Uno que pide

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De las sesenta veces que tocan el timbre en casa a la mañana, más o menos cuarenta son gente que pide. El resto, gente que vende. A los que venden les hago que no con el dedo desde el vidrio. Y a los que piden los miro bien para ver si son conocidos, y según la cara les abro o les hago que no con la cabeza. 

En Mercedes no se dice mendigo, ni linyera, ni croto. Se dice uno que pide. Y cuando son conocidos se agregan datos.

—¿Quién es? —pregunto yo desde la cocina, por ejemplo a la Sofi, que fue a atender.

Y ella me puede decir: «Los hermanitos que piden», o «el rengo que pide», o «la tuerta que pide». Si el visitante es nuevo, entonces dice «uno que pide».

Si el que toca el timbre viene cargado de cosas, es uno que vende. «¿Quién es?», pregunto. Y el que va a atender me grita: «El turco que vende alfombras», o «el pibe que vende escobas», o «la vieja que a veces pide y a veces vende» (con esa nunca se sabe). Pero si no lo conocemos, decimos «uno que vende».

Para estas fechas, los que piden se multiplican, porque aprovechan los sentimientos navideños. A los que conozco les doy, siempre y cuando sean educados. Les hago así con la mano, para que esperen, me meto adentro y les pongo en una bolsa un pan, una mandarina, una pizza, algo, y les doy.

Si son adolescentes, les digo que me corten los yuyos de la vereda. No porque lo necesite, sino para que sepan que trabajando se consiguen más cosas. Y cuando terminan les doy, además de la bolsa, unos pesitos. Siempre les digo: «Compráte algo para vos, que no me lo cruce a tu papá con un cartón de vino». «No, no señora, para mí, para mí», me dicen.

Pero aunque sean cada vez más, siempre cada barrio tiene su mendigo oficial. El de siempre. Nosotros tenemos a Carnecruda, que hace como quince años que pide por esta zona. Es un tipo alto, que va con un carrito de supermercado y tiene un bigote mostacho. Simpatiquísimo el croto. Estamos muy contentos con el mendigo oficial que nos tocó en suerte. Cuando viene Carnecruda a pedir, le abro y hasta charlamos un rato. Es un mendigo de esos que antes eran profesionales, y que después la vida se les fue de las manos. Pero da gusto charlar con él un ratito. A veces hasta te dan ganas de meterlo a la fuerza y bañarlo. Pero no se deja. Un día la vieja Monforte, cuando estaba sana, lo quiso meter al baño y Carnecruda le arañó la cara.

Nuestro mendigo llegó al barrio hace muchos años. La primera vez que tocó timbre en casa fue un veinticinco de diciembre. El Nacho era chico y yo estaba del Caio. Almorzábamos en el patio de la otra casa; era el asado del veinticinco, y nos tocan timbre. «¿Quién es?», le pregunto al Nachito. «Uno que pide», me dice. Entonces sale el Zacarías y le lleva un buen pedazo de asado. El tipo agradece y se va.

Como a la media hora toca el timbre de vuelta. Atiende el Nachito, que le encantaba atender la puerta. Y vuelve a la mesa con el asado del mendigo, intacto, en la misma bolsa.

—¿Qué pasa? —pregunta el Zacarías.

—Dice el señor bigotudo que gracias, pero que te devuelve la carne porque está media cruda.

Desde ahí le pusimos el nombre. Y estábamos orgullosos de tener en este barrio un mendigo exigente. Ahora es otra cosa, ya no hay linyeras como el Carnecruda. Ahora hay tanta gente pidiendo, tanto chico con hambre en serio dando vueltas por la calle, que una no sabe qué hacer en Navidad para darles a todos algo, cualquier cosa. Un poquito de lo poco que nos queda. ¿Qué se habrá hecho —me pregunto a veces— de aquel país en donde los mendigos devolvían la carne porque estaba cruda? A mí siempre en Navidad se me hace un nudo en la garganta cuando me pregunto eso.

Hernán Casciari