra vez. A veces sueño con ellos, y tienen máscaras de gas en la cara. 

A los que quiero ver, en realidad, es a los padres de mi padre: doña Esperanza y don Xavier, que ahora tienen cerca de ochenta años, están muy sanos del cuerpo y de la cabeza, y suelen ir a bailar dos veces por mes a un club náutico de Sant Feliu. 

Ellos han perdido el contacto conmigo hace catorce años, cuando yo dejé de ser (a sus ojos) un nieto y me convertí (a sus ojos) en el asesino del hijo. No me perdonaron. 

Hace mucho hubo un juicio, en donde se debía decidir si yo estaba loco o si yo era malo. Era importante saber esto, porque según la respuesta pasaría mis días en una celda de prisión o en una celda de hospital. 

Ahora yo sé que la diferencia es mínima: en un sitio te dan compota de manzana para el postre, y en el otro compota de peras. Pero entonces nadie sabía esto y la diferencia era muy importante. 

En ese juicio, mis abuelos Xavier y Esperanza testificaron contra mí. Querían que yo fuese a la cárcel y no a un instituto. Preferían que yo comiese compota de peras. Quizás tenían razón. No lo sé. Ya estoy harto de comer manzanas todos los días. 

Tal vez, si yo estuviera en la cárcel como ellos querían, ahora vendrían ambos a visitarme. Quizás no vienen porque yo no estoy donde ellos esperaban que estuviese. 

A mí me gustaría mucho verlos aparecer alguna tarde, por el pasillo, a la hora de las visitas. A mi abuelo con su bigote blanco y su bastón elegante, y a mi abuela con un pastel de uvas en un canasto de mimbre.

Es posible que ellos lean esto cada día, esta columna del periódico en la que escribo mis cosas. Si fuese así, quisiera dejar un mensaje para mis abuelos: 

Abuelos: 

Tengo treinta y tres años y no soy la misma persona que era cuando dejamos de vernos. Soy otro. Vosotros también sois otros. Nos une la sangre, pero no la sangre que se ha derramado en nuestro árbol genealógico. Esa ya está seca. Nos une la sangre caliente y roja que tenemos en las venas. Si vosotros un día quisierais venir a verme, yo volvería a ser un niño por un rato. 

Os espera, sin esperanza, 

El peque.

Hernán Casciari