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Terapia

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Libro «Seis meses haciéndome el loco» de Hernán Casciari

Seis meses haciéndome el loco

Yo creo que la gente común le tiene miedo al «lavado de cerebro» por culpa de las sectas y de la película La Naranja Mecánica, pero en realidad no es algo tan malo. A mí me gusta que me laven el cerebro una vez por mes (ayer tocó), porque a la salida me siento mucho más liviano y con las ideas más claras. También un poco imantado, pero eso ya es otra cosa.

Como decía, una vez al mes los doctores me encierran en un lugar muy luminoso y aséptico, y me hacen cosquillas con unos cables. El objetivo es que yo no tenga pensamientos fuera de tono, como por ejemplo escaparme, hacerle cosas groseras a las enfermeras, tirarme desde el balcón, beber anticoagulante o hacer la revolución.

Si bien es cierto que yo nunca pensé en esas cosas, a veces el cerebro sucio piensa solo, sin ayuda, y por eso hay que lavarlo.

Para los que conozcan de informática la metáfora es simple: defragmentar el disco. En la cabeza hay muchas cosas, y entran todas sin mayor orden. Uno las recibe (a las ideas) y las va dejando en cualquier parte: en el hipotálamo, en el simpático, en el hemisferio de llorar, etcétera. 

Cuando todas las ideas se acumulan y pasa el tiempo, después es complicado recuperar una de ellas. Y así es como no recordamos los nombres de las personas, o los teléfonos, o el día de nuestro cumpleaños. 

Por eso es que, una vez por mes, vienen unos doctores de Madrid y nos ponen unos cables en la cabeza para que se ordenen todas las informaciones, y también para echar a la papelera algunas que no tienen sentido. 

Yo, cada vez que salgo de terapia fuerte, no recuerdo casi nada durante un día entero, y después de a poco voy recuperando cosas. Primero el habla, después la movilidad de las piernas y más tarde, si hay suerte, el entendimiento. 

Ahora todavía estoy un poco estúpido. He debido hacer muchos intentos para poner la contraseña de mi ordenador y escribir cada una de estas palabras me lleva minutos largos y trabajosos. 

Pero ha merecido la pena, porque me siento como nuevo. No tengo ganas de llorar, ni me importa Francisca, ni tengo más el sueño absurdo de recorrer Europa en mi motoreta, ni me pongo alegre cuando veo a la enfermera Sara, ni siento ninguna amistad por mis compañeros.

Estoy como nuevo, formateado, insensible, solo, mordaz, ingenioso, perdido y con los ojos secos como dos bolsas de hiel. Estoy tan lavado y me siento tan impune, que estoy pensando en dedicarme a la política.

Hernán Casciari