Vacaciones y luna de miel

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Más respeto que soy tu madre

Ayer en la sobremesa el Nacho y la Luchía nos dijeron que no pensaban casarse, que no les hacía falta, y yo me sorprendí de mí misma cuando les dije «me parece bien». Siempre sospeché que estaba en contra de que la gente se junte, sin papeles, pero a esta altura de la vida me importa un pepino, mientras el nene sea feliz.

—La única desventaja de no casarse —dijo la Luchía— es que nos perdemos la luna de miel.

Y creo que así salió el tema. La Sofi me preguntó entonces adónde nos habíamos ido nosotros, el Zacarías y yo, de luna de miel. El Caio también quiso saberlo. Y el Nacho nos miraba con curiosidad.

—A ninguna parte —dije yo, avergonzada—. En esa época juntábamos pesito por pesito para comprar la casa vieja.

Me da no sé qué hablar del tema, porque el Zacarías siempre se sintió culpable de no haberme podido llevar de luna de miel. El Caio, sin querer, puso el dedo en la llaga:

—Qué raro vos, viejo —ironizó—, con lo que te gusta darle los gustos a mamá.

El Zacarías tiene esa fama en casa, pobre. Fama de marido poco atento. Generalmente no se acuerda de los aniversarios, ni de mi cumpleaños, ni de casi nada que tenga que ver conmigo. Yo sé que en el fondo es tímido, y que se siente medio maricón cuando tiene que demostrar sus sentimientos. Pero se ganó la fama, y lo sabe.

—La luna de miel en esa época era cosa de ricos —se defendió Zacarías—, y además la Mirta estuvo de acuerdo.

El tema cambió enseguida, empezamos a hablar de otras cosas y un poco más tarde nos fuimos a hacer la siesta. Pero yo creo que todo empezó ahí, en esa conversación. Hace un rato, antes de acostarnos, el Zaca me dice:

—Si querés vamos.

—¿Adónde? —le digo, sorprendida de verlo ruborizado.

—A la luna de miel esa —me dice, sin mirarme a los ojos—. Te la debo.

Casi me desmayo; casi lloro.

Es la primera vez en muchos años que este hombre me propone algo que tiene que ver con una actividad conjunta. Pero en vez de desmayarme o llorar, sonreí:

—¿Estás borracho vos? —le digo—. ¿O estás hablando en serio? Mirá que agarro viaje y no te podés volver atrás…

—Te digo en serio… Si querés, les pedimos la combi a los chicos y nos vamos. Adonde vos quieras. ¿Cuánto hace que no estamos solos: veinte años? —y después de tomar aire, va y me insiste—: ¿Qué decís, gorda?

—¡Que vamos digo, claro que vamos! —y lo abrazo fuerte—. Te hace bien el aire del Sur a vos.

—Una sola condición —me dice, muy serio, levantando el dedito—. Vos y yo, nada más.

—¡Claro! No vamos a llevar a tu papá, me imagino.

—Vos y yo quiere decir otra cosa —me dice—. Quiero decir solos, sin que tengas que salir disparando una vez por día a escribirle a todo el mundo si te tiraste un pedo. ¿Me entendés?

Ahora la que se queda seria soy yo.

—¿Sin mi cuadernito?

—Si nos vamos de luna de miel, quiero irme con vos, no con un personaje gracioso. Vos no te das cuenta, gorda, pero hace cinco meses que cada vez que abro la boca tengo miedo de salir en tu cuadernito y que un montón de gente que no conozco se ría de mí.

Serio me hablaba. Muy serio. Y yo asentía.

—Si vos querés —me dice, agarrándome de la mano—, nos olvidamos un tiempo de los chicos, de la pizzería y de todo. Y estamos vos y yo, en alguna parte, desconectados. ¿Vos sos capaz de desconectarte unos días por mí?

Emocionada como una adolescente, le di la respuesta al Zacarías sin dudarlo ni un segundo.

Hernán Casciari