Un blog puede convertirse en cualquier cosa

Primer asalto

9m
El 8 de septiembre de 2003 me apuntaron con un arma por primera vez en la vida. El caño me tocaba la frente, no de lleno sino de costado, y nunca supe si la pistola tenía balas. (Tampoco quiero saberlo ahora). Me había enterado unos días antes que Cristina estaba embarazada, y en eso pensé mientras era encañonado. Pensé en un hijo sin padre, en una viuda con panza, en un tipo de treinta y dos años desangrándose a quinientos kilómetros de casa. Y también me acordé de un chiste; un chiste muy malo.

Quince minutos antes yo caminaba por la calle Carretas, en Madrid, rumbo a Mediacliping. Estaba un poco dormido y era la época en que me vestía decente. Los relojes de las farmacias marcaban las dos de la mañana. Hacía una semana entera que repetía el mismo recorrido desde el Hotel Cortezo hasta la oficina de la calle Arenal. Mi vida era muy simple: estaba despierto de noche, dormido de día, y tenía ganas de volver a Barcelona para inventar nombres de varón y nombres de mujer. Entonces, de ninguna parte, se me apareció un retrasado mental.

Por suerte no hay necesidad de describirlo: era igual a Silas Weir Mitchell, un actor yanqui que hace siempre de estúpido peligroso.

Tenía esos mismos ojos de huevo duro, los dientes inferiores hacia delante, la mirada esquiva y las manos llenas de huesos mal colocados. Es el día de hoy que se me atragantan los capítulos de Prison Break donde aparece este actor; se me ponen los pelos de punta y apago la tele enseguida, perseguido por esa voz de caverna seca:

—Disculpe, ¿tiene cigmonedallos?

Me pidió monedas o cigarros, ahora ya no recuerdo, con un castellano resbaloso y ronco que podía ser de Canarias o de Latinoamérica. Sin dejar de caminar, le hice un gesto con los hombros y la boca apretada, como quien dice «lo lamento en el alma pero justo de eso no llevo», y decidí esquivarlo por el costado de la pared y no por el de la calle, porque eso último lo habría hecho una señorita asustada.

Le practiqué una finta amistosa, lenta, que no delataba ningún temor, como hago siempre con la gente que me da miedo. Él me dejó pasar sin detenerme, pero se me puso a caminar atrás, de inmediato, como una especie de mimo nocturno sin talco en la cara. El asunto, supe al escuchar sus pasos detrás de mí, se empezaba a complicar.

Sentí la presencia de su cuerpo durante sesenta metros más o menos (casi una cuadra entera) y no hice nada. Caminé en línea recta por la vereda respirando con la boca y tratando de comprender el significado oculto de todos los ruiditos que me llegaban por la espalda. Lo tenía a un metro. Si el retrasado estiraba el brazo podía tocarme. Él, impasible, repetía el ritmo y el largo de mis zancadas. Me imagino que la situación, vista desde un helicóptero, podía resultar muy coreográfica.

No sé cómo funciona el cerebro de los valientes en casos de peligro extremo, pero el nuestro, el de los cobardes, se desconecta.

—Mirá hermano —le dice el cerebro al cuerpo— yo me apago diez minutos y que sea lo que dios quiera. En todo caso tiráte al suelo y empezá a chillar, qué sé yo…, a mí pedime que te escriba un cuento, cualquier cosa, pero esto no es lo mío. Nos vemos en la clínica, un fuerte abrazo.

Odio mucho ser cobarde. Siempre me di asco en las situaciones límite. Mi cuñado, el Negro Sánchez, nunca dura sesenta metros sintiéndose perseguido por un retrasado. Hace algo antes. Los valientes suelen tener ideas muy variopintas. Se suben a caballo de la situación, no pierden tiempo en alimentar el susto. Yo reflexionaba sobre este tema cuando noté el metal en la espalda y me quedé quieto.

—Ahora te das vuelta—escuché— y te ponés contra ese coche.

Es extraño, pero sentí una especie de liberación al saberme de lleno en un peligro real, y ya no en uno sospechado. Lo más horrible del miedo es la ambigüedad, no conocer con certeza lo que va a pasar a continuación. Pero una vez que ya está claro que te van a matar como a un chancho, el miedo se convierte en resignada espera. Y la resignación se parece mucho a la pereza, que es mi estado natural.

Me di vuelta con toda la desesperanza del mundo, puse la espalda contra un Seat colorado y lo miré sin hacer un solo gesto. Entonces fue cuando el retrasado me apuntó con la pistola en la cabeza.

—Tranquilo, tranquilo —dije, cerrando los ojos—. Yo estoy quieto, no me muevo.

El caño me tocaba la frente, desde el costado izquierdo, y el tiempo en la oscuridad se puso a patinar (no del verbo deporte olímpico, sino del verbo TDK). Entonces fue cuando me pasaron por la mente todas aquellas cosas: pensé que nunca iba a saber el sexo de mi hijo, pensé en Cris de luto y con barriga, pensé en cómo podía ser el dolor de una bala en el cráneo. Y también me acordé un chiste. Era un chiste horrible, sobre un par de argentinos que quieren entrar a un baile.

Al principio le eché la culpa a todas las drogas blandas de los últimos años. ¿Cómo era posible que mi cerebro, además de desconectarse como una gallina eléctrica, fuera tan cínico? ¿Cómo, en estos momentos de zozobra, podía rememorar un chascarrillo? Pero me equivocaba.

Mi subconsciente, al que yo creía fugado como un cobarde, seguía en pie de guerra y me estaba ofreciendo la solución al problema. No lo supe en el momento, no entendí qué relación tenía aquel chiste tonto con la proximidad de mi muerte, pero había un código secreto.

Yo no había caído del todo, pero la orden del retrasado fue «te ponés contra ese coche». Solamente los rioplatenses hablamos así. Y solamente los porteños dicen coche (en el interior decimos auto). ¿Y si le avisamos que somos argentinos?, era una frase del chiste que susurraba mi cerebro: ahí estaba la clave.

—Dame la guita —dijo el retrasado, y se corrigió—, la pasta. Dame la pasta.

Aproveché la oportunidad:

—Todo bien —dije—. Entiendo guita, soy argentino.

La cara del tipo cambió por completo. No. No la cara, el gesto. Él seguía siendo un actor yanqui con daño cerebral, pero ahora la serie de suspenso se había convertido en una comedia de media hora. Bajó un poco el arma y me observó con mucho interés, pero sin perder el estrabismo de la mirada enferma, más o menos como un chimpancé que se mira en un espejo nuevo. Después sonrió, sin dejar de apuntarme al omóplato.

—Loco —dijo, alargando muchísimo la primera «o»—… Tenés una cara de gallego que se te cae a cachos.

Me dolió muchísimo esa acotación.

—Nada que ver —lo corregí, y le presenté el perfil—: tengo cara de italiano. Mirá la nariz.

—Sos re gallego, man —repitió, cagándose de la risa.

—¿De dónde sos? —le pregunté, y mi corazón empezó a latir de nuevo.

—Vamos a un cajero y te cuento —me dijo.

En el camino comprendí mi error: el pibe no era retrasado sino rolinga, que es una tribu urbana de Buenos Aires. De ahí la extraña forma de caminar y el aspecto de mogólico. Había llegado a Madrid hacía cuatro meses, pero tenía muy difícil el asunto de los papeles: padre desconocido y ascendencia italiana por parte de abuela materna, todo mal. Vivió sus primeros veinticuatro años en San Martín, y hace poco le robó la moto a su hermano, la vendió y se compró un pasaje.

Me llevó encañonado hasta el ServiCaixa de la calle Arenal y me hizo sacar quinientos euros con la tarjeta, que es el máximo permitido. Como me faltaba media hora para entrar a trabajar, nos fuimos a un bar de Sol a tomarnos unas cervezas que quiso pagar él (es un decir). Yo estaba en el posparto del terror, un estado idílico en donde cualquier cosa, menos la muerte, es una buena noticia.

Hablamos de fútbol, de música y de cocaína. Él tenía problemas muy graves con la cocaína, porque acá es malísima y no le pegaba. Me dijo que en San Martín tenía una banda y una novia, y que a veces le parecía que haberse venido para acá había sido un error. El tema de no tener papeles, en las dos acepciones, lo volvía loco. Y como no conseguía trabajo, me dijo, algunas noches salía a robar por la calle.

Yo estaba eufórico, y no me costó mucho emborracharme escuchando sus historias del Gran Buenos Aires. Cuando vivís en otra parte el tono nacional te transporta, redescubrís palabras olvidadas y casi cualquier discurso suena ingenioso y seductor. Además el rolinga me decía «vieja», y eso, después de un tiempo largo de ‘tío’ y ‘chavalote’, es impagable.

Cuando nos apagaron las luces del bar, salimos a la calle los dos un poco estúpidos, abrazados para no tropezarnos. Yo tenía que entrar a la oficina (ya llevaba una hora de retraso) y me daba vueltas la cabeza. Él dijo que se iba a dormir.

—¿Querés que te deje diez mangos para desayunar? —me preguntó.

—No, todo bien. Un robo es un robo.

—Si hubiera sabido que eras argento no te choreaba —se disculpó por quinta vez en la noche—. Pero de verdad: portás cara de gallego.

—Me vas a hacer calentar.

—Posta, fiera: tenés los ojos juntos —y me puso otra vez la pistola en el entrecejo, pero esta vez sin maldad, con afán señalador.

Ahora el metal helado me resultaba amistoso, y me espanté el caño de la cara con la mano abierta, como si fuera una mosca de verano. Él guardó el arma y nos despedimos con un abrazo.

—¿Sabés el chiste de los dos argentinos que quieren entrar a un boliche en España? —le dije desde lejos.

Negó con la cabeza.

—Hay un guardia en la puerta. Un argentino le dice al otro: «¿Y si le avisamos que somos argentinos?». Y el otro contesta: «No, dejá, que se joda».

—¡Malísimo! —me gritó el rolinga con una sonrisa en la boca, y se metió en un taxi que le pagué yo. De onda.

Hernán Casciari