Pequeña teoría de las especies

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España, decí Alpiste
Ya es hora de que alguien hable del gran tema tabú alrededor de la inmigración argentina en España. Y es que todo el mundo mira para otro lado ante la gran pregunta: ¿Por qué hay innúmeras parejas formadas por argentinos-macho y españolas-hembra, mientras que casi no existen relaciones estables entre argentinas-hembra con españoles-macho?

El argentino-macho, desde el principio de los tiempos, se topa con el mayor problema de su especie: la hembra de su entorno es un animal hermoso y exigente. Igual que los peces, que cuando bajaron las mareas debieron convertir sus aletas en patitas para sobrevivir, el argentino-macho tuvo que desarrollar su labia como sistema de seducción para no quedarse atrás.

¿Por qué desarrollaron la labia, y no por ejemplo los bíceps, como hacen las especies industrializadas? Porque aprender a hablar es gratis, mientras que un gimnasio cuesta 18 dólares por mes. Comprobamos así que el segundo problema del argentino-macho, después de seducir a la hembra de su entorno, es la falta de dinero para agasajarla.

La hembra-argentina no nace, pues, entre algodones: nace, vive y muere entre piropos y miradas de fuego. Por cada mujer que camina por la calle moviendo el culo, hay doce creativos publicitarios sin trabajo persiguiéndola con frases de amor llenas de originalidad y lujuria.

Un 70% de las mujeres argentinas elige a un hombre de su patria y comparte con él la vida, pero otros muchos varones, cansados de luchar contra una hembra autóctona cada vez más vanidosa e histérica, deciden emigrar a España. Y allí se encuentran con un mercado completamente virgen.

El español-macho, desde el principio de los tiempos, se topa con el mayor problema de su especie: matar a todos los toros y arrancarles una o las dos orejas. Según su óptica, el toro es un animal hermoso y exigente. Para seducir a las mujeres españolas mientras torean, se disfrazan de arlequines foforescentes.

¿Por qué el español-macho sacrifica mamíferos en una plaza pública, en lugar de ejercitar los bíceps en un gimnasio o el arte de la oratoria? Porque se saben incapacitados para otros tipo de deportes en los que hay que enfrentarse a otros seres humanos (por ejemplo el fútbol o el cortejo de seducción) y prefieren enfrentarse a animales asustados. Comprobamos así que el segundo problema del español-macho, después de la tauromaquia, es su complejo de inferioridad competitiva.

La hembra-española, por ende, tampoco nace entre algodones. Lo hace esquivando las patadas de padres, hermanos y novios quienes, al creer que el toro es la exégesis de su masculinidad, tratan a sus hembras como si fuesen vacas. Cansadas de no recibir piropos, agasajos y mimos, la hembra-española (al menos la que no muere por los golpes) se toma un taxi y se va a los aeropuertos, a esperar hombres de otras latitudes, a ver si hay suerte.

Y justamente desde los aeropuertos arriban, cansados de las exigencias femeninas de su especie, los argentinos-macho, con los puños llenos de verdades y la cavidad bucal explotando con piropos y lisonjas. El argentino-macho llega a España buscando una mujer serena que no esté acostumbrada a la caricia, y la hembra-española busca un hombre que sepa conversar de algo interesante durante más de dos minutos. ¡Feliz coincidencia!

¿Pero qué pasa con las argentinas-hembra que, cansadas de la penuria económica, también emigran a España? Ocurre, como es lógico, que se sienten descolocadas al caminar por las calles moviendo el culo. Les extraña no oír los piropos de siempre, ni las frases dulces almibaradas de lujuria. Y es que el español-macho, a esa hora, está mirando los toros o doliéndose porque su equipo de fútbol ha perdido otra vez en cuartos de final.

Las muy pocas argentinas-hembra que traban relación sentimental con un español-macho, lo hacen por interés (que es la segunda característica de esta especie, después de la belleza). El resto, a la larga, se consigue un argentino-macho emigrado, o se vuelve a la patria para escuchar otra vez, de boca de sus hombres autóctonos, lo lindo que balancea el traste. Y se sienten otra vez arropadas y en paz.

Hernán Casciari