Personalidad

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Seis meses haciéndome el loco

¿Dónde acaba la personalidad y empieza la locura? La frontera, creo yo, está en la riqueza y en el talento. Si eres rico nunca estás loco: como mucho serás un excéntrico. Y si tienes talento, te conviertes en un genio. Dalí tenía las cuatro cosas. Personalidad, locura, riqueza, talento. En este mundo, cuanto más cosas tengas, más largos te puedes dejar los bigotes. 

A través de la historia se ha considerado «locos» a personajes que no lo eran (Galileo, Jesús, Juana de Arco), y también se han tomado muy en serio a sujetos que estaban para la camisa de fuerza (Napoleón, Hitler, Franco). 

El mundo siempre ha sido un sitio de cobardes, y en un mundo así la locura está muy mal vista si no viene acompañada por la fuerza bruta. 

A la mayoría de la gente le parece mucho más loco un señor que se planta frente a un tanque militar para que este no avance, que el señor que está dentro del tanque.

Pero la verdad es que todos estamos locos. Desde que nacemos y hasta que nos vamos de este mundo. Algunos disimulan para no ser encerrados en hospitales psiquiátricos, y otros (nosotros) no tenemos la estrategia suficiente, o la picardía necesaria, o la hipocresía que se requiere. 

Es decir: no estamos dentro del tanque. 

A veces me siento con fuerzas para fingir, porque quizás el precio sea la libertad. Puedo fingir que no tengo miedo, que no quiero gritar, que no estoy loco. Puedo hacerlo. Hubo días enteros que me mordí la lengua para no decir una sola locura, y aguanté. Es como meter la cabeza debajo del agua y ver cuánto tiempo puedes estar sin respirar. 

No es imposible fingir cordura. Lo complicado es mantener ese disfraz a través del tiempo: como los políticos. Los políticos pueden hacerlo, algunos mejor que otros. Los que más duran, llegan a presidentes. 

Por eso siempre los presidentes (de cualquier país) son malas personas en realidad. Tienen que serlo. Fingir durante mucho tiempo otra personalidad te hace malvado. Y no fingir ni un minuto te hace loco. 

En el medio están los que miran desde afuera al loco que se para delante del tanque y lo enfrenta. Están los espectadores, los votantes, los televidentes, los mirones, los que responden las encuestas, los que compran champú anticaspa, los que bostezan en el entretiempo del fútbol, los que se casan enamorados, los que pagan hipotecas a cuarenta años. Los locos menores. Los que no se atreven a ser Jesús ni a ser Franco, ni se dejan los bigotes largos como Dalí.

Hernán Casciari