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Un hombre alto bajo la lluvia

5m

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Libro «Más respeto que soy tu madre» de Hernán Casciari

Más respeto que soy tu madre

Estamos presos. Pero eso es lo que menos nos importa. Lo que importa es que estamos cagados de miedo, porque acabamos de pasar la noche más extraña de nuestra vida. En vez de la llamada de rigor, le pedí al sargento que me deje usar internet para mandarles a ustedes este mensaje. 

Este post es, corazones, la única llamada telefónica que podemos hacer desde la cárcel. 

Y sé que no la estoy gastando en vano. Pero voy a ver si puedo ordenar los pensamientos para contarles lo que nos pasó en estas horas.

Ayer al mediodía salimos desde Bahía Blanca con destino a Zapala. La idea era cruzar la provincia de Río Negro durante todo el día. A las cuatro de la tarde empezó a llover y paramos un rato en la YPF de General Conesa. Pusimos la lona para seguir viaje y compramos cocacolas. Hasta ahí, todo normal. Antes de seguir, sin embargo, se nos aparece un hombre alto, de traje gris, abajo de la lluvia, que se nos presenta con una pregunta:

—Buenas, me llamo Shultz, soy viajante… ¿ustedes para dónde van?

Notamos algo raro en el tipo, pero no supimos qué. Le dijimos que íbamos a Zapala, y entonces nos pide si no lo acercamos a Cutral Có, que queda de camino. Nos miramos indecisos, pero él arremete con una sonrisa:

—No tengo problema de viajar atrás; la lluvia no me moja.

Como lo vimos seriecito, lo dejamos que se sentara en la parte de atrás, con el Caio y con don Américo, y seguimos viaje. Según me contó después el Caio, el tal Shultz miraba mucho la hora y el cielo; parecía nervioso, pero ni él ni el Nonno vieron nada raro hasta que llegamos a Pajalta, un pueblito perdido en el mapa de Río Negro.

De repente se oscureció todo el cielo. Como veníamos con lluvia desde hacía rato, pensamos que era un nubarrón grande. El Zacarías puso los faros porque parecía de noche. Y entonces escuché que, desde la parte de atrás de «El bólido», alguien nos hace toc toc con los nudillos en el vidrio. Zacarías paró en la banquina para ver qué pasaba atrás.

—Disculpe, don —le dijo Shultz—, tengo que ir a orinar.

El hombre alto se bajó del rastrojero y se fue —sin que le importara el chaparrón— al costado de la ruta. Los cinco, desde «El bólido», mirábamos la espalda de Shultz mientras hacía pis. Había algo raro en todo lo que estaba pasando, pero en ese momento no supimos qué era. Algo que no podía ser, una sensación fea.

Y entonces pasó algo que no podemos explicar. Lo vimos todos, a pesar de la modorra que nos estaba dando… Primero pensamos que había empezado a despejar, porque apareció algo como un rayo de luz entre el nubarrón, igualito a cuando escampa. Pero el rayo nos pareció artificial, y solamente alumbraba a Shultz. Después fue un fogonazo.

Yo me acuerdo que me abracé al Zacarías y que tenía cada vez más sueño. Shultz miró tranquilamente para arriba y empezó a hacerle señas al rayo de luz, como si quisiera que estacionara. Sentimos un ruido de secarropas gigante, un revuelo de hojas secas y pasto; unos pájaros que salían espantados de los árboles. Oí que la Sofi me llamaba llorando, pero ya no me acuerdo más.

Cuando nos despertamos ya era de noche, el rastrojero estaba sin batería, se nos partía la cabeza de dolor y estábamos casi desnudos, a la entrada de un pueblo que no era Pajalta.

Y lo que es peor: en una provincia que no era Río Negro.

La policía nos encontró a las diez de la noche, caminando envueltos en la lona de «El bólido», y nos metieron presos a todos por escándalo en la vía pública. Estamos en Telsen, un pueblo de Chubut, a quinientos kilómetros de donde creíamos estar. Presos y muertos de miedo. Según nos dicen, hace diez días que no llueve en toda la Patagonia: por eso se piensan que estamos locos o que escondemos algo. Nos van a tener acá hasta el lunes, para averiguarnos los antecedentes. Después nos sueltan, dicen. No quiero llamar al Nacho, pobre santo: ya nos vamos a arreglar solitos. Pero no podemos dejar de pensar en todo esto. Hace un minuto la Sofi me dice, todavía muerta de miedo:

—¿Sabés qué era lo raro de ese hombre de la ruta, mamá?

Me la quedo mirando, con un gesto de interrogación en la cara:

—Cuando se nos apareció en la YPF, abajo de la lluvia…

—me dice, susurrando— ¿Te acordás? Y después cuando se bajó a mear, y nosotros lo mirábamos…

—Sí, me acuerdo… ¿Qué era lo raro?

—No se mojaba nunca. Cuando volvía de la lluvia, siempre estaba seco.

Me quedé pensando un rato y es verdad: nunca lo vimos mojarse. La nena tenía razón… Era eso lo que nos resultaba tan raro de ese hombre.

Hernán Casciari