Tras que éramos pocos, el Jeremías

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Más respeto que soy tu madre

El Nonno dormía, ya en su habitación, su sueño sin memoria, y nosotros tratábamos de no hacer ruido para no molestarlo; íbamos silenciosos por los pasillos, entre la alegría y la angustia de tenerlo otra vez en casa. Aunque sigue muy desmejorado, estábamos todos los Bertotti juntos. O eso nos parecía… Porque hace un rato apareció un fantasma del pasado.

A las tres de la mañana, cuando ya nos habíamos acostado para quitarnos de encima las malas horas del hospital, sonó el timbre con furia, y yo supe que no podía ser nada bueno.

Me puse el batón y salí en chancletas, sin hacer escombro, porque el Zacarías dormía a pata suelta en la cama y había pasado unos días horribles. ¿Quién puede ser, pensé, un miércoles a las tres de la mañana? Algún desubicado, un amigo del Caio, un testigo de Jehová madrugador… Puse un ojo en la mirilla y vi la silueta de un hombre a punto de prender un cigarro.

—¿Quién es? —pregunté con mala espina. El corazón me latía como un galope, y no sabía por qué.

Del otro lado el desconocido prendió el fósforo y le vi, como en una foto del pasado, la cara inconfundible. Los labios finitos, los ojos vacíos. Y me dieron ganas de llorar, pero me agarré fuerte al picaporte.

—Jeremías —me parece que le dije—… ¿Qué hacés acá? Me intuye por la mirilla, clavándome los ojos.

—¿Murió papá, no? —me dice, sin saludar, con la voz seca—. Y nadie pensaba avisarme, como siempre.

La última vez que el Jeremías Bertotti había asomado la nariz por Mercedes fue cuando se enteró de la muerte de su madre, doña Franchesca. Venía a buscar su parte, y ahora lo mismo. Lo vi pocas veces en la vida, y siempre fue para cagada, siempre; cada vez que se iba, el Zacarías se pasaba un mes entero mudo, en otra parte, desinflándose.

Le abrí la puerta con rabia y con miedo; nos dimos un beso seco en el jolcito, a oscuras, y lo llevé derecho para la cocina, rezando para que su hermano no se despertara.

—¿Cómo tenés el tupé…? —le dije, mientras prendía la luz, pero me quedé sin palabras. Jeremías estaba, como siempre, hecho un bombón, pero los años lo habían mejorado todavía más. Lo habían plantado en el mundo. A mí me da cagazo este hombre, porque es idéntico a su hermano, pero sin los defectos. La versión Sean Connery del Zacarías; como si el esquenún de mi marido se hubiera pasado la vida haciendo pesas, corriendo todas las mañanas en descapotables y tomando el sol en las playas del mundo.

—¿Cuándo falleció? —me pregunta.

—Tu papá está acá, en casa —le digo—. Tuvo una embolia, pero no se murió, gracias a Dios. Esta vez te adelantaste, mal bicho…, si venías a buscar plata te vas a tener que ir por la misma puerta que entraste.

Lo que pasó después me descolocó. En vez de ponerse cocorito, como es su costumbre, el Jeremías hundió la cabeza entre sus brazos y se me largó a llorar como un chico. Yo me quedé parada, mirándolo.

—¿Querés un té? —le digo—. ¿Qué te pasa?

Levanta la vista y me mira de frente. Los ojos en compota, pero entero. Mi cuñado sufre sin taparse la cara, como los héroes de las películas. «Cuando llora es todavía más lindo», pienso, mordiéndome el labio, y me da rabia pensar así, porque lo odio, o debería odiarlo.

—Estoy cansado, Mirta —me dice, secándose la cara con una servilleta de papel—. No soy el mismo, te lo juro. Si te miento que se muera mi viejo…

—¡Serás hijo de puta! Jurá por otra cosa…

—No, en serio… —me dice—. Necesito que mi hermano me perdone, que todos ustedes me perdonen… Quiero volver, tener una familia después de tantos años. Estoy acabado, la buena vida es muy mala.

Conversamos un rato largo, hasta que empezó a clarear. Después se fue, sin hacer ruido, al Hotel Costa. Está parando ahí. Me dijo que está solo, que quiere conocer a la Sofi y al Caio, volver a tener un hermano y una vida decente. Y yo a veces le creía y a veces no. A veces lo entendía y a veces pensaba que nos estaba engañando otra vez.

Nos despedimos en la puerta; me volví a la cama temblando como una hoja. El Zacarías, cuando me notó cerca, me pregunta medio dormido:

—¿Quién era, gorda?

—Nadie —le digo, con los ojos abiertos—. Dormí.

—Tengo acidez —me dice.

«No es para menos», pienso, y cierro los ojos.

Hernán Casciari