Un blog puede convertirse en cualquier cosa

Pequeño homenaje a mis cuadernos

8m
No sé si hay un nombre para los que tenemos este vicio, pero por las dudas lo invento: yo soy cuaternófilo (si a don Víctor de la Concha le parece bien, aquí le dejo la ficha para que la incorpore). Los cuaternófilos somos tipos que entramos a una librería comercial —o papelería— a comprar sobres, por ejemplo, o a hacer dos fotocopias, y en lugar de eso nos quedamos una hora y media mirando cuadernos mientras se nos cae la baba en el mostrador.

Los abrimos, los olemos, tocamos las hojas con la yema de los dedos, preguntamos «¿no tendrá este mismo pero en tapa dura?», hacemos ir al señor papelero tres o cuatro veces al depósito, sopesamos si nos conviene más comprar uno rayado y encuadernado en espiral, o uno liso con costuras, caminamos, decimos «atienda, atienda» si entra alguien, fantaseamos sobre lo que habremos de escribir en él y salimos un rato a fumar y a decidir.

Al rato entramos de nuevo, elegimos (para no fallar) uno de cada, nos hacemos envolver también un bolígrafo caro, de tinta negra chorreante, pagamos tratando de contener la alegría y nos metemos enseguida en un bar, pedimos algo fuerte, y decidimos cuál de todos los cuadernos que hemos comprado será el cuaderno definitivo, el que usaremos este año, el que llenaremos hasta el final con idioteces, con dibujitos, con principios de cuentos, con sonetos, con palabras raras y con caras de señores narigones en los márgenes. Ésto, y no otra cosa, es ser un cuaternófilo.

En la casa de un cuaternófilo hay, pongamos, unos veinte cajones (contando los de la cocina, el estudio y la mesa de luz de la habitación). En cada cajón hay tres o cuatro cuadernos empezados, todos muy bellos, algunos hasta muy caros. Ninguno está impoluto, siempre tenemos cuadernos escritos hasta la mitad, otros casi nuevos con cinco garabatos graciosos, unos pocos llenitos hasta el borde y dos o tres que han fallado, que parecían maravillosos pero resultaron ser de taiwán. Esto es lo que menos le importa a un cuaternófilo. No hay frustración ni culpa si no se puede acabar un cuaderno. Lo bueno es regresar, cada dos o tres meses, a por más. Lo bueno es escribir en ellos en los bares, mientras se espera a la gente, o mientras no se espera a nadie.

La suma de todas las páginas escritas en estos cuadernos, si los pobrecitos sobreviviesen (cosa que nunca ocurre), conformarían la verdadera autobiografía de un escritor. Pero hay dos catástrofes naturales que provocan la pérdida irremediable de casi toda esta información: las mudanzas y los momentos de rebelión existencial.

Cuando los cuaternófilos nos mudamos, no sé por qué, no lo hacemos de un modo organizado. Y siempre, además, escapamos debiéndole mucha plata al señor del alquiler. Solemos salir de noche, metiendo cosas en cajas y decidiendo al tuntún qué será más importante conservar en el futuro inmediato y desolador. En esos momentos bisagra de la vida, a los cuaternófilos suele parecernos más importante una batidora eléctrica que un cuaderno, una tele chiquita nos parece más útil que otro cuaderno, una manta gruesa para la intemperie nos resulta mejor que otro cuaderno, y así vamos perdiendo la mitad de los cuadernos en los traslados nocturnos.

Los que se salvan de esta primera catástrofe siempre son los últimos que hemos escrito, así que una vez instalados en nueva casa y sin apuros económicos, descubrimos enseguida que hemos hecho una elección estúpida: hubiera sido mejor conservar los antiguos, los que decían más sobre nosotros, los que guardaban información que ya no está en nuestras cabezas. Y retomamos así, con culpa y compulsión, la compra de nuevos cuadernos, para que los que ahora son los últimos se conviertan pronto en los antiguos.

Cuando hemos hecho otra vez acopio, llega la segunda depredadora natural: las rebeliones existenciales. Estas calamidades ocurren en la bonanza económica del cuaternófilo, y cuando llegan, ay mi madre, lo arrasan todo.

Cuando un cuaternófilo tiene la panza llena, un trabajo estable y coge periódicamente, le importa mayormente un carajo la conservación de elementos que reconstruyan su anterior vida de mierda. Entonces un día se va al Ikea, se compra un montón de artilugios para redecorar el estudio y descubre, así de golpe, que se ha convertido en un ser minimalista y que a la habitación de trabajo le sobran muchas cosas que, asegura el cuaternófilo con blasfemia, «estoy guardando al pedo».

Y entonces tira a la mierda fotos que alguna vez le habían dicho algo, billetes de 100 australes que guardaba para mostrarle a sus hijos, diarios de su pueblo donde aparecían recortes de la época en que era campeón de tenis, colillas de porro que ya no necesita porque tiene una bolsa, billeteras viejas y emails impresos de los tiempos en que los emails se imprimían porque eran una novedad.

La pareja del cuaternófilo salta de alegría cuando al cuaternófilo le dan estos ataques de rebeldía, y es la primera vez que lo ayuda a limpiar. Es ella, generalmente, la que lo alienta a dar el paso en falso:

—A todos estos cuadernos me imagino que también los vas a tirar…

Y el cuaternófilo, envalentonado por el eficaz formateo que está realizando con su disco duro sin que de momento se le mueva un pelo, dice:

—Tirálos, tirálos, que están ahí para juntar mugre —y se siente machito y se siente indoloro y se siente inmortal.

Esto ocurre siempre a las siete de la tarde de un sábado. Y alrededor de las doce de la noche del domingo el cuaternófilo, puteando al cielo, está siempre en una esquina, en piyama, a veces borracho, revisando la basura de todo el barrio y echando de menos ya no sabe qué, porque no se acuerda el qué, pero echando de menos cosas. Está enojado y triste, el cuaternófilo, se siente de repente huérfano de sí mismo, hastiado de sus decisiones equivocadas, y sobre todo solo, solo y sin cuadernos.

Más tarde la cuaternofilia resurge y volvemos a las papelerías, como si esa autobiografía fantástica que tejemos a lo largo de toda la vida tenga siempre que empezar de cero, por culpa de las mudanzas y las rebeliones del alma y las esposas desalmadas que alientan los errores de la limpieza. Como si nunca fuera posible que una serie de textos privados y estúpidos puedan permanecer cerca de su autor, solamente porque su autor es estúpido.

A mí me ha pasado todo esto desde que tengo 17 años. He escrito cientos de cuadernos, todos con alegría momentánea, todos con momentáneas pasión y paciencia. Y después los he extraviado o los he dejado deshacerse de mí. Mis cuadernos perdidos tenían algo mío que hoy quisiera redescubrir.

Yo sé que, como cantaban los hermanos Expósito, «es mejor el verso aquel que no podemos recordar», sé que en la ausencia de las cosas se exagera mucho su intensidad y su valor. Pero me gustaría tenerlos a todos, ahí en fila india, de una punta a la otra de esta habitación, para leerlos y revolcarme de la risa, o recordar qué imbéciles eran mis amores adolescentes, y los sonetos y los dibujos, o para confirmar que el que los escribía sigue siendo el mismo que esta noche cuenta esto.

Ninguno de esos cuadernos privados me duró vivo un año entero. En ninguno escribí sin interrupción durante un año entero. Eran todos breves y sumaban en conjunto, pero no a solas con sus tapas. En ninguno de todos mis cuadernos desterrados, por ejemplo, he escrito tanto como en Orsai, que también es un cuaderno privado, aunque sin olores ni texturas, pero sí lleno de mis pequeñas estupideces mentales. Y hoy Orsai cumple un año. Y aquí está. Ni las mudanzas ni las rebeliones lo han volteado. Cada vez que me aburro, le cambio el diseño y ¡zácate!, ya es un cuaderno nuevo. Los lectores se cansan y se van, y vienen otros que se cansan y se van, y a mí todos esos vaivenes me importan un carajo mientras éste sea mi cuaderno.

Es la primera vez que conservo un cuaderno íntegro. Para mí Orsai es una especie de triunfo secreto, si lo miro desde mis fracasos cuaternófilos. Y no sé por qué —será porque ya estoy grande— pero creo que de todas las cosas que he hecho y que haga en internet en el futuro, Orsai será lo único que quedará con vida, el único crochet que seguiré tejiendo cada tanto, como una forma invisible de homenajear a todos mis viejos cuadernos, a mis queridos cuadernos con garabatos y palabras, a esos que deben estar en el fondo de una caja de cartón, pobres santos, poniéndose amarillos, ajándose de tiempo, y esperando a que yo vuelva y les dibuje una cara en el margen; una cara con una nariz enorme.

Hernán Casciari