Viaje al interior de la Pampa Chica

8m

Se publicó en

Más respeto que soy tu madre

Cuatro días, once horas y seis minutos le duró al Zacarías la pérdida de su propia identidad. Lo que más me preocupaba a mí ya no era la amnesia propiamente, sino la deshidratación. Andaba vestido de Papá Noel con cuarenta grados a la sombra el pelotudo, y no había manera de convencerlo de que se pusiera algo rojo (si le daba la gana) pero livianito. 

El cabezadura iba con la barba de algodón que le transpiraba todo el cogote, y con el mameluco de invierno con gomaespuma, que para peor era alquilado. Entre el jueves y ayer vino como tres veces el chico de la casa de disfraces para que le devolvamos la ropa. Trascartón cada vez que venía atendía la puerta siempre mi marido:

—¿Qué desea el muchacho? —Vengo a buscar el disfraz, don. —¿Otra vez? ¿Qué disfraz? —El que lleva puesto, señor.

—¡Ho ho ho! Ya le dije que no tengo ningún disfraz —y le cerraba la puerta en la cara.

—¿Quién era, viejo? —le preguntaba yo.

—El muchacho ese que busca un disfraz —me decía mi marido—. ¡Ho ho ho! La gente está cada vez más loca, señora.

Pero ayer se le pasó todo de golpe. Y la historia de cómo volvió en sí merece ser contada. Resulta que se empecinó en ir hasta la Pampa Chica a buscar un repuesto para la moto. Nosotros le advertimos:

—Don Santa, no se le ocurra ir a la villa vestido así…

—Ho ho ho… Papá Noel anda por el mundo sin importar el cómo y el cuándo —dijo, y no lo pudimos parar.

Se fue con la motoneta destartalada a buscar una bujía de segunda mano, porque la de la moto estaba empastada por el choque. Cruzó todo Mercedes a pata, con la motito a cuestas, agarrada del manubrio. Por el centro solamente recibió miradas cariñosas y risas cómplices; algunos chicos hasta lo saludaban y le daban besos. Eso era lo de esperar. Pero cuando salís del casco urbano y las casitas de chapa ganan el paisaje, ay mamita…, ya se sabe que el mundo es otro.

La Pampa Chica empieza donde se acaba el asfalto, que es como decir donde se acaba el mundo. Las mujeres salen a la calle en patas y le echan baldazos de agua a la calle para que no levante polvareda. Es la zona donde hay más chicos con mocos por metro cuadrado. Por esos mundos todavía pasa el afilador, y al agua hay que ir a sacarla de un pozo. La policía no puede entrar más que martes y jueves, a buscar su parte. Resumien- do: no es buen lugar para entrar disfrazado.

Para peor cuando el Zacarías ya estaba en el corazón de la villa, la calor lo mareó un poco y medio que se perdió. Entró a caminar por los recovecos hasta que encontró a un pibito de unos doce años, que estaba jugando con una pistola.

—¡Ho ho! —se presentó el Zacarías—. ¿No sabes, pequeño de corta edad, para dónde queda la casilla de Antúnez, el que vende repuestos robados?

El chico abrió los ojos como dos huevos de avestruz. Nunca había visto algo tan colorado, porque mayormente en la villa todo es en blanco y negro. Se quedó como petrificado. Enseguida reaccionó:

—Quédese un cachito ahí, don —dijo el chico—. Un minutito, eh, quédese ahí un minutito que ya vengo —y salió disparando. A los dos minutos volvió con dos docenas de chicos más, de entre siete y diecinueve años. Había uno que iba adelante y parecía ser el líder. Iba en cuero y tenía el pelo como Maradona cuando jugaba bien.

—Mirá vos quién se dignó a venir —dice el pibe caminando alrededor del Zacarías—… ¡Cuánto tiempo sin aparecer por acá, gordito…!

Se escuchó la voz de un chico entre el grupo:

—¡Matálo, Caraegoma! —todos dijeron «sí, sí, sí». El líder pidió silencio con la mano.

Y hubo silencio. Instantáneo.

—¿Sabés cuántos años, la noche de los veinticuatro, miramos p’arriba a ver si venís, gordito? —le dice Caraegoma al Zacarías, apretándole un cachete—. Pero vos solamente vas a las casas del centro, con los pibitos ricos, ¿no?

—Usted se confunde, Caraegoma —dice Zacarías, que de a poco empezaba a tartamudear.

—Vos sos el que le deja juguete a los que ya tienen juguete, ¿no, perejil? —dice Caraegoma, tratando de masticar su rabia de años y años de espera.

 —No, amigo —dice el Zacarías, temblando—… Yo siem- pre intento ser justo.

—¡Matálo, Caraegoma, que no te enrosque con discurso político! —pidió otra vez la turba infantil.

Tres de los chicos mejor alimentados se acercaron con sogas y, a una señal del Caraegoma, ataron al Zacarías a una planta de quinotos.

—¿Y ahora te pensás que regalando una motito vas a solucionar años y años de ausencia? —dice el Caraegoma, con los ojos llenos de lágrimas, mirando la zanelita—. Somos muchos pibes, vas a tener que traernos, mínimo, diez o doce motitos más. O la plata. ¿Tenés plata?

—No, m’hijito, estos disfraces no tienen ni bolsillo.

—Vamos a ver si es cierto —dice el Caraegoma sacando una navajita que relumbraba al sol como una mojarra recién pescada en el río.

De sopetón, la caterva de niños, indignada, le empieza a tirar piedras a mi marido:

—¡Papanuel, chancho burgués! —gritaban unos—. ¡Santa, compadre, la concha de tu madre! —canturreaban otros.

Uno se acercó y le puso una pistolita en la cabeza:

—¡Hablá! —le dijo—. ¿Dónde viven los Reyes Magos?

—¡Qué sé yo, nene! —dice Zacarías medio llorando—. Yo no tengo datos de la competencia.

—Si los ves a esos tres hijos de puta deciles que ni se aparezcan por acá —dice otro—, y si vienen que nos devuelvan todas las zapatillas que nos roban los seis de enero. ¡Estamos hartos de andar en patas todo el año por culpa de la ilusión!

A los tres minutos el Zacarías estaba en camiseta y calzoncillos en el alma de la Pampa Chica. Alrededor, parecía que hubiera nevado: era todo algodón desparramado por el suelo. Cuando acabaron de desnudarlo y la polvareda cedió, los chicos se fueron para atrás, asustados de ver al Zacarías sin la barba de fantasía ni el traje rojo.

—¡Araca, Caraegoma! —gritó alguien, y Caraegoma se puso alerta como un perro—. ¡Este no es Papanuel, es policía! ¡Mirále el bigote!

—¡La yuta! ¡La yuta! —gritó uno aterrorizado—. ¡Pintó la cana! —gritó otro enseguida y se fue por todo el barrio haciendo sonar un silbato.

Debía ser una clave de aviso. En un segundo salieron unas doscientas personas de las casitas de chapa con bolsitas blancas, balancines, pastillas, cigarros armados, bolsitas verdes, pasacasetes robados y pasaportes falsos, y metieron todo adentro de un pozo. Después se encerraron otra vez en sus casas, silbando, haciéndose los distraídos.

Le latía tan fuerte el corazón al Zacarías, que del bolsillo de la camiseta se le cayó algo. Fue providencial. Un pibito lo levantó. Eran sus documentos.

—Peráte un cacho, Caraegoma —dice el pibe, leyendo con dificultad—. En este DNI dice «Bertotti, Zacarías Estanislao».

¿No es el macho de la Mirta, la señora que nos regala pizza?

Caraegoma se acerca al Zacarías. Lo mira fijo:

—¿Es cierto lo que dice ese papel? ¿Vos sos Zacarías, el marido de la Mirta? —le pregunta.

Y ahí es donde mi marido (según nos contó él mismo recién) después de cuatro días, once horas y seis minutos de amnesia, volvió en sí. Se pegó con la palma de la mano en la frente y dijo:

—¡La puta madre! ¡Claaaroo! —y mirando al cielo—: ¡Zacarías Bertotti soy, qué boludo! ¿Qué carajo estoy haciendo acá, en pelotas?

—Sueltenlón —dijo el Caraegoma—. Este no es Papanuel ni es policía ni es nada…

Con un «uhhhh» a coro, los demás chicos soltaron los cascotes y los ladrillos y se fueron dispersando. La gente grande desenterró sus cosas y siguió vendiendo en paz en la sombra de las casitas de chapa.

La villa otra vez fue la villa de siempre. Y el Zacarías entonces volvió a casa, desnudo, sí, golpeado, también; sin moto, pero con su documentación en la mano y su identidad, la ver- dadera, otra vez dándole cuerda al cerebro y bombeándole en el corazón.

Hernán Casciari