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La venganza del metegol

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El mes pasado me invitaron a presentar un libro en Buenos Aires. Y como era un libro sobre fútbol, al final de la charla el director de la editorial nos invitó a jugar un partido de metegol (ese invento español al que sus creadores llaman, erróneamente, futbolín). Hacía años que no jugaba al metegol, pero por suerte me tocó de compañero un filósofo muy prestigioso y pudimos ganar. Nuestros contrincantes eran el autor del libro y el director de la editorial. De los tres, a este último lo conocía desde la juventud.

Jugamos dos partidos enteros y los destrozamos con una facilidad pasmosa: hacía años que no practicaba este falso deporte de muñecas y reflejos, pero descubrí que no había perdido las mañas. Eso me hizo sentir bien: a mi edad cualquier destreza que mantengamos indemne, por más pelotuda que sea, se convierte en una gran noticia.

Después de la charla algunos fotógrafos hicieron imágenes del partido de metegol y las subieron a Twitter.

Estadio: Librería Gandhi, Buenos Aires. Locales: A la izquierda, Alejandro Duchini y Gonzalo Garcés. Vistantes: A la derecha, Tomás Abraham y Hernán Casciari. Resultado: 1º match: 1-4; 2º match 0-4. Paliza.

Cuando volví a casa recibí un mail de Chiri, mi mejor amigo desde la infancia. Me decía que había visto las fotos y se sorprendía de que mi compañero haya sido el mismo filósofo al que admirábamos en la juventud. «Vos, jugando al metegol con Tomás Abraham; solamente puede pasar en un sueño», me decía. Y era verdad. En un momento, durante el partido, me imaginé con diecisiete años mirando por la ventana de la librería Gandhi esa escena del futuro, y sonreí.

Ese recuerdo momentáneo me desconcentró del juego y justo en ese momento me hicieron un gol (el único que recibí esa noche; yo defendía la zaga). Fue un gol con molinete de Gonzalo Garcés, el director de la editorial Galerna, y él, con injusticia, me lo festejó en la cara de un modo muy antideportivo, como si se tratara de la final del mundo.

Entonces me vino a la cabeza algo que ya conté muchas veces en sobremesas con amigos, y que ocurrió la noche en que lo conocí a Gonzalo, cuando los dos éramos adolescentes.

En ese entonces (sería el año noventa y uno) me gustaba mucho pasar los veranos en Mercedes, mi pueblo, porque mis padres se iban de vacaciones y me dejaban la casa sola. Mi amigo Chiri llegaba los viernes muy de madrugada, y pasaba por casa para ver si yo estaba despierto. Si veía luz en la habitación me tocaba timbre y nos emborrachábamos por ahí. Si no veía luz, entraba por la ventana de mi cuarto a oscuras y me despertaba de maneras horribles: a veces me tiraba agua en la cara, o me pegaba una patada en la panza. O me metía un gato entre las cobijas. O se subía arriba de las mantas y empezaba a bombearme desde atrás como un amante desenfrenado. El objetivo era despertarme siempre de una manera creativa.

Pero cierto fin de semana pasó que, por la tarde, conocí a Gonzalo Garcés (que entonces era una promesa de escritor de diecisiete años) y lo invité a pasar un fin de semana a Mercedes. Gonzalo ya era entonces el cachorro de lo que es hoy: una persona fina, siempre muy bien bañado, de clase acomodada y sereno. De hecho, se había convertido un año antes, a los dieciséis, en el crítico literario más joven en la historia del diario porteño La Nación. Un prodigio, Garcés. Siempre lo fue.

Nos conocimos por casualidad porque aquel año integramos una antología de «jóvenes promesas literarias» de entonces, y se había publicado un libro con veinte autores adolescentes. Yo leí su cuento y fue el único que me gustó, entonces lo llamé por teléfono y lo invité a casa para charlar. Estuvo en Mercedes ese fin de semana. Lo llevé al carnaval del pueblo, que es uno de los carnavales menos luminosos y más tristes de la provincia de Buenos Aires.

La pasamos muy bien todo ese día, hasta el accidente nocturno. Gonzalo Garcés se quedó a dormir en casa y le ofrecí mi habitación. Yo me fui a dormir la borrachera a la cama de mis padres, sin recordar la rutina de Chiri por las madrugadas. Esa noche Gonzalo, un chico buen mozo y frágil, se acostó y apagó la luz en una ciudad desconocida de la llanura pampeana, y se quedó dormido, sin saber que en medio de la noche un borracho joven entraría a oscuras por la ventana y se subiría encima suyo para sodomizarlo.

Yo no escuché el grito, porque la habitación de mis padres quedaba lejos. No me enteré de nada. Pero a la mañana siguiente encontré a Gonzalo en la cocina. Desayunaba con los pelos alborotados. Me dijo:

—?Ayer entró un tipo por la ventana y me quiso fornicar. Yo estaba adentro de las sábanas y cuando saqué la cabeza, asustado, el tipo me mira y me dice «Vos no sos el gordo», y me deja de fornicar. Se levanta de la cama, me pide disculpas y se escapa por la ventana. Iba en un ciclomotor de la marca Zanella. No apareció nunca más.

Yo miré la taza de café que tenía Gonzalo en la mano: le temblaba. Antes de que se pusiera a llorar lo tranquilicé:

— Estamos en carnaval?—?le dije?—?. En estas épocas vale todo, Gonzalo.

El susto de Garcés fue enorme, y yo creí siempre que se había olvidado de aquello. En esa época me preocupé más por el susto de mi amigo Chiri, que duró muchos años y fue traumático. Creer que estás violando en chiste a un amigo gordo, de toda la vida, y ver de repente que estás violando en chiste a una promesa literaria menor de edad, es horrible. Esa imagen no se va muy fácil del subconsciente. Pobre Chiri.

Con el paso de los años fue peor, porque Gonzalo Garcés empezó a crecer en el mundo hispanoamericano de las letras, se convirtió en un gran escritor, en un crítico implacable, en el director de una editorial prestigiosa, y el trauma de Chiri creció siempre a la par de la consagración de Garcés.

Hace unos años, cuando Gonzalo ganó el Premio Seix Barral, Chiri sintió mucha vergüenza por haber violado en la oscuridad a alguien que había conseguido el mismo galardón que Vargas Llosa.

Pero ahora creo que el gol que me gritó Gonzalo Garcés a la cara durante el metegol, con una mirada maradoniana y vengativa que jamás le había visto antes, casi mirando a cámara, fue una manera de decirme que todavía se acuerda, que algo sigue roto en su alma, que no le gustaron mucho los carnavales de mi pueblo.

Hernán Casciari