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Sinsabores de la eterna juventud

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Esta semana se ha recibido en España —con más alarma que vítores, todo hay que decirlo— al gerontólogo inglés Aubrey de Grey (Londres, 1963), que se ha despachado con la teoría de que, en un futuro no muy lejano, «los humanos viviremos mil años, en una especie de eterna juventud». 

En una muy sonada conferencia brindada por el científico en la Fundación La Caixa de Barcelona, este especialista en datos genéticos (muy pintoresco, por lo demás, con su barba larguísima y negra y sus maneras de gurú posmoderno o mercachifle de feria), afirmó que en algunas décadas habrá bebés, niños y jóvenes, tal y como ahora, pero una vez alcanzada la madurez ya no será necesario envejecer. «Podremos permanecer en ese estado físico tanto tiempo como vivamos, y nunca tendremos el declive que se produce a partir de los cuarenta», dijo, ante una concurrencia atónita que lo observaba sin pestañear.

Posiblemente las afirmaciones teóricas de Aubrey de Grey habrían sido mejor recibidas en una sociedad ideal, donde la longevidad extrema fuese un requerimiento urgente. Pero aquí, en esta Europa en la que la juventud no tiene trabajo o, si lo tiene, cobra menos de mil euros al mes, el problema no es el tiempo extra de la vida sino qué hacer con él. Cuando la edad promedio del ser humano europeo era de cuarenta años, resultaba imperioso hacerse hombre más o menos pronto. Mozart, que murió a los treinta y cinco, compuso Las Bodas de Fígaro a una edad en la que los jóvenes actuales todavía viven con los padres (y lo que es peor: de los padres). La crisis económica actual está agudizando todavía más este drama del primer mundo: en España, el país desarrollado donde las juventudes más tardan en independizarse, es común ver a muchachotes de pelo en pecho —y con edades muy sospechosas— dejándose hacer la camita por mamá o pidiendo permiso para tener un rato el control remoto de la tele. El precio desorbitado de la vivienda, la escasez laboral de los mileuristas efímeros y la tendencia tan en boga de «madurar despacio» ha provocado un descalabro social en el que la juventud, además de tiempo vital, está perdiendo los reflejos, la dignidad y el valor de la independencia.

Los asistentes a la conferencia del gerontólogo británico Aubrey de Grey, en lugar de esperanzados, debieron salir compungidos por las buenas nuevas de la futura longevidad humana. «Creo que tenemos muchas probabilidades de lograr el objetivo en 25 o 30 años», decía el científico con optimismo, «siempre y cuando la investigación esté bien financiada y empiece pronto». Pero sus oyentes, sospecho, no lo secundaban en la euforia. Las nuevas dudas, quizás, eran otras. ¿Qué haremos con nuestros hijos si realmente la edad del pavo se extiende como un chicle durante cien o doscientos años más? ¿Por cuánto tiempo tendremos que plancharles las camisas a estos vástagos con ínfulas de Peter Pan, o prestarles el coche para que salgan de farra, o esperarlos con la comida caliente? Las largas zancadas de la ciencia, en estos tiempos, no van necesariamente de la mano con los tropezones de la economía familiar.

 

 

Hernán Casciari