Regalos desde Europa

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Más respeto que soy tu madre

Don Américo llegó de Europa renovado, erguido, nuevo. Colgada del brazo izquierdo traía a la sobrina nieta Luchía, una chica que no habla una palabra en cristiano pero que ya sentimos como de la familia.

La chica se vino con una mochila, dispuesta a recorrer la Patagonia durante todo enero. Y en el brazo derecho mi suegro venía con una valija llena de regalos. El primer paquete fue para mí. Lo abrí rompiendo todo el papel, porque me encantan las chucherías de Europa:

—¡Ay, Américo! ¡Un collar negro! —le digo encantada—. No se hubiera molestado, ¡¡es precioso!!

—Non é un collare, Mirta, é un metesaca —me dice—. Doppo l’explico al Zacaría cóme se usa, va a vedere qué lindo.

Mi suegro le dice algo al oído al Zacarías, y mi marido mira el collar con más detenimiento. Solamente alcanzo a oír:

—¿Ve que las bolitta van in crechendo de tamaño, figlio? —le susurra—. Vó no tené que hachere niente esfuerzo. Solamente metesaca.

Y entonces el Zacarías parece que entiende algo y lo abraza al padre como si el collar hubiera sido un regalo para él. Qué raro está mi marido.

—¿Y para mí qué? —dice la Sofi revoloteando alrededor de su abuelo.

—Per la bambina un cuguetitte.

La Sofi abre el regalo encantada. Lo mira y lo llena de besos a su abuelo:

—¡Gracias Nonno, te acordaste!

—¿Qué es, nena? —pregunta el Zacarías mirando el chiche.

 —Una funda para la playstation, ¿no abuelito? —dice la Sofi mirando al Nonno.

—¡Ecco! Una funda. Pero ponéle cuesto lubricante a la playstation ante d’enfundarla, non sea cosa que se desgarre…

El Nacho, triste y alicaído, parecía no participar mucho de los regalos. Hasta que don Américo se acerca a él y lo palmea.

—A vó, bambino grande, te tengo una sorpressa espechiale. Andá a la pieza con la Luchía que lei te da el regalitte.

Luchía, silenciosa, le da la mano al Nacho y se lo lleva para el fondo. ¡Qué lindo que los primitos se quieran de entrada!

El Caio miraba todo con ojos torvos. Cuando su abuelo se fue a Europa estaban peleados a muerte, y seguramente —más que regalos— esperaba el desprecio de don Américo. Pero se ve que mi suegro es de perdonar rápido.

—É para vó, figlio, cuesta bolsitta —le dice al Caio, y le da un paquetito envuelto para regalo.

Al Caio se le ilumina la cara como si le hubieran puesto un foco de dosveinte en los ojos.

—¿Qué es, Nonno?

—É atchís.

—¿Para el resfrío? —pregunto—. ¿Estás engripado?

—¡É un bremedio per tutto, Mirta! —dice mi suegro—. Sirve per curare cualquier enfermetá. Sobretutto il mal d’amore, que é lo que le duele al Caíto.

El Caio abraza al abuelo, reconciliados después de la pelea que los separó.

—¡Gracias, Nonno! —le dice, mirando la bolsita. Mi suegro le susurra para que nadie lo oiga:

—Atenti bambino que non é porro eh… É pocholatte, lo que se fuma a l’Uropa. Fumá dispachio e guardame una tuquitta.

—¿Pero es un antibiótico o un chocolate? —le pregunto a mi suegro.

—¡Madonna santa, Mirta! ¿Con vó hay que usare sempre il conno del chilenchio per parlare en secretto…? ¿Qué tené a la oreja, alerone?

A las once de la noche del treinta y uno, cuando ya estábamos todos cenando, el Nacho y la Luchía salieron de la pieza con un hambre como para un batallón, y se sentaron a la mesa con nosotros. El Nachito estaba irreconocible, despejado, sonriente, como si se hubiera olvidado por completo de la Marilú Peroti y la vergüenza que pasó en la confitería.

La noche en Mercedes era especial, tibia, suave, prometedora. Las agujas se fueron acercando a la medianoche en medio de una charla familiar distendida y alegre. Soplaba el viento y nos traía el aroma de los tilos.

El Caio y el Nonno fumaban antibiótico y comían pionono. Se reían, se abrazaban. El Zacarías me quería llevar a la pieza para que me probara el collar. La Sofi no veía la hora de brindar para poder irse por ahí con las amigas a mostrarles la funda de la playstation…

Yo me fui a la cocina a buscar la sidra. Ya casi era la hora. Desde la ventana los vi a todos juntos, reunidos, contentos, charlando, y pensé que teníamos suerte. Que a pesar de todas las desgracias y la crisis éramos una familia con suerte. Estábamos todos juntos.

—¡Dale vieja, mové el culo que son las doce! —me grita el Zacarías.

Llego a la mesa. Suenan cuetes y petardos por todo el barrio. Se ilumina la noche del sur. Nos ponemos de pie y nos miramos. Levantamos las copas.

—¡Feliche Anno Nuovo, figlios míos! —dice don Américo. Y el 2004, flamante, entra en cada uno de nosotros.

Hernán Casciari