No se puede vivir sin televisión por cable

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Más respeto que soy tu madre

Estamos en medio de la debacle, del fin de la familia Bertotti. El vecino de atrás, Schafetti, perdió el trabajo y se dio de baja de DirecTV, y ahora nos quedamos sin televisión por cable. ¡A la mierda! Nueve meses estuvimos colgados del Primer Mundo, y fueron los meses más felices de nuestra vida. Ahora nos espera otra vez, agazapada, la mesa de Polémica en el Bar.

Ayer a la noche eran todas caras largas en casa. El Zacarías y el Nonno se habían anotado en un croquis, pegado a un corcho, todas las fechas de la Eurocopa. A la Sofi le empezaba el jueves la cuarta temporada de unos dibujitos animados que se la pasan puteando y que son un plato. El Caio miraba las reposiciones de Cha Cha Cha, y yo me había enganchado con los documentales de sexo de Cosmopolitan. ¡Toda nuestra vida estaba organizada! En vez de eso, estamos los cinco con el plato de sopa en la mesa, sin saber qué cara poner. 

—Mamá —me dice la Sofi—, estás más vieja.

—Es que hace mucho que no me mirabas a la cara, nena — le digo—. En realidad estoy como siempre. ¿Y a usted, Nonno, qué le pasa que no come?

—En cuesto momento estáno cugando l’Italia —me dice, con un ojo en el reloj y el otro pispeando el televisor apagado, por las dudas que ocurra un milagro.

—¿Y no podemos colgarnos del vecino de la izquierda, pá?

—pregunta el Caio, al borde de las lágrimas.

—¿De quién? —digo yo—. ¿De la vieja Monforte? Si se la pasa mirando a la Mirtha Legrand… La loca no tiene cable, Claudio…

—¡La culpa de todo la tiene el puto de Schafetti —grita mi marido, pegando un manotazo de impotencia a la mesa—, que se viene a quedar sin laburo justo ahora!

—Pobre hombre, Zacarías —intercedo—. La culpa es de este país, no de Schafetti. Ojalá que este buen hombre consiga trabajo pronto y esta situación se normalice… Porque así, dialogando entre nosotros, mucho no podemos durar.

De repente, al Zacarías se le ilumina la cara.

—¿Y si lo llamo a Schafetti y le damos trabajo en la pizzería?

—¿Para hacer qué? —le pregunto.

—Qué sé yo, el reparto, las pizzas. Si trabaja el Caio puede trabajar cualquiera.

—¿Y qué ganamos con eso?

—Si Schafetti tiene trabajo —elucubra mi marido—, vuelve a poner DirecTV y nosotros nos colgamos otra vez de la antena.

Nos quedamos todos viéndolo. Un rato, tampoco mucho. Solamente el tiempo necesario para ver si se daba cuenta solito que estaba diciendo una boludez grande como Chivilcoy. Pero el Zacarías nada: nos miraba como debe haber mirado Einstein a la esposa el día que le contó lo de la relatividad.

—¿Qué? —dice—. Qué me miran. ¿Está bien, no? La Sofi, tímidamente, toma la palabra:

—¿Y cuánto le pagaríamos a Schafetti para que trabaje en la pizzería?

—Qué sé yo —dice el Zacarías—. Quinientos mangos.

—¿Y si contratáramos DirecTV nosotros, cuánto nos saldría? —sonríe la Sofía, encantada de encontrar al padre en un error conceptual—. ¿Sesenta pesos?

El Zacarías frunce el entrecejo y se le pone la cara bordó. Cuando le cae la ficha de sus propias boludeces y se enoja con él mismo, siempre toma ese color borravino, que le va subiendo del pescuezo al cerebro.

—¡Andá a tu pieza! —le dice el padre a la Sofi—. ¡Maleducada de mierda! ¡A mí ese tonito de superada no, eh!

—Pero viejo —le digo—. La nena solamente te está haciendo entender que estás meando afuera del tarro…

—¡Una mierda me hace entender a mí una mocosa de quince años! —dice—. ¡A la cama sin televisor!

Otra vez todos nos quedamos mirando la tele, apagada, triste.

—Van a tener que buscar otra penitencia —dice el Caio—. O acostumbrarse a perder la poca autoridad que les queda.

Y entonces sí, me empezaron a temblar las patas. Acabábamos de descubrir que no solamente nos habíamos quedado sin cable, sinó también sin castigo para las criaturas. Y eso sí que es grave. Porque si el Caio y la Sofi no tienen castigo, la vida se convierte en una anarquía, en un desbarajuste que no tiene  nombre.

—Viejo —le digo—. Andá, llamálo a Schafetti… Decíle que empieza el lunes.

El Zacarías sale de la cocina, contento, a buscar el teléfono.

—¿Y hasta el lunes qué hacemos? —pregunta la Sofi, desesperada.

Nos costó tomar la decisión, pero alguien tenía que hacerlo. Así que me levanté yo misma, tomé aire y puse a Sofovich. Cenamos en silencio, mirando el reflejo del televisor, como si otra vez estuviésemos en los años setenta.

—¿Ha visto, Mirtitta? —dice el Nonno, sorprendido—. Tevedúe alora se quiama América.

¡Qué desesperante es volver a la clase mediabaja…!

Hernán Casciari