Mis ídolos

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Seis meses haciéndome el loco

Cuando tenía diez años, la maestra nos hizo escribir quién era nuestro ídolo, y por qué. Ahora no recuerdo muy bien lo que escribí, ni a quién escogí como ídolo, pero sí recuerdo que casi todos mis compañeros de aula eligieron a su propio padre. Que mi padre esto, que mi padre lo otro… Entonces yo, para mis adentros, me pregunté: «¿Pero cómo es posible que la peña idolatre a un tío que lo único que hace es emborracharse y zurrarte?». 

Con el tiempo entendí que los padres de los otros niños solo se parecían al mío en el bigote, en que eran mayores y en que tenían un coche. Pero que esas tres cosas no los hacía idénticos. 

Los otros padres, por ejemplo, conversaban en la mesa. Mi padre no. Los otros padres (lo descubrí una tarde en que estaba en casa de un amigo) al llegar del trabajo besaban a su esposa, ¡y en la boca! Yo jamás vi a mi padre tocar a mi madre con la mano, ni siquiera cuando le pegaba (lo hacía con una toalla).

Mi padre nunca hablaba conmigo. Nunca en toda su vida me dio un consejo, ni me construyó una casa de madera en un árbol, ni me dijo si me tenía que gustar el fútbol, ni los goles de qué equipo había que festejar. 

Tampoco me regaló un libro, ni me quitó las revistas guarras para que no las leyese, ni me explicó los secretos de las mujeres, ni cómo había que hacer para que los perros no defecaran, ni tampoco me enseñó a silbar, ni a mear lejos. Nada. 

Era como si yo no existiera. 

De todas formas, desde los diez años yo comencé a decir en todas partes que él era mi ídolo. Lo decía en la escuela, en el barrio, a mis tías y a mis compañeros. 

—¿Quién es tu ídolo, Xavier? —me preguntaban.

—Pues quién va a ser, ¡mi padre! —decía yo hinchado de orgullo. 

De tanto decirlo, un día hasta me lo creí. Y cada vez que mi padre llegaba yo lo miraba con respeto, con admiración. «Mira, ahí viene mi ídolo, ahí se quita el cinturón, ahí saca músculos, ahí comienza a zurrarme». 

Una vez, cuando yo tenía doce años, mi padre llegó a casa y empezó a pegarme como siempre. Pero esta vez, en medio de los golpes yo levanté la vista y le dije: 

—Eres mi ídolo.

Él se quedó con el puño en alto, un poco confundido. Me miró extrañado. 

—¿Qué coño dices? 

—Que eres mi ídolo, papá —repetí, sangrando un poco por la nariz. 

—¿Tú eres gilipollas? —dijo él— ¿O te estás quedando conmigo? 

Fue una de las palizas más dolorosas que recuerdo de mi infancia. 

Desde ese día, aprendí que a mi padre había que admirarlo en silencio. Nada de decírselo en la cara, porque se conoce que nunca fue muy cariñoso con sus fans.

Hernán Casciari