Un mensaje desde el pasado

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Messi es un perro y otros cuentos
Los talleres literarios aconsejan que no hay que sentarse a escribir ni en medio de la exaltación ni en mitad de la desdicha. Recomiendan que antes de escribir en caliente pasen los días y se ordenen las ideas. Está claro que los talleres literarios no tienen una columna en la radio el lunes, ni un blog donde hay que hablar sobre la Final del Mundo.

A esta hora en mi casa de Sant Celoni es la madrugada del sábado al domingo; solamente queda el partido final. Hace un rato, después de que Holanda le metiera tres a Brasil, en mi cabeza saltó una alarma. ¿Qué pasa si Argentina pierde y tengo que escribir y grabar la columna de Vorterix y el texto del blog?

Estoy de acuerdo a medias con los talleres literarios. Yo creo que sí podría narrar en mitad de la exaltación; o por lo menos no me preocupa lo que salga de mi boca, de mis dedos, si Argentina ganara el Mundial. Cerraría los ojos y me dejaría llevar por la exageración, el chovinismo y la cursilería, más o menos en ese orden. No me daría vergüenza ser frívolo.

El problema es si, en lugar del milagro, en la final ocurre lo que dice la lógica. Yo me conozco bien, y sé que no voy a tener fuerza ni ánimo para redactar y corregir la última entrada sobre el Mundial. Hace mucho tiempo que no puedo caretear energía cuando no tengo.

Aunque me sienta orgulloso de esta Selección, aunque el segundo puesto será sin duda dignísimo, yo me conozco. Solamente voy a tener fuerza para cagar, dormir y estar triste. Ni los bomberos me van a despertar de la angustia, y menos para redactar mil palabras, grabarlas —¿con qué voz, con qué aire voy a grabarlas?—, mandarlas a la radio y, además, hacerle retoques para publicarla en el blog. ¡Ni en pedo!

En 2010, cuando Argentina fue goleada por esta misma gente en cuartos de final, estuve treinta y ocho horas sentado en el garage de casa, balancéandome de adelante para atrás, como los locos, y repitiendo la palabra Miroslav… Miroslav… Miroslav… Mi hija tenía seis años y me miraba desde la escalera, con miedo, creyendo que me había convertido en el primer zombie gordo del mundo.

Mi mujer me decía «levanta un poco el culo para que pase la fregona, que te has meado otra vez», y a mí me costaba incluso eso, levantarme del suelo para que me lavaran.

No pude escribir una frase entera hasta cuatro días después, no pude ser chistoso hasta el tres de agosto, no pude comer berlinesas con crema hasta muy entrado el 2011. Por eso acabo de tomar la decisión (y eso significa que en estos años maduré mucho) de que estas palabras serán mi crónica final sobre la Copa del Mundo, si Argentina pierde.

A esta hora del domingo, según las casas de apuestas, «cagar, dormir y estar triste» paga 2.20, mientras que «escribir mañana con exaltación y cursilería» paga 3.50. Es decir, hay más probabilidades de que yo esté deprimido en la cama el lunes, (y de que la radio emita estas palabras), que de ser feliz como un chancho.

Aprovecho entonces para decirles a mi hija y a mi mujer que cuento con ellas los próximos diez días; que aunque no me va a salir de la boca la frase «tengo sed», cada ocho o diez horas deberán darme algo líquido.

Aprovecho también para avisarles a todos los que me conocen, que no responderé correos, ni de consuelo ni de acreedores, hasta el lunes veintiuno.

Y aprovecho, sobre todo —porque todavía en mi cabeza es domingo temprano y el partido no se jugó—, para decir en voz alta que cuando se me pase la angustia, volveré a estar orgulloso, como hoy, de nuestros futbolistas.

Para siempre.

Hernán Casciari